La antropología surgió
como una preocupación
humanística y filosófica antes de convertirse en
disciplina científica. Se fundó en una pregunta sobre
la alteridad mucho tiempo antes de que pudiera
hablarse de ciencia. La antropología no creó un campo
de significación nuevo, sino que legitimó una
organización particular de sentido que la precedía: el
espacio y el tiempo del otro. El hecho de que en
cierto punto de la historia -fines del siglo XIX- se
haya desarrollado un saber, una disciplina con un
método propio, orientado al estudio formal de esa
alteridad, responde a circunstancias específicas de
aquel contexto. Pero el concepto de otredad ya se
encontraba en las bases de la cosmovisión de un
occidente que laboriosamente había inventado una
tradición que comenzaba con los antiguos griegos,
seguía con los romanos y la cristiandad europea, y
culminaba con la revolución industrial. A lo largo del
proceso, esa tradición provocaba visiones acerca de
sus límites en expansión.
Los viajes produjeron un
ensanchamiento de los horizontes cognoscitivos,
imaginativos y sociales de Occidente que llegó a
definirse como una entidad en oposición a las
realidades ajenas, distantes en el espacio y el
tiempo. Los relatos de viajes instalan el problema del
Otro a nivel discursivo configurando una
forma primitiva de antropología.
La idea del viaje aparece en las fuentes escritas de
la antigüedad. Pensemos en Homero, pero también en
Tácito, Pausanías y Herodoto, entre otros. Esa
literatura puebla el recorrido del viajero de
criaturas y pueblos extraños que deben ser vencidos en
su periplo agonístico. Llegado a un punto de su
trayecto, el héroe comienza a sentir nostalgia por la
patria lejana y emprende el regreso anhelando
encontrarse con los suyos. Sin embargo, al arribar al
lugar de origen, percibe que ya nada es igual: él ha
sufrido un cambio radical como resultado de la
experiencia fugaz de lo ajeno. El arquetipo parece
repetirse en la era de las cruzadas, cuando el
viajero, guiado en su peregrinaje por una
representación cartográfica del cosmos, prevé más allá
de sus fronteras un territorio onírico de monstruos,
musas y tesoros, cuya existencia asume como real.
Estos traslados, además de
inscribirse en un espacio real o imaginario,
corresponden a formas singulares de entender el tiempo
y las posibilidades de desplazarse en él. Hasta los
comienzos de la era cristiana, los griegos, inspirados
en una concepción cíclica del tiempo, asentaron en sus
viajes una “historia” del presente. En los tiempos de
la cristiandad, más precisamente con Agustín, surge
una concepción lineal y evolutiva, acompañada de una
idea de “progresión” y “pasado” que se asemeja al
sentido contemporáneo de la “historia”. No obstante,
la antigua tradición de “historiadores del presente”
seguirá su camino en la figura de los viajeros y
misioneros que se dirigen hacia los confines más
remotos del orbe, hacia una otredad vista como
frontera del espacio y el tiempo propios. Aquí parece
estar en juego la idea misma del orden cristiano
universal, como medio y fin de una división imaginaria
del mundo. Con él nace la idea de occidente como
sujeto cuya falta se encuentra cifrada en un otro que
construye como objeto para sí, como un opuesto
definido por la carencia, sin el cual no puede
existir. Esta mirada – que no estuvo exenta de
ambigüedades y contradicciones, pues en una misma
época se plantean diatribas y elogios de los pueblos
descubiertos- revela el carácter fantasmático de ese
otro-objeto que no sabe decirse por sí mismo en tanto
que carece de lengua, escritura, moral, Estado,
conciencia, arte, pasado y futuro.
El Nuevo Mundo y sus
representaciones
La península ibérica fue
representada a partir del siglo XV como la cabeza
impulsora de la expansión cristiana en el mundo. El
año de 1492 es un punto de inflexión clave
que plantea el problema de la alteridad de manera
sustancial. Los americanos del Nuevo Mundo descubierto
se convertirán en una replica de los árabes vencidos
en la Granada reconquistada.
Pero el descubrimiento de América introduce algo
distinto en el plano de las representaciones del otro.
A partir de él, dice Lévi-Strauss, el hombre empieza a
plantearse el problema de sí mismo.
América, colocó “a la humanidad ante su primer gran
caso de conciencia.” (p. 23). Desde las cartas de
Colón hasta las crónicas de viaje de Jean de Lery,
circulan infinidad de apreciaciones sobre los límites
de la humanidad del indio. En la controversia de
Valladolid de 1550 el defensor Las Casas no duda en
mostrar a los indios como personas porque, como los
europeos, tienen aldeas, villas, ciudades, casas,
reyes y señores.
Más tarde, varios pensadores idean sensibles visiones
acerca de la diferencia cultural dirigiéndose
críticamente a la modernidad europea. En un célebre
párrafo de Montaigne es posible descifrar una teoría
relativista en ciernes:
“[…] creo que nada hay de
bárbaro ni de salvaje en esas naciones, según lo que
se me ha referido; lo que ocurre es que cada cual
llama barbarie a lo que es ajeno a sus
costumbres. Como no tenemos otro punto de mira para
distinguir la verdad y la razón que el ejemplo e idea
de las opiniones y usos del país en que vivimos, a
nuestro dictamen en él tienen su asiento la perfecta
religión, el gobierno más cumplido, el más
irreprochable uso de todas las cosas. Así son salvajes
esos pueblos como los frutos a que aplicamos igual
nombre por germinar y desarrollarse espontáneamente;
en verdad creo yo que más bien debiéramos nombrar así
a los que por medio de nuestro artificio hemos
modificado y apartado del orden a que pertenecían; en
los primeros se guardan vigorosas y vivas las
propiedades y virtudes naturales, que son las
verdaderas y útiles, las cuales hemos bastardeado en
los segundos para acomodarlos al placer de nuestro
gusto corrompido; y, sin embargo, el sabor mismo y la
delicadeza se avienen con nuestro paladar, que
encuentra excelentes, en comparación con los nuestros,
diversos frutos de aquellas regiones, que se
desarrollan sin cultivo. El arte no vence a la madre
naturaleza, grande y poderosa. Tanto hemos recargado
la belleza y riqueza de sus obras con nuestras
invenciones, que la hemos ahogado; así es que por
todas partes donde su belleza resplandece, la
naturaleza deshora nuestras invenciones frívolas y
vanas.”
Párrafos como este,
dedicados a los “caníbales” de Sudamérica, expresan
una nueva sensibilidad que abre tempranamente el
camino para un humanismo antropológico sustentado en
el horizonte ficticio del estado de naturaleza
perdida.
Pero no es hasta mediados
del siglo XVIII que se generan las condiciones para la
formación de un discurso objetivo del otro excluido de
la razón, donde no solo será circunscrito el indio
americano, sino también el loco, el niño y la mujer,
junto a otras figuras de la anormalidad. Es esta la
época de plena interacción entre los viajeros -como La
Condamine, Cook, Malaspina o La Perouse- conocedores
de métodos de recolección de datos, especialmente
enviados por los Estados absolutistas a explorar las
colonias y los filósofos -como Voltaire, Rousseau,
Montesquieu y Buffon-, quienes inspirados en las
imágenes que les llegan de los americanos vuelven su
mirada crítica sobre una Europa decadente. Aunque no
se ha producido entonces una diferenciación de
disciplinas, un proyecto antropológico propiamente
científico, basado en los conceptos y la práctica de
la observación, ya comienza a perfilarse en esta
época. Tarde o temprano, la
diferencia cultural será transformada en objeto.
El
antropólogo Johannes
Fabian identifica allí operaciones ideológicas de
construcción del tiempo. La noción del viaje como
ciencia, surgida a fines del siglo XVIII, conlleva
entonces la idea de un “cierre” o “terminación”
espacio/temporal de la historia humana. El
“alocronismo” (alo, otro; cronos,
tiempo) es la operación básica del conocimiento
antropológico que, apoyada en una concepción lineal y
evolutiva del tiempo, sitúa a las sociedades que
estudia en un tiempo anterior. Así, evita la
copresencia temporal del otro y naturaliza una
distancia que tiene menor relación con el tiempo que
con diferencias de poder y economías políticas del
sentido.
La característica, y en
gran medida el mayor atractivo de la literatura de
viajes que antecede a la antropología, es su mezcla de
la narración personal con la descripción minuciosa.
Los relatos se caracterizan por una capacidad de
“asombro” ante la diferencia. En la medida en que
avanza la formalización de un discurso positivo de la
realidad, se va perdiendo esa capacidad de “asombro”.
La paulatina imposición de modelos naturalistas
produce una racionalización a través de la
comparación, clasificación, distanciamiento; “lo
repetitivo y lo repetido”, escribe Esteban Krotz, se
transforman en lo verdaderamente importante mientras
que “lo único y lo incomparable” posee escaso valor
cognitivo entrando más bien en el terreno de la
anécdota curiosa.
Especialmente a partir del siglo XIX, los viajes
aumentan en número y tipo, lo que trae como
consecuencia la difusión de innumerables relatos.
Ese impulso al conocimiento obtenido por medio
de los viajes se halla condicionado por los contextos
cambiantes en que se produce y se recepciona. La
revolución industrial dispara una nueva expansión
colonial y oleadas migratorias en las direcciones más
diversas y el viaje, hasta ese
entonces una práctica reducida a un pequeño grupo de
personas, se extiende a sectores más amplios de la
sociedad. Prácticamente toda la antropología de ese
siglo había estado basada en estos relatos, que
generalmente no eran realizados por los mismos
estudiosos. Viajar, escribe Krotz, “no constituía un
elemento existencial o biográficamente relevante, ni
era la base fundamental para su trabajo. Su materia
prima era, en cambio, lo que viajeros traían y habían
traído y/o enviado de otras partes del mundo” (p. 39).
No es hasta el siglo XX que se institucionaliza el
“trabajo de campo” como herramienta metodológica. Se
puede decir que con él emerge la antropología como
disciplina científica.
La ciencia
de la observación y el arte del viaje
En el proceso de
racionalización que representó la modernidad
industrial se fueron perdiendo
las
características esenciales del viaje como forma de
conocimiento que compromete la existencia y la
revoluciona. Jorge Carvalho sugiere acertadamente que
el viaje es a la vez interno y externo. En su faceta
interna conlleva una dimensión verdaderamente crítica
pues desestabiliza las propias categorías y compromete
la integridad corporal. En su aspecto externo implica
la descripción minuciosa y detallada donde los rastros
de la subjetividad son omitidos. Esta distinción se
traduce en la aparición de géneros narrativos
diferentes y modalidades contrarias de concebir el
viaje. Carvalho contrasta a Bronislaw Malinowski,
padre de la antropología, con Madame Blavatzky,
pionera de la teosofía y las enseñanzas esotéricas.
Ambos personajes entienden al viaje como práctica de
conocimiento del otro que encierra una fascinación por
lo premoderno; que abre un conjunto de experiencias
desconocidas que solo pueden vivirse a partir de un
extrañamiento con los valores de la propia cultura.
Pero mientras Blavatzky utilizaba al viaje como
instrumento de autoconocimiento, Malinowski se niega
“a considerar sus años de trabajo de campo como un
camino en busca de sí mismo”.
Cabe destacar sin embargo que Malinowski oculta esa
tormentosa y angustiante parte de su experiencia en
sus diarios personales, saliendo a la luz mucho tiempo
después de su muerte. Los dos Malinowskis, el de la
etnografía y el de los Diarios de campo, manifiestan
una división impuesta en la época sobre el campo del
análisis social, que no podía ser abordado en términos
de arte si lo era en términos de ciencia. Esa
diferencia de mirada está presente también en el modo
como Malinowski y su amigo fotógrafo Stanislaw
Witkiewicz se retratan en sendas fotografías. Mientras
el primero elige el discurso visual como soporte
realista, el segundo se deja influir por el discurso
surrealista.
La
separación entre la experiencia del viaje y la
escritura etnográfica se profundiza a lo largo del
siglo XX y equivale al apartamiento entre el discurso
del arte y el de la ciencia. Esa separación genera una
falsa distinción entre vías racionales e irracionales
de transmisión de la experiencia, más aún, de modos de
acceso a la realidad. Como escribe Mary Louise Pratt,
la etnografía se definió por su rechazo al lado
narrativo de su ascendencia formadora, viendo en él
una amenaza para sus límites disciplinarios.
En los nuevos trabajos se ha ido perdiendo el balance
entre la narrativa personal y descripción detallada e
impersonal propia de los relatos de viaje. Si bien esa
combinación es buscada por determinado tipo de
producción etnográfica vigente, no es su
característica general. En la actualidad, una buena
cantidad de trabajos etnográficos, como reacción a una
idea de positivismo banal que, piensan, dominó la
disciplina por mucho tiempo, optan por afincarse en un
subjetivismo exagerado donde la experiencia personal
lo ocupa todo y la reconstrucción del contexto,
incluso el biográfico, -que en buena medida permitiría
encontrar sentido para esas sensaciones vividas- es
prácticamente nula.
Al separarse la
antropología de la tradición del relato de viaje en el
siglo XX adopta un tono distanciado que intenta
retener como característica de un discurso propiamente
científico que la define. Así, enterrará sus orígenes
humanísticos bajo un lenguaje rígido y desapasionado
que cree verse seguro detrás de una fachada
naturalista. Este es un momento crucial para
comprender la ruptura entre dos formas narrativas que
hasta entonces convivían, ajenas a una serie de
polaridades todavía predominantes, pese a algunos
intentos por retomar la escurridiza metáfora del
viaje.
El último viajero filósofo
Nadie dudaría en ubicar a
Claude Lévi-Strauss en una tradición antropológica con
ambiciones científicas. De hecho, su contribución
probablemente represente la última escuela teórica
propiamente dicha de la antropología. Más allá de lo
que pueda objetarse de sus construcciones teóricas, es
claro que representó un intento formalizador del
conocimiento pocas veces visto en la historia del
conocimiento. Sin embargo, su concepción de la
antropología no excluye una fuente humanística que
hunde sus raíces en la modernidad europea, más
precisamente en la tradición de viajeros y filósofos
del siglo XVIII.
La única obra en la que
Lévi-Strauss refiere extensiva e intensivamente a su
experiencia de campo en Brasil es Tristes Trópicos,
donde
recupera las huellas de su
viaje biográfico a la etnografía.
Sus definiciones de la etnografía, el mapa de su
camino personal, sus angustias, se ven inevitablemente
drenadas por elementos del contexto de la preguerra,
de la ocupación alemana, de las sucesivas huidas...
Debe entonces tomar la distancia necesaria:
“De
una manera inesperada, entre la vida y yo, el tiempo
ha tendido su istmo; fueron necesarios veinte años de
olvido para encontrarme frente a una experiencia
antigua cuyo sentido me había sido negado y su
intimidad arrebatada por una persecución tan larga
como la Tierra.” (p. 32).
Tristes Trópicos es
una obra difícil de clasificar en la obra general del
autor. Como sugiere agudamente Clifford Geertz, no se
trata de un ejemplo de antropología estructuralista y
resiste a ser localizada en una lista biobibliográfica.
Más bien representa varios textos diferentes,
colocados en relación metonímica: es relato de viaje,
es la obra etnográfica, es texto filosófico, es
panfleto reformista basado en un radicalismo estético,
es texto literario simbolista. Por su organización
circular, agrega Geertz, Tristes Trópicos tiene
la apariencia de un mito, en el que la sucesión de
capítulos no responde a un orden lineal sino que
concatena textos, lugares, imágenes que se mantienen
independientes. La obra adopta como propiedades, la
concurrencia y la interferencia textual, la
multiplicidad y la combinatoria propia del
“pensamiento concreto” primitivo.
Por su parte,
Susan Sontag, subraya el
contraste de Tristes Trópicos con el resto de
las obras del autor, cuya marca es el distanciamiento
y el cause de las emociones purgadas en la severidad
de la teoría. Tristes trópicos, escribe, es una
obra intensamente personal, tanto como los Ensayos
de Montaigne o La Interpretación de los Sueños
de Freud, pues en ella Lévi-Strauss parte de una
experiencia personal para elaborar una concepción de
la situación humana y una estética del conocimiento.
La problemática del
tiempo, gravita de manera ubicua en toda la obra del
autor, especialmente en Tristes Trópicos donde,
si bien la idea del traslado en el espacio ya se
refleja en el título, la dimensión temporal es el
eje fundamental de la obra. O, en todo caso, tiempo y
espacio confirman una sola dimensión unificada,
haciendo vivir al lector el desplazamiento en el
espacio como un viaje en el tiempo. El libro abre con
un significativo epígrafe de Lucrecio que da a
entender que unos seres se extinguen para hacer lugar
a otros.
La antropología viene a conceder un paliativo para ese
pesimismo lucreciano reduciendo la “ansiedad
histórica” que produce la inminente desaparición de
las sociedades primitivas. Dice Sontag que para Lévi-Strauss,
“el demonio es la historia no el cuerpo ni los
apetitos. El pasado, con sus estructuras
misteriosamente armoniosas, se quiebra y desmorona
ante nuestros ojos. De ahí que los trópicos sean
tristes” (p. 93). El autor se niega a diferenciar
entre sociedades primitivas e históricas. Las primeras
tienen su historia aunque nos sea desconocida, y
agrega atacando a Sartre, que la carencia de una
“conciencia histórica” no es un modo privilegiado de
conciencia. Estas sociedades calientes están dominadas
por el demonio del progreso histórico. La utopía sería
entonces el descenso de la temperatura histórica, en
la medida que haría posible la liberación humana de la
dependencia del progreso y su consecuencia directa, la
explotación del hombre por el hombre.
Lévi-Strauss rechaza la modalidad
de la historia como temporalidad lineal, propia del
pensamiento moderno, aunque no niega la existencia y
ubicuidad del tiempo. En su obra, la
problemática del tiempo es mucho más amplia que la de
la historia, que generalmente es
definida como “conciencia histórica”. Precisamente
esta acepción de la historia, según Lévi-Strauss no
encaja en el Nuevo Mundo; un mundo al margen de las
agitaciones de la historia. Se lamenta entonces que la
suerte de América como la del Edén, se derrita ante
sus ojos “como nieve al sol”:
“Reducida a una preciosa ínsula, a la par que desde
hoy solo pueden entrar allí los privilegiados, se ha
transformado en su naturaleza, que de eterna se
convirtió en histórica, de metafísica en social. El
paraíso de los hombres tal como Colón lo había
entrevisto se prolongaba y se abismaba a la vez en la
dulzura de vivir, reservada a los ricos.” (p. 60)
La
diferencia radical entre América y el viejo continente
está inscripta en el tiempo. Por un lado, Lévi-Strauss
adopta la concepción del tiempo nativa, viéndose
reflejado en ella: recurre a Rousseau o Montaigne como
un nativo recurriría a un mito de la Creación. Por
otra parte, se sumerge en una temporalidad dinámica,
inasible, asociativa, en tanto elemento de la unidad
psíquica universal que él comparte con los Bororo.
El tiempo aparece bellamente
reflejado en agonías como la que revela la “ilusión de
lo que ya no existe y que debería existir aún para que
pudiéramos escapar a la agobiadora evidencia de que
han sido jugados 20.000 años de historia” (p. 26). En
otros párrafos Lévi-Strauss se abisma en una angustia
temporal que mira al porvenir: “De aquí a unos
cien años, en este mismo lugar, otro viajero tan
desesperado como yo llorará la desaparición de lo que
yo hubiera podido ver y no he visto. Víctima de una
doble invalidez, todo lo que percibo me hiere, y me
reprocho sin cesar por no haber sabido mirar lo
suficiente.” (p. 31).
En
muchos momentos Lévi-Strauss indica en sus páginas que
los etnógrafos de hoy son los viajeros de ayer y da a
entender que su relato de viaje es el compendio de
todos los viajes anteriores. Dice que insidiosamente
la ilusión le tiende trampas, y para reconstruir
cabalmente el exotismo a partir de partículas y
residuos desea “haber vivido en el tiempo de los
verdaderos viajes, cuando un espectáculo aún no
malgastado, contaminado y maldito se ofrecía en todo
su esplendor” (p. 31).
Su
narrativa hunde raíces en la tradición de los viajeros
europeos, especialmente franceses, que llegan a
América entre los siglos XVII y XX, de quienes el
autor se reconoce heredero. En ese sentido dialoga
permanente con un pasado mítico de la modernidad y con
el nacimiento mismo de la antropología como
preocupación filosófica y humanística. Este viajero
filósofo del siglo XX, evoca a sus antepasados Jean
de Lery, Jean Cousin, Thevet, Bourgainville, conversa
con sus ancestros humanistas, Montesquieu, Rousseau,
Voltaire, Diderot. Finalmente lamenta el parcelamiento
y la especialización contemporáneos del conocimiento;
su propia obra se transforma en una apoteosis de la
totalización que, aunque reniega de la fenomenología,
es capaz de sumergirse en un mar de sensaciones
corporales y afectivas y explorar un universo
inagotable de percepciones ligadas a la experiencia
irrepetible del viaje, remitiendo a la experiencia del
cuerpo cuyas huellas han quedado fragmentadas. Esa
infinita gama de tonalidades, de sabores, de imágenes,
de aromas, de ritmos invaden la textura de un relato
único que se filtra y refina para configurar una
estética singular del conocimiento antropológico que
resuena lejanamente como un eco del porvenir. He allí
el legado que nos queda para construir una ilusión.
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Slot. The Poetics and Politics of Otherness”.
Recapturing Anthropology. R. Fox (de.). Santa
Fe: School of American Research Press. pp.: 17-44.
El problema del otro aparece planteado a nivel
filosófico en la obra de Emanuel Levinas. Según este
autor, el otro me apela y por eso existo. O en otros
términos, existe otro que me antecede. Este
argumento es también desarrollado especialmente por
el psicoanálisis. Para la discusión del caso
americano ver Todorov, Tzvetan 1987 La Conquista
de América. La cuestión del otro. México: Siglo
XXI.
Lévi-Strauss, Claude 2004 “Las tres fuentes de la
reflexión etnológica” en Constructores de otredad.
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Cultural, Boivin, M., Rosato, A. y Arribas, V.
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Krotz, Esteban 1988 “Viajeros y antropólogos:
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Carvalho,
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Antropológicas-Nueva
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Arnd Schneider, A. y C. Wright (ed.) 2006
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Oxford: Berg.
Pratt, Mary Louise 1997 Ojos Imperiales.
Literatura de viajes y transculturación. Buenos
Aires: Universidad Nacional de Quilmes.
Lévi-Strauss, Claude 1970 Tristes
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Geertz,
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1997 El antropólogo como autor.
Barcelona: Paidós.
Sontag,
Susan 1969
“El antropólogo como héroe”.
Contra la Interpretación.
Barcelona: Ed. Seix Barral.
“Nec minus ergo ante haec quam tu cecidere,
cadentque” (De rerum natura). “No menos que tu,
estas generaciones han muerto antes y continuarán
muriendo”.