Introducción
de las notas de investigación sobre el
auge y la decadencia de la compañía
inglesa de tanino La Forestal, publicadas
entre mayo y agosto de 1969 en la Revista
Georama.
Las
ciudades fantasmas
RODOLFO WALSH
Hacía diez
años que el hombre faltaba del pueblo y
sabía que la fábrica se hallaba
cerrada. Pero no le importó demasiado,
porque sus intereses estaban en otra
parte y ya no era peón ni capataz. Así
que visitó a sus amigos y arregló sus
asuntos sin pasar por la fábrica, hasta
que una tarde sus pasos lo llevaron,
cruzó distraído un puente, atravesó el
portón y dice que el silencio lo hizo
despertar. Hacía tiempo que el hombre no
lloraba.
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La chimenea está allí:
sesenta y cinco metros de ladrillo
vertical en cuya punta supo flamear, los
días de festejo, la bandera inglesa.
Pero ya nadie sube sus peldaños
oxidados. Las víboras fluyen por el
canal de humo, asoman a los derrumbes, se
meten en las oficinas desiertas.
-Este mes matamos cuarenta
dice Reinaldo Silva.
Las manos y los gestos del
último empleado de La Forestal, en Villa
Ana, reconstruyen los tres pisos que
faltan entre las paredes con espesor de
muralla, los huecos que fueron ventanas,
las aserrineras convertidas en fosos.
Bosta de caballo cubre el piso que
presumió de parqué, y un retoño de
ombú crece entre la invasora maleza
amarilla.
Aquí se molía el
quebracho, los rollizos empujados por el
gato hidráulico gemían y se
desintegraban contra las cuchillas de
acero; aquí pasaba la cinta
transportadora por el aserrín que iba a
cocimiento. Uno puede imaginar a los
hombres semidesnudos, cubiertos apenas
por el chiripá, sudando entre
nubes de vapor junto a las baterías de
difusores, las tinas y los vácum,
cortando con el brazo el chorro espeso y
caliente que secaría tomando la forma de
las bolsas, la cortante dureza del
quebracho y su color, antes de ser
embarcado para curtir los cueros y las
pieles de medio mundo.
Pero es inútil. Las
máquinas que trituraron un bosque han
desaparecido; mojarritas nadan en la
pileta que alimentó las baterías y
sirvió de piscina a los gerentes; las
calderas duermen amontonadas como grandes
elefantes muertos.
La fábrica de tanino de
Villa Ana no fue la primera, ni la
última, ni la más importante entre las
plantas de La Forestal clausuradas en los
últimos veinte años. Pero ninguna dejó
un testimonio tan impresionante de la
caída de un imperio. A su alrededor, el
pueblo agoniza desde 1957. Sus nueve mil
habitantes se redujeron a tres mil. Diez
mil hacheros de la zona emigraron o
cayeron en primitivas formas de
subsistencia.
No quedan huellas de sus
ranchos de paja, pero el pueblo Forestal,
que albergó a funcionarios y empleados,
subsiste con sus casas de ladrillos
encalados en color crema, sus galerías
de tirantes rojos, sus techos a dos
aguas. Cuatro de cada diez están hoy
desocupadas, y una que ocupa media
manzana con jardín acaba de venderse en
setenta mil pesos.
Sobre la plaza, en una
esquina, la puerta del único hotel
permanece inexorablemente cerrada. Nada
se mueve bajo el abrasador sol de la
siesta. Un potrero donde pastan los
caballos fue pista de aterrizaje; la
cancha de golf donde se jugaron torneos
internacionales ha sido removida por el
arado. "Aquí vino la reina de
Inglaterra", dice una voz que
también parece ausente. Y ella misma
contesta:
-Vivimos de recuerdos.
De los recuerdos
más bien se muere, pero le voy a contar
una cosa insignificante. No vale la pena
que la anote. Yo tenía nueve años y
estaba muerto de sueño, esperando que
empezara el cine. Papá y mamá también,
y todo el pueblo inquieto, porque era la
época en que se alzaron los hacheros.
Hasta que entró el gerente y se apagaron
las luces. El cine empezaba cuando
llegaba el gerente de La Forestal.
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