LITERATURA Y CIUDAD

OLIVERIO GIRONDO

En tranvía a la Masmédula

NAHUEL LEVINTON

 


 

¿Qué separa a las postales de los sueños? ¿O a las fotografías, de las angustias existenciales, o a los parques de los nervios, o a las viejitas con gorritos de los subyollitos micropsíquicos? En primer lugar los separa el tiempo. “20 poemas para ser leídos en el tranvía” fue publicado por primera vez en 1922, y “En la Masmédula” en 1956. No interesa discutir acá qué pasó o dejó de pasar en ese lapso, sino contraponer dos testimonios, dos obras que describen (más correcto sería decir “dos obras que describir” así, con el verbo sin conjugar, porque estas obras se pasean por encima del tiempo) decía, dos obras que describen dos planos, dos mundos, el Mundo Adentro y el Mundo Afuera.

   Los títulos son las primeras pistas. “20 poemas para ser leídos en el tranvía” es una oración relativamente extensa, armada con prolijidad, así como los cuerpos de los poemas y las prosas que componen dicha obra. A la vez el título nos habla de objetos, dentro de un objeto más grande, dentro de la segura y firme cotidianeidad de los días, de los viajes en tranvía donde se instaura el diálogo con lo inmediato, la relación instantánea con las cosas, la experiencia de los sentidos y el mundo exterior (1). Si bien los retratos dentro de este libro sobrepasan un viaje en tranvía, ya que cruzan el océano entre varias idas y vueltas; pero no son los relatos de un viajero, de un explorador, porque un explorador buscaría describir con detalle las particularidades de cada lugar, lo exótico de cada paisaje, las culturas de cada pueblo, es decir, para un explorador, Venecia es Venecia bajo el agua, Río de Janeiro es el carnaval, París son las luces de París. Pero estos retratos no son las memorias de un aventurero, porque no resaltan lo distinto, lo que brilla, lo que ya resalta por sí solo, sino que enaltecen, dan vida, voz y canto, vuelven extrañas a esas casas como dados en Douarnenez, a las ventanas con aliento y labios de mujer, en Sevilla, y ¿por qué? Porque están ahí, existen, ¿no pueden ser entonces motivo de celebración? Lo son, en esta obra son la apoteosis de cada uno de sus fragmentos, así como los cuerpos recortados en Exvoto o Croquis en la arena (2) son los protagonistas, son el milagro.

   En cambio “En la Masmédula” una oración breve, sin verbo, con una palabra compuesta que no encontraremos en diccionarios tradicionales, y con la puntualización de un lugar, ya no hay traslado, ya no hay viaje en tranvía ¿por qué? Porque ya no hay tranvía, ni personas que puedan leer en él, porque en esta Masmédula solo está la voz, el enunciado que la describe, rodeado de angustias, de sexos sin carne ni piel, de fauna de olvido (3). Tampoco hay prosa en esta obra, al menos no como la conocemos, sí podemos encontrar puntos intermedios, construcciones que superan las del verso, pero las formas son intrépidas, variadas, algunas hasta el ridículo como Plexilio.

   Y así como ya no hay prosa, tampoco quedan oraciones simples y transparentes, descripciones concretas, vocabulario establecido. Todo está roto y vuelto a ensamblar con una nueva disposición, que nos hace apretar la sien por instinto, ante la incomprensión de las primeras (y a veces las únicas) lecturas. Pero no hay crimen del cual acusar a la obra, ya que esta no describe paisajes conocidos como los que leíamos en el tranvía. El milagro de existir quedó a un lado, y ahora el centro del escenario lo ocupan los rincones de lo absurdo, de la nada, de la mente, cuando ya todo el paisaje adorable de la piel ha sido trascendido (4) ¿de qué mente? De cualquiera, de una, de todas, pero es territorio desconocido, inexplorado, multiforme, y la obra que lo describe tiene el poder de crearse a sí misma, nueva y única, ya que describe algo que renace a cada segundo, y que no posee cuerpo propio.

   Pero esta escasez de transparencia no nace en la Masmédula, si bien en esta alcanza su punto más alto, la comunicación llega al límite de sus posibilidades en el plano racional, se torna sinfónica (5). Pero En la Masmédula no es el comienzo de la ruptura, es el final. Vistas diacrónicamente, las dos obras podrían compararse con el techo de un baño. En 20 poemas el techo de lejos se ve bien, pero en cuanto ubicamos una escalera, y nos acercamos un poco, vemos las primeras manchas de humedad: las palabras que les eyaculan a las chicas de Flores, quienes aprietan las piernas para que el sexo no se les caiga en la vereda, las tetas que saltarán de un momento a otro del escote, los mingitorios cansados de cantar. La humedad, la rebeldía, nacen en la primera obra, nacen con el tranvía y recorren el mundo ligadas a la exaltación de los milagros cotidianos. El techo nunca estuvo intacto, y a medida que nacen nuevas obras, las manchas se expanden hasta volverse fisuras, y entonces el techo se desploma, se cae a pedazos y el baño ya no existe como tal, como cuarto, es otra cosa, pero sigue estando ahí, eso es En la Masmédula, un colapso, pero no uno repentino, nadie dinamitó el baño de golpe, porque sí. Hay un deterioro progresivo, que comienza como susurro y termina con grandes gritos de angustia, llantos incomprensibles y en forma de tragedia burlona y grotesca.

   Por último, para retomar las nociones del Adentro y del Afuera, cabe preguntarnos ¿por qué tuvo que darse así? ¿Por qué nuestro alrededor quedó enmarcado en prosas ordenadas, en oraciones nítidas y descripciones, si bien ruidosas, perfectamente comprensibles? Y en cambio, eso que no podemos ver ni tocar, esos rincones ajenos a nuestros sentidos, esa nada se nos presenta en balbuceos, en versos deformes, en compases perversos y palabras tan concentradas y densas como el interior del sol. Y tal vez por ahí esté dando vueltas la respuesta. Mientras que nuestro alrededor es un gran despliegue, un juego de encajes, donde la figura de los árboles se recorta prolijamente contra el cielo, donde la verdadera arquitectura nace donde terminan los edificios y comienzan las nubes, donde todo tiene su lugar, y armoniza (o no) con el resto, la obra que busca acentuar sus detalles corresponde a ese orden.

   Por el contrario, en el vacío donde todo se retuerce, llámese eternidad, abismo, mente o Masmédula, no hay posiciones, no hay roles, todo eso que se retuerce lucha sin descanso por un espacio, todo se aprieta, se agolpa, las angustias empujan a los nervios, las soledades aplastan a las ansias y del todo a la nada hay dos simples pasos, un yo, y un no yo, y así hasta el infinito, un infinito terrorífico, como los espejos insomnes, fatales y contemporáneos  de Borges.

   Hay otra respuesta (en realidad, hay tantas como tantas intenciones haya por responder) y pasa por el salto de poemas “para ser leídos en un tranvía” a poemas portadores de una incomodidad propia de algo que busca no ser leído, o ser leído con mucha dificultad. Y este salto se da, a raíz del mundo exterior planteado por la obra como suma de perspectivas, de “lectores del mundo”, y por eso son poemas del mundo para el mundo, poemas fáciles de digerir a pesar de sus pequeñas espinas, retratos de entes sencillos de digerir, a pesar de su nuevo rol protagónico. Del otro lado, En la Masmédula se acabó ese otro, la obra se grita a sí misma y si alguien más tropieza con ella, es un accidente, puede tratar de llevar la obra a su mundo pero será su propia obra (si bien esto ocurre con todas las obras, siempre traducimos cuando leemos). En esta obra en particular la traducción es responsabilidad únicamente del lector accidental, no de los enunciados. Porque ya no hay otros, ni tranvías, ni perspectivas, solo hay un mundo particular y ajeno a todo.

 

   Hay infinitas posibilidades detrás del pasaje entre una y otra obra, no hay certezas, solo presentimientos, impresiones, y tal vez eso sea lo maravilloso, el no saber, los remolinos y terremotos que pueden llegar a generar no solo las obras, sino los pasillos que las enfrentan, las inquietudes. Porque detrás de la inquietud empieza todo, la inquietud es la partera de los fenómenos más grandes habidos y por haber, y así como muy probablemente haya sido la inquietud, la detonante de estas obras (la misma inquietud que estas obras y sus pasillos nos transmiten) será la misma inquietud la que nunca deba resolverse, en favor de nuevas obras, de nuevos fenómenos, de nuevos tranvías y nuevas Masmédulas.


 

1) Enrique Molina – Hacia el fuego central o la poesía de Oliverio Girondo

2) Oliverio Girondo – 20 poemas para ser leídos en el tranvía

3) Oliverio Girondo – En la Masmédula

4) Enrique Molina – Op cit I

5) Enrique Molina – Op cit

 

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NAHUEL LEVINTON (1991) Es estudiante de Letras en la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado una novela "Desarmando misiles" (Contratiempo Ediciones, 2010), poemas y ensayos. Es colaborador de Revista Contratiempo desde 2006 donde publicó: "Paranoias de ciudad" (poemas); "Autorretrato de un adolescente" (ensayo); "Julio es invierno y Cortázar" (ensayo). Está preparando una miniserie que será emitida el año próximo, su segunda novela y un poemario..
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