
Rodolfo Walsh
Foto contratapa de Operación Masacre
|
Rodolfo
Walsh:
La muerte, el conocimiento y la historia
ZENDA
LIENDIVIT
/
Para Lyotard, el término
sobreviviente implica que una entidad que
debería haber muerto todavía
está viva. Y se pregunta ¿a la muerte
de qué vida sobrevive esa entidad?
"Hay un fusilado que vive"
fue el detonante que escuchó Rodolfo
Walsh una tranquila noche de verano de
fines del 56, mientras jugaba ajedrez en
un bar de La Plata. Se trataba de Juan
Carlos Livraga, un hombre que recibió
dos balas policiales en pleno rostro y
que ahora, sentado frente a él, le
contaba su versión de los hechos acerca
del levantamiento cívico-militar contra
Aramburu en junio de ese año. Había,
entonces, alguien que todavía estaba
vivo cuando debería estar muerto,
alguien que reabría un capítulo que se
pretendía definitivamente cerrado en la
historia argentina.
La investigación sobre la
masacre en los basurales de José León
Suárez se escribe sobre esa premisa que
parece imposible para el mundo real pero
absolutamente factible para el ficcional
( "Es que uno llega a creer en
las novelas policiales que ha leído o
escrito, y piensa que una historia así,
con un muerto que habla, se la van a
pelear en las redacciones
"
dirá Walsh, en la introducción de Operación
Masacre, cuando intenta publicar en
los medios gráficos esa nueva versión
de los sucesos). Con el cuerpo de Livraga
vivo, después de haber sido fusilado;
reaparecido luego de días de
desaparecido; denunciante, luego de haber
permanecido en silencio, la frontera
entre la vida y la muerte en el panorama
político argentino queda por lo menos
difusa. En la cara destrozada del
"resucitado" se inscribirán
los hechos que Walsh tendrá que ir a
buscar para conocer lo que sucedió
aquella terrible noche de junio de 1956,
y no en los discursos oficiales que
hablan de fusilamientos amparados en una
oportuna ley marcial. O, por los menos,
allí estarán los primeros indicios de
esa verdad. Luego vendrán, a fuerza de
un minucioso trabajo detectivesco, los
otros fragmentos que a manera de piezas
de un rompecabezas serán los únicos
poseedores de esa forma final esquiva y
oculta. Livraga, con su reaparición,
interrumpe, incomoda y empuja a Walsh no
sólo al terreno de la política, a las
primeras tensiones que luego marcarían
su escritura y su destino, sino a lo que
está siempre fuera de alcance y que
necesita ser encontrado.
Más que alejarse de la
ficción, es decir, de la literatura,
para internarse en la práctica, Walsh
parecería alejarse de las formas
acabadas, aceptadas, llámese discurso
oficial, prensa orgánica o dogma
literario. Walsh abandona sistemática y
paulatinamente los espacios de
coordenadas conocidas para explorar lo
que está siempre por armarse, los
límites móviles e inatrapables de lo
informe. La prosa de Walsh avanza sobre
lo que no está, avanza sobre los
espacios de la ausencia que brillan hasta
hacerse presentes. En este brillar por
ausencia o por imposibilidad pareciera
asentarse su escritura. Es el cuerpo
buscado de la mujer que marcó la
historia argentina, es ese nombre
imposible de nombrar, el que escribirá
el cuento Esa mujer; es esa nota
al pié, fuente marginal y secundaria en
cualquier lectura tradicional, la que
develará la verdadera historia del
suicidio del traductor, y no la
palabrería que ocupa el cuerpo principal
del relato. Son los intersticios, los
vacíos entre cuadro y cuadro, del cuento
Fotos los que intentarán capturar
lo primero, lo original, lo que no tiene
intermediación y que perfilándose en
ese montaje de discursos entrecruzados se
resolverá finalmente con la muerte del
personaje. "Es cuestión de
verlo. El campo cuando sale el sol, los
tipos en el boliche jugando al codillo,
una muchacha nuevita paseando por la
plaza, todas esas cosas que si no las
agarrás de alguna manera, se te van para
siempre", le dice éste a su
amigo en un intento por atrapar lo que se
le escapa a cada paso.
Por otro lado, la escritura
de Walsh plantea una crítica a los
límites del acto mismo de conocer. Si el
problema es cómo contar la realidad,
todas las formas existentes adolecen de
lo mismo: son maquinarias de lectura que
sólo pueden capturar aquello que ya
habían previsto con anterioridad. Las
agencias de noticias, los medios
organizados, los grandes diarios y
revistas, el género ficcional ya no
pueden informar, ya no pueden dar cuenta
de las cosas porque están precisamente
atrapados en esa engañosa telaraña
estructural: no hay posibilidad alguna de
saltar fuera de su sombra. No hay
posibilidad de escapar a esa imagen
previa. Por lo que si el material de
trabajo es lo que no está, lo que hay
que desentrañar, mal puede dar cuenta de
él un sistema ya establecido. Éste debe
fundirse con la propia búsqueda ("El
arte es un ordenamiento que no está
previamente contenido", le
contestará Jacinto Tolosa a Mauricio, en
Fotos).
En Operación Masacre,
las confesiones de los implicados, los
informes, los testimonios, los partes de
las emisoras radiales, los telegramas, la
precisión horaria ("A las 23.56
Radio del Estado, la voz oficial de la
Nación, deja de ofrecer música de
Stravinsky y pone en el aire la marcha
con que cierra habitualmente sus
programas..."), poseen, por su
dispersión, la imposibilidad de la
conspiración y del manipuleo. Son los
detalles buscados y encontrados,
imperceptibles, insignificantes a veces,
los que tendrán la voz del relato, son
ellos los que esquivarán, por azarosos,
cualquier ordenamiento. Pero más que una
cuestión de oposición al poder militar
y policial, en Walsh parecería estar la
rebelión contra el mecanismo propio de
todo poder que se enseñorea sobre las
formas constituidas, estables y fijas,
produciendo al decir de Foucault-
un saber específico. La clandestinidad
entonces surge como una manera diferente
de acceder a las cosas y plantea con
ellas una relación de semejanza. La
mirada desde lo oculto, desde lo secreto,
generará a la vez sus propias formas,
siempre fluidas, siempre inestables como
la realidad misma. La multiplicidad de
las voces, o la voz que se desplaza
constantemente, unidas por un hilo
siempre ausente, estará no solamente en
sus relatos (Cartas es un claro
ejemplo) sino más tarde en los
procedimientos empleados para divulgar la
información periodística. La
propagación artesanal de los comunicados
a través de cartas arrojadas al buzón,
en Cadena Informativa, será la forma de
escribir en tiempo presente la historia
de los terribles años de la dictadura.
Pero también será la garantía de la
ausencia del autor único. La verdad,
nuevamente, estará en lo que flota, en
el murmullo anónimo de los que no tienen
los medios para estar en esos lugares
donde se escriben las historias
oficiales.
Pero volviendo a la pregunta
inicial sobre ¿a la muerte de qué vida
sobrevive ese cuerpo fusilado? se podría
pensar que mucho más que a una muerte
física, los ultimados en José León
Suárez sobreviven a ese espacio neutro
que confunde el tiempo que transcurre
desde el nacimiento de un hombre y su fin
y lo que viene después, que por lo
general es el olvido. Sobreviven a la
inutilidad de un final antes de tiempo.
Se sobrevive a la no modificación del
mundo frente a esa interrupción
imprevista. Con Operación Masacre
los hombres que consiguieron huir de
aquel ajusticiamiento transforman ese todavía
estar vivos, que los caracteriza como
sobrevivientes, en un asunto universal,
una cuestión que trasciende las
historias particulares de cada uno. Al
extraer la verdad de lo que pasó aquella
terrible noche, al desentrañar la muerte
como si fuera un metal precioso y
retornarla a la vida, Walsh interviene la
realidad y reescribe la historia de todo
un pueblo, de una época, de una
posición política y lo que es más,
anticipa los próximos cuarenta años:
"Toda la operación lleva, pues,
el sello imborrable de la clandestinidad"
(la muerte funciona como una bisagra a
partir de la cual todo lo que era deja de
ser, desenmascara no solo la ficción
sino también el mecanismo).
El cuerpo que no está, el
cuerpo desaparecido, el cuerpo
violentado, será siempre el espacio
donde se almacenará la verdad que no
puede ser conquistada precisamente por
carecer de una forma concreta. Walsh
escribe como se escribirá después el
devenir argentino: a fuerza de vivos que
desaparecen y que reaparecen luego en
forma de historias fragmentadas, de voces
dispersas, de marchas, reclamos y de
oralidades siempre rebeldes a cualquier
poder normalizador. Muertos y
desaparecidos que, como él mismo,
permanecen rebeldemente vivos para seguir
contando otra versión de la historia.
. /
/
|