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Escritos
personales (1962)
RODOLFO WALSH
Del libro Ese
hombre y otros escritos
personales,
Rodolfo Walsh (Seix Barral,
Buenos Aires 1996)Y ahora toco, como
un ciego, las calles de La
Habana, como un ciego que sueña,
y vagas formas me responden y se
agitan. Ya no sé dónde vivo,
dónde estoy. Estoy en una
cuadrícula insensata, y esto es
las calles que recorrí,
preocupado y absorto, o
encandilado por la luz, o
pensando en la extraña vuelta de
mi vida. Estos cuadriláteros
curtidos por venitas rosadas, por
espacios verdes, por manchas
amarillas. Sobre un trapezoide
verde hay una doble cruz
amarilla, que me recuerda alguna
bandera escandinava, y ése es el
Hotel Nacional. Enseguida la
memoria de mis piernas registra
un esfuerzo, una subida, subo de
noche por la ancha vereda, a mi
derecha hay un muro blanco,
debajo unos jardines, al fondo un
edificio rosado de alas
simétricas, un edificio de
piedra rosa con cierto aire
colonial, con un par de torres,
creo, y una ancha entrada para
autos. En la sombra una alta
mujer recostada en el muro y una
voz que sale de la sombra,
"oye chico", tengo un
movimiento de terror, pero
enseguida he girado, me he
parado, me mira con su cara
africana, con su sonrisa blanca,
los dientes blancos de la noche
calurosa y perfumada, una alta
mujer como una torre, de largos
brazos y quietud felina.
"¿Tienes un cigarro?"
Tengo. La beso en la oscuridad,
la aprieto con fuerza, apoyo mi
sexo entre sus muslos y se ríe,
se ríe con su acento bárbaro de
esclava. "Ven que te hago
gozar", caminamos poco,
apretados en la sombra, cruzamos
la terrible iluminación de 23,
la espada del bien parecer (oye,
ahí va Walsh con una negra), no
sé si me importa, sé que tengo
que llegar adonde sea, arrebatado
finalmente en esa llama que
durante meses sentí arder a mi
alrededor, vamos unas cuadras
hacia el mar, hacia el malecón,
allí entramos en una calle
oblicua, puede ser Menocal, puede
ser cualquier cosa, Hornos,
Príncipe, Vapor, entramos en un
hotel que me parece está en una
esquina oscura, hay arcadas
cerca, toda la ciudad es un
inmenso laberinto de pasillos,
terraplenes, escaleras, rampas,
subidas y bajadas, una
arquitectura esponjosa llena de
pasillos y corrientes de aire,
galerías y recovas, ciudad
acuario, ciudad submarina, ciudad
madrépora, ciudad mandala,
ciudad corazón, ciudad arterial,
gran ciudad ramificada, ciudad
como un árbol, ciudad esponja,
ciudad intestino, ciudad madre
cavidosa, cavada y excavada,
agujereada de sueños, buscadora
y subterránea, vagina donde uno
fluye y refluye para siempre,
ciudad a orillas del mar tibio,
del mar como el seno de la gran
madre, ciudad impregnada de jugos
nutricios, ciudad que se apropia
de una parte del alma, ciudad que
toco siempre lentamente, calle
por calle, piedra por piedra,
como se toca un cuerpo de mujer,
ciudad para recorrer con una flor
entre los dientes, para caminar
con zancos explosivos, capital
del sexo, ciudad siempre llena de
banderas, conmovida y tierna, con
tu luz azul, con tus golpes de
mar como altos chorros de semen,
con tu bahía cordial de
corazón, con tus grandes gatas
negras, con inmensas prostitutas
llenas de puntillas y sonrisas,
grandes fragatas con su millar de
velas desplegadas y todos los
olores y perfumes de la tierra y
esa sabiduría de siglos que
brota siempre a orillas del mar;
Mediterráneo de los pobres,
Lutecia de los negros, gran
pecadora de la sangre nuestra.
Qué te han hecho, pobrecita.
Rosa de azafrán,
rosa de calidoscopio, increíble
rosa de la nieve, rosa de los
últimos repliegues del corazón
del hombre. Te oigo agitar tus
cascabeles, te miro mover tu
cintura, lloro sobre la curva de
tus muslos. Piedrita linda,
caracolito en la arena.
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