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La casa de Goethe ocupa, previsiblemente, el centro de Weimar, frente a la plaza de la fuente y la pérgola. Considerando la época, es una vivienda lujosa, resuelta en dos niveles, con altillo. Muy luminosa, con infinidad de ambientes, algunos de uso inexplicable (propio de la época: aún faltaba un siglo para el arribo del Movimiento Moderno). Está poblada de obras de arte. Pero Goethe también coleccionaba objetos banales, traídos de sus viajes, los que según él, poseían alma (esto habilita al resto del mundo a adquirir souvenirs sin culpas ni prejuicios, por ejemplo, los que saturan el pueblo con su rostro en ceniceros, lapiceras, encendedores, bustos, platos y cualquier objeto pensable). La de Schiller es un poco más austera, queda a unas cuadras del primero. Al parecer, a diferencia de Goethe, necesitaba diferentes ambientes para escribir: hay escritorios, siempre acompañados de una cama, en varios de ellos. También algunas cunas. Dicen que dormía hasta el mediodía y escribía a la noche, lo que nos hizo sentir una súbita empatía. Esto y que vivió un poco más de la mitad de los años de Goethe. Weimar parece fundada en el romanticismo de ambos. O tal vez, sucedió al revés. Fotos: Escritorio casa de Goethe (arriba, izquierda). Escritorio casa de Schiller (arriba, derecha). Fotos: Zenda Liendivit, 2013.

WEIMAR
 

 

Al llegar a Weimar nos enteramos que el Archivo Nietzsche estaba cerrado hasta marzo. Fuimos entonces al Goethe und Schiller Archiv (que resguarda gran parte de la obra del filósofo; gentilmente nos ofrecieron el acceso a más de mil cartas) y preguntamos si habría alguna posibilidad de acceder a él. Luego de un par de llamados telefónicos, la encargada del Archivo de los dos escritores alemanes nos dijo que Herr Adler nos esperaría a las diez y media de la mañana en la puerta del de Nietzsche. Allí fuimos, bajo una intensa nieve. El lugar está ubicado en la periferia del pueblo. Herr Adler llegó a las diez. Nosotros, cinco minutos antes. No hablaba castellano ni inglés pero igual nos entendimos. Esperó pacientemente que recorriéramos los dos salones de la casa -el destinado al Archivo y un estar-comedor con mobiliario jugendstil; y el jardín de invierno, cerrado con una bow window que ocupa todo el frente del mismo. El Archivo Nietzsche es pequeño, tiene lo previsible: fotos, documentos, manuscritos con tachaduras, partes médicos, cartas, borradores, primeras ediciones, y a la hermana, claro está. Elizabeth Nietzsche aparece por todos lados, incluso con Hitler. La publicidad del legado por parte del nazismo está muy bien documentada, sobre todo en lo que respecta a la interpretación del superhombre de Nietzsche. Hay periódicos de mediados de la década del 30 que lo erigen como el pensador del régimen. Nos pidieron especialmente que no tomáramos fotos en el interior del mismo.Foto arriba: entrada al Museo Nietzsche. (Zenda Liendivit, 2013)

 
 
 

 

Domingo a la mañana. El trabajo en Buchenwald a ratos se vuelve dificultoso. Nos hundimos en la nieve hasta casi las rodillas y la niebla no nos permite ver a más de 20 metros de distancia. Todo queda congelado a los pocos segundos, manos, rostros, máquinas. Atravesar el portón de rejas que separa el campo de los detenidos de las construcciones de la SS es internarse en un infierno blanco. Como esas ruinas no restauradas, la nula visibilidad deja paso a la imaginación. A suponer presencias en medio de la desolación. Los edificios abren a las diez de la mañana, el bar de los oficiales, el crematorio y las exposiciones. Las barracas son apenas rastros cubiertos de nieve y carteles identificatorios. Pero Buchenwald, a pesar de toda la documentación existente, allí, en el lugar, nos resulta impensable. Foto arriba: entrada a Buchenwald. Fotos abajo: Plaza principal de Weimar (arriba); Archivo Bauhaus(abajo). Zenda Liendivit, 2013.

 

 


A BERLÍN (EN CONSTRUCCIÓN)

 

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Directora Zenda Liendivit

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