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PARAGUAY
La infancia de los otros
ZENDA LIENDIVIT

Estación de tren - Asunción c.1915
"Oíamos el silbido de las balas y nos quedábamos
con la tía encerradas en casa, muertas de
miedo”, me contaba mamá sobre aquella época.
Ella rondaba los diez años; papá militaba en las
filas del Movimiento Febrerista. Con la derrota
del 47 en la guerra civil contra Morínigo, vino
la cárcel, el exilio en Córdoba, el retorno, el
ostracismo. El silencio en el que caería toda la
intelectualidad desencantada y que presagiaba
otro, mortal y eterno, que se avecinaba. La
tierra es de quien la trabaja, decía Stroessner
y se abrazaba al campesinado que lo amaba. Era
el líder, el hombre fuerte, el que venía a poner
orden a ese Paraguay que dilapidaba sangre,
presidentes y exiliados brillantes, con la
prestigiosa reforma agraria a cuestas. Fue la
figura de nuestra infancia y adolescencia:
omnipresente, estaba hasta cuando no se hablaba
de él. Cosa muy frecuente, porque en realidad
casi nadie hablaba de él, a lo sumo se murmuraba
en voz baja, en un diálogo infractor que se
sabía culpable y condenado de antemano; estaba
en los retratos de los establecimientos
públicos, en los diarios, en el único canal de
televisión que repetía una y otra vez su obra de
gobierno. Sólo el Mariscal López le hacía
competencia, pero no había conflicto: uno
pertenecía al pasado heroico, a la mitología que
había fundado un presente deudor y que exigía a
la vez un hombre, el otro, que la actualizara,
un último héroe que clausurara el olimpo,
detuviera la historia y arrojara bien lejos las
llaves del porvenir. A las siete de la tarde se
transmitía en cadena un programa radial que se
llamaba La Voz del Coloradismo. “Por un
Paraguay grande, próspero y feliz … por la
vigencia de la paz, la democracia y la justicia
social… contra el comunismo ateo, apátrida y
sanguinario que busca la división de las
familias paraguayas…” decía siempre la misma
voz, al empezar y al terminar el programa, a
manera de un ritual que exigía la comunión con
el oyente a través de la repetición exacta.
Duraba media hora y nosotros, que éramos niños,
nos reíamos del tono ceremonioso, medio
fastidiado, prepotente, y por aquello de
apátrida y sanguinario que más parecían
adjetivos para los villanos de los comics que
leíamos que para personas de la vida real.
“Porque el comunismo llegó”, cantaban a los
gritos mis compañeros de colegio, los más
revoltosos, a la salida de la misa, usando el
mismo ritmo de una canción que debíamos entonar
en la liturgia, que decía algo así como: “hoy la
alegría inunda a los hombres, porque Jesucristo
llegó”. Las hermanas (nosotros no le decíamos
monjas) miraban para otro lado, indiferentes a
aquel nonato de herejía y a esa palabra temida,
prohibida hasta el hartazgo y anulada de
cualquier vocabulario. Era una orden franciscana
con base en Alemania. Destilaba progresismo en
los detalles ante la imposibilidad de
practicarlo en otras escalas. Trepadas a las
mesas del aula, a veces con túnicas imaginarias,
nuestras profesoras de Filosofía y de Literatura
representaban pasajes de las obras que imponía
el programa y que a nosotros nos sumían en el
letargo. Pero si bien ni Calderón ni Platón nos
interesaban entonces, algo en esa puesta en
escena nos alertaba sobre la consistencia de una
realidad que se jactaba de absoluta y sobre
todo, de irreversible; la de inglés entretanto
nos leía a Poe en ese idioma, y el de música
intentaba que algo nos pasara cuando
escuchábamos a Beethoven o a Mozart. Sacudía la
cabeza y las manos ante cada compás y parecía
que la Sinfonía del Destino y la 40 lo
transportaban quién sabe a dónde, y entonces esa
pasión reflejada en el cuerpo lograba
conmovernos más que las obras monumentales. El
colegio, aunque joven, ganaba prestigio
rápidamente frente a otras instituciones
religiosas anquilosadas en el dogma. Jamás
exigía la confesión, la comunión, ni siquiera la
asistencia a misa: mientras en algún momento
experimentáramos arrepentimiento, estaríamos
salvados. Pero ni cielo ni infierno estaban
demasiado definidos, ni siquiera las condiciones
de aquella salvación o, en su defecto, de una
más probable condena. Teníamos una hora de
religión por semana, que en realidad era de
teología. Se extraía un pasaje de la Biblia, y
la profesora, poco popular por cierto, nos
interrogaba sobre el texto. No había versiones
definitivas y entre nuestros bostezos y
contestaciones para salir al paso, se iban los
45 minutos. La institución practicaba la
austeridad franciscana a rajatabla. Nada le
molestaba tanto como la ostentación y combatirla
adquiría a veces las formas de una cruzada. Como
resultado, uno podía tener de compañero de banco
al hijo del más encumbrado poder político
nacional, de un embajador brasilero o
norteamericano o de algún miembro de la
oligarquía rural, y no sentir diferencia alguna.
Todo quedaba puertas afuera. El rechazo era
sutil, imperceptible, ostentar era convertirse
en un paria, y tal vez, como pocas veces,
Dirección y alumnado se ponían de acuerdo en esa
efímera e ilusoria existencia sin clases.
“¡Miren al costado!, ¡miren al costado cuando
pasen frente al Presidente!”, nos gritaba la
profesora de gimnasia en los desfiles que cada
14 de mayo y 15 de agosto llenaba de estudiantes
la calle Palma, y nosotros, erguidos como
militares, serios como si nos dirigiéramos al
patíbulo, mirábamos al costado opuesto del palco
y cuándo no, estallábamos en risas. Pero allí
estaba Stroessner, con su eterna cara de
bonachón, de hombre de campo –había nacido en
Paraguarì, al igual que mi abuela-, paternal,
amaba esas demostraciones que le profesaba su
pueblo y daba toda la impresión que estaba
convencido de que él había vuelto a fundar
Asunción y a independizar al Paraguay. Envuelto
entre las bolsas del supermercado, papá traía a
casa el periódico del Partido Febrerista, y
nosotros leíamos, no lo comentábamos, no se
hablaba, pero lo leíamos. “Los gritos de los
detenidos inundan las noches asuncenas, desde el
Departamento de Investigaciones”, decía el
periódico que vaya a saber cómo circulaba por
Asunción a mediados de los setenta. Y leíamos de
torturas y torturados, de campesinos asesinados,
esos con los que Stroessner se abrazaba para las
fotos, y que sí, lo amaban porque era el líder,
aunque ya no prometía tierras y la reforma
agraria era cosa de los apátridas y sanguinarios
que atestaban las cárceles. Se pueden escuchar
los gritos, decía el periódico, y nosotros, que
ya no éramos niños, pasábamos las noches en
nuestras camas, pensando en los alaridos que
retumbaban en las calles desiertas del centro de
Asunción, en las calles desiertas de todo el
Paraguay a la noche, porque siempre, desde que
teníamos memoria, había habido estado de sitio.
Y nos acordábamos de las balas que escuchaba
mamá 30 años atrás y por un instante nos
sentíamos clandestinos, como esa prensa que se
infiltraba en las casas a hurtadillas, envuelta
en bolsas de supermercado, o como la juventud de
papá.
Fragmento de libro inédito (en
construcción)
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