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/ Literatura y Ciudad

     


Melancolía y Misterio
de una calle

De Chirico, 1913

Literatura y Ciudad
Plaza Once
Zenda Liendivit

El presente texto es un fragmento de la novela Zona de paso (Simurg, Buenos Aires / 2000)

Como lo sospechaban sus conocidos del barrio, Natalio Reyes se pasaba buena parte del tiempo mirando la luna; una puerta ventana, con postigones de madera, y un pequeño balcón oficiaban de observatorio. En las agobiantes noches de verano, cuando las paredes y el techo empezaban a rezumar el calor acumulado durante el día y la pieza se convertía en una verdadera caldera, el poeta abría de par en par las persianas, corría las cortinas, apagaba la luz y, sentado en una silla, aguardaba. Unos delgados filamentos, colándose a través de las edificaciones vecinas, penetraban en la pieza y se extendían a lo largo del piso de madera. Eran apenas dos o tres líneas blancas y cenicientas que a veces trepaban por las paredes y agonizaban antes de llegar al techo, dejando en los ojos un efecto luminoso que persistía aún después que se hubieran extinguido por completo. Para Reyes, que vivía obsesionado por los misterios cósmicos, este fenómeno revelaba una correspondencia entre la arquitectura del universo y la obra de los hombres; el infinito podía hallarlo hasta en su miserable pieza de pensión. Y aún más, dicha correspondencia se trasladaba a la figura del poeta, el que impactado de pronto por la luz de la inspiración daba al fin con su obra. Sin embargo, esta concepción un poco azarosa de la creación lo angustiaba; era consciente de que, así como otros jamás ganarían la lotería y saldrían de pobres, él tal vez jamás conseguiría ubicarse en el lugar preciso y a la hora señalada. La idea lo obsesionaba de tal manera que, con frecuencia, era el tema recurrente de sus esporádicas conversaciones (una vez se lo comentó a doña Dora, pero como ésta se quedara mirándolo en forma aterrada decidió guardarse para sí sus problemas metafísicos). Como resultado de severas autocríticas, Reyes llegaba siempre a la conclusión de que no se hallaba demasiado lejos de Dante, de Goethe, de Virgilio, tal vez de Shakespeare, porque como ellos buceaba en las oscuridades del alma, en las fluctuaciones del espíritu, en las pasiones extremas, en las alturas y en los infiernos más temidos. Pero no servirían de nada el héroe, el nuevo hombre y las predicciones de Casilda si no lograba la inspiración, si no lograba las coordenadas correctas de espacio-tiempo.

Después de dejar a doña Dora entró a su pieza y, en penumbras, se dirigió a la ventana. La noche estaba radiante, hacía un calor infernal y había luna llena. Con gesto pausado extrajo la funda de la Olivetti, comprobó que hubiera suficiente café en el termo y recién allí encendió la luz. Del cajón de su pequeño escritorio extrajo una hoja, con una sola línea escrita. La leyó y releyó varias veces, amagó hacer alguna corrección, la volvió a leer en voz alta, luego hizo un bollo con el papel y lo arrojó al cesto de basura. Introdujo otra hoja en la máquina y dejó caer ambas manos sobre el teclado. Así permaneció varios minutos, con la vista fija en la máquina y la cabeza puesta en una expresión que ya empezaba a torturarlo; las coordenadas exactas de espacio-tiempo, las coordenadas exactas de espacio-tiempo, se repetía mentalmente. Al cabo de un rato se levantó, encendió un cigarrillo y se asomó a la ventana. El tráfico había declinado, parte de la plaza se hallaba a oscuras; las cortinas metálicas de los negocios estaban bajas y los pocos transeúntes que circulaban por la zona se desplazaban con lentitud, arrastrando los pies y los cuerpos agobiados de calor. Los bancos de madera se hallaban ocupados por linyeras que dormían plácidamente, rodeados de sus efectos personales. Las chicas de la recova se paseaban sobre altos tacones que sacudían las baldosas, y ni se molestaban cuando divisaban a los pocos clientes que merodeaban la zona. Seguían de largo y recién después de cierta insistencia, o cuando el rufián las insultaba y las cacheteaba para que se despabilaran, rumbeaban para algún hotel, con el paso desganado y el maquillaje deshecho a fuerza de transpiración y aburrimiento. A Reyes no le extrañó la ausencia de Lola, era la primera en ocuparse y generalmente no pisaba la recova en toda la noche; ni bien terminaba con uno ya había otro esperando en la puerta del cuarto. Pensó en su rostro todavía infantil; añoró los días en los que, como un desesperado, se largaba en su búsqueda; en los que en su cabeza no cabía ni un sólo pensamiento que no fuera ella; en los que deseaba tanto amarla hasta la muerte como matarla con sus propias manos, sintiéndose un desdichado pero tan rabiosamente en carne viva que el mínimo movimiento le provocaba un doloroso placer. La recova se había quedado a oscuras; un aura incandescente envuelve al objeto de nuestra pasión y hace que todo se encienda a su paso, como un resplandor que distorsiona la mirada hasta el punto de que, una vez que pasó, ese mundo ahora apagado se nos torna irreconocible. Lola ya no le provocaba nada; la recova se había convertido en un largo túnel, lleno de linyeras somnolientos, hombres calientes y rufianes contando monedas y apaleando prostitutas, que apenas se distinguía del resto de la ciudad. Con gesto lento, aletargado también por el sofocante calor, cerró las persianas, tomó su sobretodo negro y antes de apagar la luz volvió a echar un vistazo a su mesa de trabajo. Luego cerró la puerta tras de sí y bajó las escaleras.

En el comedor ya se había juntado gente; en un extremo de la mesa, Narigueta, el Vasco y el Pelado estaban terminando de cenar; en el otro, el cabo Céspedes, con la sección deportiva del diario enfrente de los ojos, bebía café y relojeaba de tanto en tanto al resto de los presentes. Alrededor de la mesa de juegos, Porfirio, el Turco y el Rengo jugaban al póker; una densa nube de humo envolvía sus rostros, de músculos tensos, mandíbulas contraídas y expresión ensimismada, formando una micro atmósfera propia que borraba el entorno inmediato, y donde la única ley que existía era la de los naipes. En la pensión, el tiempo y el espacio del juego eran inviolables; las interrupciones de cualquier tipo, incluso por asuntos de suma urgencia, estaban terminantemente prohibidas no sólo porque podían ser simples maniobras distractivas, artilugios para poner nervioso a alguno de los contendientes, sino porque la tarea les exigía la máxima concentración, todas las energías y, en algunos casos, el funcionamiento a pleno de la materia gris. Las reglas indicaban que cuando alguien decía "fulano está jugando", dicho sujeto se convertía automáticamente en un muerto temporal. Con el correr del tiempo la expresión adquirió otros matices y se aventuró en territorios ajenos al juego. Era utilizada tanto para anunciar que alguien, en realidad, había pasado a mejor vida o para zanjar un tema que, de tan espinoso, no admitía comentarios. En plena comida, por ejemplo, con doña Dora presente, alguno preguntaba por fulano; otro, enterado del destino del desgraciado, contestaba con voz resignada "fulano está jugando, qué le vamos a hacer". Inmediatamente todos guardaban un silencio respetuoso. O podía pasar que alguien, generalmente un recién llegado, hablara de ciertos asuntos intocables. Narigueta alzaba la vista, lo miraba fijo con los ojos negros y apuñalados que tenía, y le lanzaba un "eso lo tendría que hablar con fulano, que está jugando", a manera de advertencia. El novato, enterado de la significación de la frase, empalidecía, se volcaba sobre el plato y, salvo para comer, no volvía a abrir la boca en toda la noche. Doña Dora, quién no se había perdido ninguna de las respuestas, se volvía entonces hacia la mesa de paño verde y al encontrarla vacía, haciendo un gesto de fastidio, le echaba la culpa de tanto desvarío al vino barato que corría como agua sobre la mesa.

Esa noche la mujer iba y venía con los postres, quejándose del calor, de los mosquitos y de su reuma crónico; cuando vio a Reyes en el umbral de la puerta, se quedó muda y enfiló para la cocina. El poeta saludó y se ubicó al lado de los comensales.

-¿Qué hace, maestro? –lo saludó el Vasco.
-Aquí me ve.
-¿Cómo anda la obra, maestro? –preguntó Narigueta, con la boca llena de pan y echándose un sorbo de vino.
-Y … es cuestión de tiempo.

El cabo Céspedes levantó la vista, la dirigió hacia Reyes con gesto distraído y luego siguió leyendo. Era un hombre alto y corpulento, de tez amarillenta y ojos achinados. Se había jubilado de la fuerza policial y aunque su foja de servicios decía que había llegado a un rango superior al de cabo, ése era el apodo con el que lo bautizaron en la pensión. Visitaba a doña Dora a la hora de la cena; no se quedaba a pasar la noche en el dormitorio de la mujer, según él, por respeto a su esposa y a sus hijos, pero todos sabían que el verdadero motivo era el miedo de que alguno le cobrara deudas atrasadas. El hombre portaba un arma reglamentaria que depositaba sobre la mesa ni bien se sentaba a cenar; se ubicaba en un extremo, sólo, con su diario; una vez por semana se revolcaba un rato, veinte minutos a lo sumo, con doña Dora en una pequeña pieza al lado de la cocina. Nunca patrulló las calles, ni siquiera como agente de tránsito. Durante más de treinta años se dedicó a extender certificados de domicilio, de defunción, denuncias de accidentes de tránsito, de arrebatos en la vía pública, maltratos domésticos y otros. Jamás disparó un sólo tiro, ni siquiera al blanco, salvo cuando tuvo que entrar al cuerpo y rendir el examen, el que aprobó con mucho esfuerzo. Ahora trabajaba de vigilante nocturno en un edificio cercano a la estación, lo que le permitía visitar con libertad y sin culpa a doña Dora, puesto que así se ahorraba la cena.

-Maestro, hoy hay fiesta en lo del Ruso, ¿quiere venir?
-Gracias, pero esta noche tengo que escribir.
-¿¡Usted va a escribir, maestro!?
-Eso espero.
-¡Un brindis por el maestro, porque escriba mucho, se forre de plata y nos tire unos mangos! –propuso el Narigueta, de pie, con un vaso de vino en alto. Los otros dos levantaron también sus vasos y todos juntos dijeron "salud".

Reyes agradeció el gesto. El cabo Céspedes, quien había permanecido indiferente al brindis, dirigiéndose al poeta, preguntó:

-¿Qué es lo que va a escribir?

Narigueta lo miró sorprendido.

-¡Poesía, cabo, poesía! ¿qué quiere que escriba? ¿un manual de instrucciones para asaltar bancos? –dijo molesto; el vino le había arrebolado las mejillas y se notaba que quería gresca.
-Poesía… ¡qué curioso! –exclamó el cabo perplejo- ¿Y hoy la va a escribir?
-Tal vez, me está faltando inspiración pero creo que algo voy a escribir esta noche, lo presiento.
-¿Cómo es eso? Lo de la inspiración, digo.

Los otros tres, inclinando las cabezas en actitud de secreteo, entre aullidos y risotadas, hicieron rancho aparte. Reyes acercó su silla al cabo y encendió un cigarrillo.

-No hay reglas fijas, sucede.
-Pero supongo que algo lo debe inspirar, ¿no?

Reyes le habló entonces del rayo de luna de su pieza y de la relación que existía entre los fenómenos cósmicos, la arquitectura de los hombres y los movimientos del espíritu; le aclaró que las cosas debían confabularse a su favor y que esto no siempre ocurría.

-Yo estoy detrás del origen de un nuevo tipo de hombre –aclaró Reyes- un ser diferente que nació a principios de siglo, como resultado de una coalición múltiple, y que pasó desapercibido. Lo que tengo que hacer es recrear el nacimiento, como un renacimiento. Ese es el material de mi oda.

-¿Es algún experimento químico?
-Es cuestión de química, o de física, tal vez. Ahora estoy preparando un encuentro de fuerzas opuestas, usted sabe que los estallidos también crean, no solamente destruyen. Fíjese en el Big Ban, ¿sabe algo del Big Bang?
-De algo estoy enterado.
-Fue una gran explosión que desencadenó una serie de reacciones nucleares, las que a su vez originaron un líquido gaseoso compuesto por átomos de helio, hidrógeno y litio, si mal no recuerdo. Así nació la materia que fue cambiando con el tiempo –abrevió Reyes, recordando la explicación que había leído en el suplemento escolar de un diario.
-¿Usted dice que aquí, en la Argentina, hubo un Big Bang que creó a un nuevo hombre? –los ojos del cabo salían de sus órbitas.
-Bueno, es sólo una metáfora pero sirve para entender los más diversos orígenes. Este hombre es nuevo y no se creó de la nada. Si sigo el mismo procedimiento tal vez pueda generar mi propio instante de luz, como una autogestión lumínica.
-¿Lo llevará a cabo en algún laboratorio?
-No, no será necesario. Lo único que tengo que hacer es mezclar los elementos, las fuerzas que dieron origen a este nuevo hombre, concentrarlos en un mismo sitio y hacerlos actuar en un determinado momento. Puede ser en un laboratorio como en una cancha de básquet.
-¿Cuándo será eso?
-Si le interesa el tema, yo lo mantendré informado acerca del lugar y la hora en que se llevará a cabo. Eso lo tengo que decidir también esta noche.
-¿No será peligroso? Digo…¿no saldremos volando en pedazos, verdad?
-Quédese tranquilo, hombre…le vuelvo a aclarar que estoy hablando en forma metafórica, como para que me entienda, no en el sentido literal del término, soy poeta, no científico…

Unos aplausos, vivas y gritos desde el otro extremo de la mesa interrumpieron de pronto las palabras del poeta. Narigueta, ya completamente borracho, se puso de pie y esgrimiendo un vaso de vino volvió a decir, en un tono tambaleante:

-¡Un brindis por el maestro!

Todos, sin excepción, incluidos los jugadores que habían hecho un receso, y hasta el mismo cabo, levantaron sus vasos y exclamaron "salud".

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