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CINE:
Zodiaco,
el juego peligroso
California
somnolienta
ZENDA LIENDIVITUna calle
de barrio, un chalet al lado de otro, sin
medianeras, con jardines al frente, iluminados
por las luces de cohetes y bengalas. Es 4 de
julio y hay fiesta. Una pareja de amantes busca
un lugar solitario donde estacionar el auto.
Luego vendrán los primeros crímenes. Así
empieza Zodiaco, la película que narra la
historia del asesino serial que tuvo en jaque a
la Bahía de San Francisco desde fines de los
años sesenta. Un hombre que enviaba cartas a los
diarios, explicando a través de acertijos su
necesidad de matar para vencer la jaqueca que
padecía, y que a la vez exigía protagonismo en
los medios de comunicación. Un hombre que,
sospechaban los investigadores, debía ser de lo
más común y corriente. Mezcla de monstruo y
hombre del montón, como aquel antecesor
retratado por Fritz Lang, en M el vampiro
negro. Más que la historia de esa identidad
esquiva, Zodiaco muestra la frustración,
el desencanto, cierta ruina, originados
precisamente en la imposibilidad. Pero también
cierta vaga certeza de que no todo está tan
definido como parece. A la búsqueda del
delincuente se suceden las pruebas caligráficas,
las huellas digitales, los indicios, las pistas,
las cartas, se suceden los crímenes y la nada.
El perseguido no es Jack el destripador, que
eliminaba prostitutas, no es un killer,
no es un vengador, no es un mafioso, no es un
asesino de niños ni un fundamentalista. No
quiere limpiar el mundo, ni modificarlo. Actúa,
precisamente, al azar, por el simplísimo gusto
de matar. Su conducta se acerca más al juego de
niños, bang, bang, estás liquidado. Y
si no lo estás, tampoco importa demasiado (más
de una víctima sobrevivió a sus ataques). O a
la cacería. Si los hombres son los animales más
peligrosos, ¿para qué cazar a los otros y no a
estos? Y si todos son peligrosos, ¿para qué
andar seleccionando? Tal vez lo más inquietante
de la película sean esos condados tranquilos,
esas casas demasiado hogareñas, esa
cotidianeidad jaqueada por lo imprevisto. La sin
razón del crimen, lo común de los sospechosos,
la muerte gratuita. El estar a merced de un
capricho, de un impulso de momento, de un deseo
de notoriedad. Y a veces, ni siquiera demasiado
temido. En la voz de una oyente de una radio
local, son más peligrosos los hippies con sus
ropas extrañas y su amor libre que ese hombre
que mata de vez en cuando. En realidad, asesinos
hubo siempre. La única diferencia es que a éste
le gustan las películas, los juegos, los libros
de jeroglíficos, como a tantos habitantes de la
tranquila California. El verdadero calvario que
padecen los investigadores, detectives y
periodistas, durante varias décadas, se centra
básicamente en esta falta de patrones
establecidos que coloca en la mira a miles de
ciudadanos, abriendo un abanico de infinitos
rayos, imposibles de transitar. La tensión que
genera el próximo crimen, la escena fuerte de
cualquier policial, compite en intensidad con el
persistente claroscuro que rodea a rostros,
siluetas y ambientes, de sus perseguidores. Como
en la película de Lang, es el reinado de las
sombras que refleja aquello último que no se
puede nombrar, ni descifrar, y que acompaña a
todo hombre moderno, el que avanza con poderes
tan destructivos como los asesinatos mismos. Dos
escenas parecen confirmar esta idea que conjuga
búsqueda, impotencia y ambigüedad. Cuando los
tres detectives se entrevistan con el principal
sospechoso en su lugar de trabajo, el hombre
corrobora, con extrema tranquilidad, los datos de
los policías: sí, él estuvo en todas las
escenas de los crímenes, incluso tenía un
cuchillo ensangrentado el mismo día de los
asesinatos en el lago había matado a una
gallina, aclara-; también posee un reloj marca
Zodiaco, regalo de la madre, y también le gusta
esa película, "El juego más
peligroso". Sí, ¿y qué?, yo y seguramente
unos cuantos más, parece decir con actitud
desafiante. Aclara, sin embargo, que él no es el
Zodiaco. Todo es circunstancial. Como los roles que ahora están jugando los cuatro. Como la
vida y la muerte.
La escena del final transcurre en un bazar de
artículos para el hogar y la cámara no
casualmentese se detiene en un adorno
kitch, estilo los enanitos de jardín.
Aquì, escritor y sospechoso se miran, se
reconocen, se comprenden, se desafían y abren
entre ellos una zona intermedia donde victimarios
y víctimas, perseguidores y perseguidos,
muertos, arruinados y derrotados se entremezclan
en peligrosa vecindad. ¿Cuál es el verdadero
terror que despierta Zodiaco? ¿El pensar que uno
puede ser el próximo y la certeza de que
cualquiera puede ser el asesino? ¿O, tal vez,
que Zodiaco, el hombre, sea tan solo otra de las
tantas producciones en serie de la misma
factoría donde salen ciudades, hogares,
costumbres y ciudadanos de bien dispuestos a
darle caza?
El
género policial, esta vez de la mano de David
Fincher, con sus mecanismos y procedimientos
devela las oscuras fundaciones de la vida
moderna. Esas que posibilitan que los asesinos
sigan entre nosotros. Y que no se note demasiado.
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2000-2007 Revista Contratiempo |
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