Ese hombre
RODOLFO WALSH
Del libro Ese
hombre y otros escritos personales (Seix
Barral, Buenos Aires/1995)
Me llaman Rodolfo Walsh.
Cuando chico, ese nombre no terminaba de
convencerme: pensaba que no me serviría,
por ejemplo, para ser presidente de la
República. Mucho después descubrí que
podía pronunciarse como dos yambos
aliterados (Rodólf Fowólsh), y
eso me gustó.
Nací en Choele-Choel, que quiere decir
"corazón de palo". Me ha sido
reprochado por varias mujeres.
Mi vocación se despertó tempranamente:
a los ocho años decidí ser aviador. Por
una de esas confusiones, el que la
cumplió fue mi hermano. Supongo que a
partir de ahí me quedé sin vocación y
tuve muchos oficios. El más
espectacular: limpiador de ventanas; el
más humillante: lavacopas; el más
burgués: comerciante de antiguedades; el
más secreto: criptógrafo en Cuba.
Mi padre era mayordomo de estancia, un
transculturado al que los peones mestizos
de Río Negro llamaban Huelche. Tuvo
tercer grado, pero sabía bolear
avestruces y dejar el molde en la cancha
de bochas. Su coraje físico sigue
pareciéndome casi mitológico. Hablaba
con los caballos. Uno lo mató, en 1947,
y otro nos dejó como única herencia.
Este se llamaba "Mar Negro", y
marcaba dieciséis segundos en los
trescientos: mucho caballo para ese
campo. Pero esta ya era zona de la
desgracia, provincia de Buenos Aires.
Tengo una hermana monja y dos hijas
laicas.
Mi madre vivió en medio de cosas que no
amaba: el campo, la pobreza. En su
implacable resistencia resultó más
valerosa, y durable, que mi padre. El
mayor disgusto que le causo es no haber
terminado mi profesorado en letras.
Mis primeros esfuerzos literarios fueron
satíricos, cuartetas alusivas a maestros
y celadores de sexto grado. Cuando a los
diecisiete años dejé el Nacional y
entré en una oficina, la inspiración
seguía viva, pero había perfeccionado
el método: ahora armaba sigilosos
acrósticos.
La idea más perturbadora de mi
adolescencia fue ese chiste idiota de
Rilke: Si usted piensa que puede vivir
sin escribir, no debe escribir. Mi
noviazgo con una muchacha que escribía
incomparablemente mejor que yo me redujo
a silencio durante cinco años. Mi primer
libro fueron tres novelas cortas en el
género policial, del que hoy abomino. Lo
hice en un mes, sin pensar en la
literatura, aunque sí en la diversión y
el dinero. Me callé durante cuatro años
más, porque no me consideraba a la
altura de nadie. Operación masacre
cambió mi vida. Haciéndola, comprendí
que, además de mis perplejidades
íntimas, existía un amenazante mundo
exterior. Me fui a Cuba, asistí al
nacimiento de un orden nuevo,
contradictorio, a veces épico, a veces
fastidioso. Volví, completé un nuevo
silencio de seis años. En 1964 decidí
que de todos mis oficios terrestres, el
violento oficio de escritor era el que
más me convenía. Pero no veo en eso una
determinación mística. En realidad, he
sido traído y llevado por los tiempos;
podría haber sido cualquier cosa, aun
ahora hay momentos en que me siento
disponible para cualquier aventura, para
empezar de nuevo, como tantas veces....
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