Artículo
publicado en la revista Panorama, N° 43,
Diciembre 1966
La Argentina ya no
toma mate
RODOLFO J. WALSH
Se jugaba mucho al
ajedrez escribió Horacio
Quiroga en 1927- y se bromeaba
pasablemente. Pero el tema constante, la
preocupación y la pasión del país era
el cultivo de la yerba mate, al que en
mayor o menor escala se hallaban todos
ligados.
Cuarenta años después, desde Oberá a
San Pedro, o desde Puerto Iguazú a
Posadas, era difícil encontrar a alguien
que bromeara, pasablemente o no.
-Misiones ha perdido su alegría
explicó sencillamente Osvaldo Rey,
el maestro de Mbo-Picuá.
Al borde de caminos y picadas el polvo
rojo se acumulaba sobre las hojas verdes
de los yerbales que, por primera vez en
medio siglo, no veían llegar la
muchedumbre de los tareferos. El Paraná
transcurría sin barcos y los edificios
sombríos de los secaderos estaban
desiertos. Sobre los viejos
emplazamientos de los jesuitas y los
largos pueblos que creó el auge de la
inmigración, descendía una calma
engañosa.
Misiones
en la encrucijada: el consumo disminuye;
la importación crece
"La pasión y la
preocupación del país" se había
transformado, en 1966, en una amarga
conjetura. El imperio de la yerba de
cultivo que en cinco décadas se
expandió en proporción de 140 a 1, se
resquebrajaba por innumerables fisuras.
Para algunos era el fin: un
alemán-brasilero de Eldorado macheteaba
furiosamente a ras del suelo su yerbal
intacto. Para otros, una sorpresa más de
este país incomprensible: al japonés
Yamato se le caían los brazos, en su
chacra de Garhuapé, frente a las plantas
que eran suyas y no eran suyas, puesto
que el gobierno prohibía cosecharlas. En
los juzgados de Posadas se amontonaban
los recursos de amparo contra el decreto
que en marzo de este año interdijo la
zafra.
-Yo me sublevé el 27 de junio, un día
antes que los militares- explicó
risueñamente el suizo Roth, que en Santo
Pipó estaba cosechando contra viento y
marea.
Las gremiales de productores echaban la
culpa a los gobiernos; dirigentes
políticos, a las gremiales;
comerciantes, a todo el mundo; tareferos
sin trabajo, no sabían a quién echarla.
-Acá no hay reclamos resumió un
oscuro paraguayo contemplando su machete
inútil-. Si protesta, le dicen comunista
y le sacan a patadas.
Las disquisiciones históricas sobre la
yerba no prosperan en Misiones; allí la
historia se llama Pilsudski o Benes;
apila cadáveres fantasmales en el Marne
o en Fort Douaumont; viste de ajadas
plumas a la kronprinzess o retrocede
llorosa a las calles ensangrentadas de
Petesburgo.
Muy pocos entre estos hombres
preocupados, perplejos, agobiados, se
reconocían protagonistas en una guerra
silenciosa iniciada hace tres siglos y
medio.
La
cosecha clandestina burla al decreto de
prohibición de la zafra misionera
Los herederos del
mensú
Ahí están, hormigueando
entre las plantas verdes, con sus caras
oscuras, sus ropas remendadas, sus manos
ennegrecidas: la muchedumbre de los
tareferos. Hombres, mujeres, chicos, el
trabajo no hace distingos.
En un yerbal alto como éste, el jefe de
la familia trepa al árbol y con la
tijera poda las ramas que su compañero y
su prole cortan y quiebran en un
movimiento incesante, separando la hoja
del palo y amontonándola en las
ponchadas dos bolsas abiertas y
unidas- que cuando estén llenas se
convertirán en "raídos".
No hay cabezas rubias ni
apellidos exóticos entre ellos. El
tarefero es siempre criollo, misionero,
paraguayo, peón golondrina sin tierra.
Se acercan, nos rodean mansamente, y no
tenemos que preguntarles siquiera para
que caiga sobre nosotros el aluvión de
su protesta:
-Estamos todos abajo
dicen.
-Nuestro jornal no sube.
-El familiar no te pagan.
-Estamos atenidos.
-Apenas se gana para el pan.
-Si uno come medio kilo de carne a la
semana, ya es lindo.
-Estamos a mate cocido.
-No tenemos ropa.
-J
.s, eso es lo que estamos.
Se quitan la palabra de la
boca en su apuro por transmitir esa
angustia a alguna parte, a algún mundo
desconocido, antes que llegue el patrón,
el capataz, el camión que ya viene por
la picada cargando los raídos.
Pero todavía hay tiempo para que las
caras cobren nombre. Es Oscar Vallejo,
descalzo y trepado a un árbol, el que
dice:
-Somos tres y no sacamos dos
mil kilos por semana.
Diez mil pesos mensuales. Para tres.
Es María Antonia Torales, de 12 años,
que debería estar en la escuela, pero no
está, y gana 125 pesos diarios.
Es la gorda Ciriaca González:
-Esto no es ganancia. La quebranza es muy
fina.
Porque ahora hay que cosechar con el
cinco por ciento de palo, en vez del
quince..
Es Máxima Vera, una muchacha envejecida
de hermosos ojos agatados, que nos
muestra las manos casi negras:
-Curte que da gusto, no hay jabón que
saque.
Es Fernando Cáceres:
-No somos nada, no tenemos defensa. Aquí
no hay sindicato ni leyes ni feriados.
Es Mario Vallejo:
-No sabemos adónde reclamar, si a la
policía, a la gendarmería, a quién.
Es Valentín Nuñez que concluye:
-Si protestás, te echan a patadas.
Y ya llega el camión por la picada, el
capataz, los cargadores reclamando:
-¡Raído! ¡Arriba, muchachos!
Cuatro pares de brazos levantan al sol,
como una ofrenda, la ponchada de yerba,
la gran riqueza de Misiones construida
sobre un mar de sufrimiento.
Urúes y guainos
En la playa del secadero,
los camiones vuelcan su carga verde que
los horquilleros embocan en la cinta
transportadora. De ahí la hoja sigue a
los grandes tubos de la sapecadora,
calentados a temperatura constante, de
donde sale a los pocos segundos, ya con
su perfume característico, tras perder
el cuarenta por ciento de agua.
Pero la secanza a fondo, se hace en el
barbacuá.
Parados sobre la gran estructura con
forma de bote invertido, el urú
Marcelino Brites, y su ayudante el guaino
Sanabria, parecen demonios semidesnudos,
sudorosos y raquíticos, mientras con la
horquilla cambian de capa los cinco mil
kilos de hoja verde que se acumulan sobre
el enrejado de palos de monte.
Un horno subterráneo insufla en el
oscuro galpón una corriente continua de
aire quemante.
-¿Cuánto dura el turno?
-Veinte horas- dice el urú sin cesar de
mover la hoja con un ritmo y un orden que
solo él conoce-. Hasta que termine la
secanza.
La tortura del
barbacuá
La temperatura es tan alta
que parece imposible aguantar más de
unos minutos. Pero, ¿qué quiere decir
alta? Lo sabremos en el "catre"
una especie de barbacuá
perfeccionado y plano- de la Industrial
Paraguaya. Allí el termómetro colocado
junto a las bocas de fuego marca
inequívocamente: noventa grados
centígrados, que significan setenta
grados arriba, donde trabajan los
secaderos.
-Es poco se lamenta Mr. Bramford, y
no sabemos si bromea cuando añade: -Lo
ideal es ciento veinte grados abajo y
cien arriba.
Arriba, la escena parece arrancada de un
sueño. Sobre una altiplanicie de hojas
que se pierde en largas penumbras, flotan
los vahos blanquecinos de la yerba
secada, su perfume bruscamente
intolerable. Como sombras de otro mundo
armadas de horquillas, se mueven media
docena de hombres.
Este, que sin duda es el trabajo más
insalubre del mundo, es también la
cumbre del oficio del peón yerbatero, la
suprema ciencia y la suprema recompensa:
el urú gana la extraordinaria suma de 67
pesos la hora.
El sesenta por ciento de la yerba de
Misiones se seca de este modo. El resto,
en instalaciones mecánicas de secanza
rápida. Pero todo el mundo sabe que la
yerba de catre o de barbacuá tiene otro
sabor
Desocupación y
éxodo
Estos hombres son
afortunados: tienen trabajo. En "El
Porvenir" de los Barthe, cerca de
Posadas, quedaban treinta peones, de los
cien que trabajaban normalmente en esa
época. En la "María Antonia",
sobre cien peones estables, trabajan
cuarenta. En Puerto Menocchio, cuarenta
sobre ochenta. En "Gisela",
veintidós sobre ciento veinte.
-Tengo que inventarles trabajo nos
dice el administrador Lutjohan-. Más no
puedo mantener.
En San Ignacio, hablamos con el
comandante Sergio Fortunato, jefe del
escuadrón 11 de Gendarmería Nacional.
-Aquí hay hambre dice con un
rescoldo de indignación en la voz-.
Aquí hay miseria, hay desocupación, hay
éxodo. Aquí estamos dando diariamente
de ocho a diez frazadas, porque la gente
pasa frío. Aquí hay familias donde
entre seis comen diez mandiocas en todo
el día.
En marzo el gobierno radical pretendió
demostrar que la prohibición de la zafra
no acarreaba desocupación. En Santo
Pipó, donde se denunciaban trescientos
desocupados, la encuesta gubernamental
solo pudo descubrir a dos.
-¡Pero yo le voy a hacer hablar los
ranchos mudos! exclama, justamente
en Santo Pipó, este hombre sólido y
enérgico, impecable en su traje blanco
de médico, enormemente versado en el
problema yerbatero, que presidió hasta
junio la cámara de diputados de la
provincia.
Y el doctor Comolli nos lleva a recorrer
las casas vacías de El 26, el
"conventillo" desierto de
"La invernada", la escuela 140,
donde acaban de suprimirse dos grados
porque cincuenta alumnos se han ido, los
restos de los ranchos derrumbados por los
peones paraguayos que vuelven a su país.
¿Qué otra cosa puede hacer esa gente?
Voltea el rancho, amontona las tablas en
su canoa y se va, con su atadito de
ropas, su mujer, sus hijos nacidos en la
Argentina, que la Argentina expulsa.
Pero la predicción es segura: el año
próximo, cuando se vuelva a cosechar la
yerba, faltarán brazos en Misiones.
Un
fantasma: el éxodo
¿Hay solución?
Enunciar en pocas líneas
una solución para los problemas
misioneros, sería insensato. A los males
estructurales de la provincia, la falta
de caminos, el consumo de energía
eléctrica más bajo del país, las
cíclicas crisis yerbateras, se suman
otras desgracias parciales y acaso
inevitables, como la catastrófica caída
en el precio internacional del tung.
Pero en torno de la yerba, todos creen
que se puede y se debe hacer algo. Y
nadie duda de que, en la base misma de lo
que se puede y se debe hacer, está la
prohibición, absoluta y para siempre de
importar yerba por cualquier vía que
sea.
No bastará con eso. La capacidad
productiva duplicará durante muchos
años el consumo del país. Las zafras
deberán ser reguladas, el tambaleante
Mercado reconstruído. Habrá que
extirpar los yerbales improductivos
porque su bajo rendimiento influye en la
determinación del costo y, por lo tanto,
en el precio. Algunos rinden menos de 500
kilos secos por hectáreas, cuando el
suizo Alberto Roth obtiene diez veces
más inclusive en yerbales viejos,
mediante un cultivo ejemplar.
Abrir mercados
Aun, así, será
insuficiente. En medio siglo la industria
yerbatera no ha invertido un centavo en
propaganda eficaz, en investigación. La
Comisión de Propaganda de la CRYM es
inoperante, con un presupuesto inferior a
los cuarenta millones anuales. Para
competir con otras infusiones y bebidas,
el mate necesitaría un presupuesto
publicitario diez veces superior, nada
exagerado si se piensa que el mercado de
consumo asciende a diez mil millones.
El consumo per capita disminuye año a
año; de diez kilos en 1930, a menos de
seis en la actualidad. Para muchos, el
mate con bombilla está condenado, salvo
en las zonas rurales. Hay que buscar
nuevas formas de presentar el producto.
Es preciso abrir mercados a la
exportación.
Nada de esto podrá hacerlo Misiones con
sus propias fuerzas. El colono misionero
ha demostrado que es buen negocio
financiarlo. Esto se ha hecho hasta la
explotación. Por una vez, podría
hacerse de otro modo.
Si cada uno de esos objetivos se cumple,
es posible que el cultivo yerbatero
sobreviva. De lo contrario, se habrá
perdido definitivamente la guerra
iniciada hace tres siglos por los
"mamelucos" paulistas contra
los viejos pueblos de las Misiones.
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