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ACCIÓN Y
FICCIÓN: LO QUE NOS DEJÓ EL MUNDIAL
La lección del Maestro
ZENDA LIENDIVITNo sé muy
bien cuál fue el detonante pero un día a
principios de junio, caminando por las calles de
Córdoba rumbo al trabajo, caí en la cuenta que
el Mundial estaba por empezar en forma
premonitoria, esa mañana en el noticiero de la
televisión sonaba como telón de fondo
"Resistiré" mientras yo trataba de
despertarme-. La realidad por fin me había
alcanzado, ahora tendría que enfrentarla. Al
tiempo febril y masificadamente alegre que se
avecinaba le opondría una alternativa: a la
vuelta compré un ejemplar de Cumbres
Borrascosas. La estrategia literaria, sin
embargo, resultó a medias: leí la novela en
tres días; los diez siguientes me los pasé
llorando por ese amor imposible y mortal. Odié a
Catherine por su indecisión; Heathcliff me
volvió a seducir como la primera vez (fue a los
doce años), recordé mi infancia perdida y me
enojé con Emily Brontë porque esa era
precisamente la obra que yo hubiera querido
escribir. Dominada por la melancolía, enojada
con la vida y sentimental hasta la cursilería,
deambulé por el resto de junio mientras que casi
todo el mundo andaba padeciendo derrotas y
volviendo a casa siempre, pero siempre, antes de
lo previsto. Una vez recuperada me di de bruces
con la tarde de la final. ¿Qué me quedaba por
hacer? -"están las puertas cerradas y
las ventanas también, no será que nuestra gente
está muerta", cantaba Charly García en
otras épocas radiografiando sin querer la
temporada mundialista-. Era solo un partido,
pasaría rápido y mañana sería otro día,
especulaba para damre ánimos. Pero el tedio y la
tarde gris complicaron las cosas y la pasión se
volvió imprescindible: había que apelar al
sufrimiento, encontrar héroes y villanos, algo
que diferenciara a unos de otros e inclinara la
balanza -de paso, si el equipo elegido salía
campeón se podía llegar a sentir una alegría
adicional e irracional por un par de horas más.
La primera estrategia fue genealógica, la sangre
vendría a dirimir el conflicto de manera
inapelable, a riesgo de sentirme ligeramente mal
agradecida si elegía al adversario. Pero entre
abuelos y bisabuelos sirios, alemanes,
españoles, dinamarqueses y hasta algún suizo
allá por la cuarta generación, Italia y Francia
brillaban por su ausencia en mi historia
familiar. El nacionalismo fuera de tiempo no me
sirvió de nada. Opté entonces por la memoria,
por los momentos grabados a fuego y fundados en
lugares y paisajes pertinentes a la contienda: la
infancia recuperada en las jornadas de patinaje
sobre hielo frente a la Santa Croce donde está
enterrado Miguel Ángel; el feliz extravío en
las calles de Venecia rumbo al Palacio Badoer
donde dictaba clase Franco Rella; el viento
furioso de las colinas de Asís en las que el
cielo y la tierra parecen haber perdido sus
límites y uno nunca sabe a ciencia cierta en
cuál de los dos se encuentra; la carcajada del
conductor de aquel colectivo romano al ver mi
desconcierto frente a la máquina de boletos y a
un idioma que solo entendía si se hablaba muy
lentamente, como hablaba Rella y nadie tenía
problemas entonces. Volvían también las tardes
de crèpes de chocolate caliente en Montmartre,
el hielo derritiéndose sobre los jardines de
Versailles y el sol, el último del día,
filtrándose en los corredores y espejos
provocando un extraño desorden temporal; el
corazón acongojado en Notre Dame o el vendedor
callejero que al no conocer todavía la moneda
local -recién había llegado de Bangladesh- me
obsequiaba la bufanda elegida. Ambos temblábamos
de frío. Yo volvía al hotel, él se quedaba
toda la noche en ya no recuerdo qué estación de
subte de París. Imposible optar a través de ese
camino. Me quedaba, sin embargo, la estrategia
romántica: buscaría al jugador más atractivo
de la cancha y lo seguiría hasta la muerte, es
decir, hasta el final de los 90, 120, 150 minutos
o lo que durara el partido. Un romance intenso
por necesidad, fugaz y sin consecuencias. El
problema es que encontré dos, uno en cada
equipo, para colmo ambos poco frecuentados por
las cámaras de televisión. Volví a Cumbres
como última salida, me pregunté por qué me
había afectado tanto aquella lectura, por qué
me había enfermado ese amor maldito y ficticio y
por qué no podía terminar mi segunda novela.
Estaba en esos interrogantes, con la vista
vagando sobre la pantalla, cuando de golpe vi el
cabezazo. Era Zidane tumbando a Materazzi. Algo
le habrá dicho, pensé, y me escuché de lo más
reaccionaria. ¡Pero qué imbécil, cómo lo va a
expulsar! , exclamé frente a la tarjeta roja,
tal vez todavía influenciada por el recuerdo del
vendedor de bufandas. La platea que me
acompañaba me explicó, con el tono que se suele
utilizar frente a un niño o a una inteligencia
diferente, que eso era motivo de expulsión
aquí, en Alemania y en el resto del planeta.
Juzgué que en el Mundial, como siempre, pasaban
cosas demasiado raras. Pero me equivocaba otra
vez: todo era de una coherencia atroz. En esa
pelea entre dos hombres armados, uno con la
cabeza, el otro con las palabras,
paradójicamente había perdido el primero. Y con
ello, con su salida fuera de sí, Zidane no hizo
más que dar una clase magistral sobre las reglas
del desangelado mundo actual a más de
3.000.000.000 de alumnos: solo la acción cuenta,
sólo ella tiene derechos, sólo a ella se la
toma en serio. Aunque a él lo hubieran mandado
fuera de la cancha y a mí casi matado de pena,
las palabras siempre eran inútiles. Pero
nada inocentes, diría Bataille. De alguna forma,
Zidane esta vez les hizo confesar su
culpabilidad. Ya era hora.
Julio 2006
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COMUNICACIÓN
2000-2006 Revista Contratiempo |
Buenos Aires | Argentina
Directora Zenda Liendivit
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