Viajar es ponerse en juego. Aquello que se descubre, nos interpela de inmediato. Y es esta inmediatez la que nos incomoda, sentimos cierto extrañamiento. No es solo la falta de armonía entre los tiempos del cuerpo y del espíritu; es también que ambos, cuerpo y espíritu, están habituados. Hay inercia y prejuicio. Viajar es necesariamente mirar por primera vez. Cuando se viaja se retorna a la infancia. Somos doblemente extranjeros. Viajar para ampliar ese espacio de pensamiento que conforma la ciudad y a la vez, para pensar la época desde sus infinitos cruces. Entre ellos, la historia de los otros que es también la nuestra (y muchas veces, el territorio de los otros donde empezó nuestra propia historia). Tal vez seamos mejores observadores de ciudades ajenas que de las propias. Tal vez la convivencia y la rutina empobrezcan la percepción. En cualquier caso, la ciudad sigue siendo el sitio donde se juegan los destinos y las posibilidades del hombre, tanto materiales como espirituales. Establecer esos circuitos de significación, ese horizonte íntimo y a la vez colectivo, es una tarea política. Toda ciudad moderna, como productora constante de formas, es también una expresión artística que hace entrar en crisis al mismo arte. A sus modos de producción y difusión, a sus posibilidades de acceso y conocimiento, a sus cualidades ingresivas y desestabilizadoras. Desentendida de las disciplinas cerradas, las que suelen fracasar en sus intentos por abordarla, ella plantea esa tensión vital entre el espacio y la acción, entre los tiempos pasados y los que vendrán, entre la instalación y el pasaje. En cada ciudad moderna y extranjera está implicado también el devenir de la propia.
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