
Foto: Penitenciaría
Nacional (A.G.N.)
Del libro Las
Cárceles de la Miseria, Cap. II "La
Tentación penal en Europa", LOÎC
WACQUANT (Ediciones Manantial, Buenos
Aires, 2004)
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TEXTOS
SELECCIONADOS / LAS CÁRCELES DE LA
MISERIA
El lugar de la
prisión en el nuevo
gobierno de la miseria
LOÎC WACQUANT Lo
que hay que retener, más que el detalle
de las cifras, es la lógica profunda de
ese vuelco de lo social hacia lo penal.
Lejos de contradecir el proyecto
neoliberal de desregulación y extinción
del sector público, el irresistible
ascenso del Estado penal norteamericano
constituye algo así como su negativo
en el sentido de reverso pero
también de revelador-, porque traduce la
puesta en vigencia de una política de
criminalización de la miseria que es el
complemento indispensable de la
imposición del trabajo asalariado
precario y mal pago como obligación
ciudadana, así como de la nueva
configuración de los programas sociales
en el sentido restrictivo y punitivo que
le es concomitante. En el momento de su
institucionalización en la Norteamérica
de mediados del siglo XIX, "la
cárcel era ante todo un método que
apuntaba al control de las poblaciones
desviadas y dependientes", y los
detenidos eran principalmente pobres e
inmigrantes europeos recién llegados al
Nuevo Mundo. En nuestros días, el
aparato carcelario estadounidense cumple
un papel análogo con respecto a los
grupos a los que la doble
reestructuración de la relación
salarial y la caridad estatal ha hecho
superfluos o incongruentes: los sectores
en decadencia de la clase obrera y los
negros pobres de las ciudades. Al actuar
de ese modo, ocupa un lugar central en el
sistema de los instrumentos de gobierno
de la miseria, en el cruce del mercado
del empleo no calificado, los guetos
urbanos y unos servicios sociales
"reformados" con vistas a
apoyar la disciplina del trabajo
asalariado desocializado.
a.- Prisión y mercado
del trabajo no calificado. En primer
lugar, el sistema penal contribuye
directamente a regular los segmentos
inferiores del mercado laboral, y lo
hace de manera infinitamente más
coercitiva que todas las deducciones y
gravámenes sociales y reglamentaciones
administrativas. Aquí, su efecto es
doble. Por una parte, comprime
artificialmente el nivel de desocupación
al sustraer por la fuerza a millones de
hombres de la "población en busca
de un empleo" y, de manera
secundaria, al provocar el aumento del
empleo en el sector de bienes y servicios
carcelarios, fuertemente caracterizado
por los puestos precarios (y más aún
con la privatización del castigo). Se
estima así que durante la década del
noventa las cárceles disminuyeron en dos
puntos el índice de desocupación
norteamericano. De hecho, y según Bruce
Western y Katherine Beckett, una vez
tomados en cuenta los diferenciales de
índice de encarcelamiento entre los dos
continentes, y al contrario de la idea
comúnmente admitida y activamente
propagada por los vates del
neoliberalismo, los EEUU mostraron un
índice de desocupación superior
al de la Unión Europea durante 18 de los
últimos veinte años (1974/94).
Western y Beckett muestran,
de todas formas, que la hipertrofia
carcelaria es un mecanismo de doble filo:
si bien a corto plazo embellece la
situación del empleo al recortar la
oferta de trabajo, en un plazo más largo
no puede sino agravarla, al hacer que
millones de personas sean poco menos que
inempleables: "El encarcelamiento
redujo el índice de desocupación
norteamericano, pero su mantenimiento en
un nivel bajo será tributario de la
expansión ininterrumpida del sistema
penal". De allí el segundo efecto
del encarcelamiento masivo sobre el
mercado laboral (que Western y Beckett
ignoran), consistente en acelerar el
desarrollo del trabajo asalariado de
miseria y de la economía informal, al
producir sin cesar una amplia reserva de
mano de obra sometida a voluntad: los ex
detenidos no pueden pretender
prácticamente otra cosa que empleos
degradados y degradantes a causa de su
status judicial infamante. Y la
proliferación de los establecimientos de
detención a través del país su
número se triplicó en treinta años y
hoy supera los cuatro mil ochocientos-
contribuye directamente a alimentar la
difusión nacional y el crecimiento de
los tráficos ilícitos (drogas,
prostitución, encubrimiento) que son el
motor del capitalismo de rapiña de la
calle.
b.- Prisión y
mantenimiento del orden racial. La
sobrerrepresentación masiva y creciente
de los negros en todos los escalones del
aparato penal ilumina con una luz cruda
la segunda función que asume el sistema
carcelario en el nuevo gobierno de la
miseria en los EEUU: suplir al gueto
como instrumento de encierro de una
población considerada como desviada y
peligrosa lo mismo que superflua, tanto
en el plano económico los
inmigrantes mexicanos y asiáticos son
mucho más dóciles- como político -los
negros pobres apenas votan y el centro de
gravedad electoral del país, de todas
formas, se desplazó de los centros
decadentes de las ciudades a los
suburbios blancos acomodados.
En este aspecto, la prisión
no es más que la manifestación
paroxística de la lógica de exclusión
de la que el gueto, desde su origen
histórico, es instrumento y producto.
Durante el medio siglo (1915/1965)
dominado por la economía industrial
fordista para la que los negros
representan un aporte de mano de obra
indispensable, vale decir, desde la
Primera Guerra Mundial, que desencadena
la "gran migración" de los
estados segregacionistas del sur a las
metrópolis obreras del norte, hasta la
revolución de los derechos civiles, que
por fin les abre el camino al voto cien
años después de la abolición de la
esclavitud, el gueto hace las veces de
"prisión social", en el
sentido de que asegura el ostracismo
sistemático de la comunidad
afroamericana, a la vez que permite la
explotación de su fuerza de trabajo.
Desde la crisis del gueto, simbolizada
por la gran ola de revueltas urbanas de
la década del sesenta, corresponde a la
cárcel, a su turno, cumplir el papel de
"gueto", al excluir las
fracciones del (sub) proletariado negro
persistentemente marginadas a causa de la
transición a la economía dual de los
servicios y la política de retirada
social y urbana del Estado federal. Las
dos instituciones se acoplan y se
completan, en la medida en que cada una
de ellas sirve, a su manera, para asegura
el apartamiento (segregare) de una
categoría indeseable percibida como
generadora de una doble amenaza,
inseparablemente física y moral, sobre
la ciudad. Y la simbiosis estructural y
funcional entre el gueto y la prisión
encuentra una expresión cultural y
sobrecogedora en los textos y el modo de
vida exhibidos por los músicos de "gangster
rap", como lo atestigua el
destino trágico del cantante y
compositor Tupac Shaku.
c.- Prisión y asistencia
social. Como en su origen, la
institución carcelaria está de ahora en
más en contacto directo con los
organismos y programas encargados de
"asistir" a las poblaciones
desheredadas a medida que se opera una
interpenetración creciente de los
sectores social y penal del Estado
poskeynesiano. Por un lado, la lógica
panóptica y punitiva característica del
campo tiende a contaminar y luego a
redefinir los objetivos y dispositivos de
la ayuda social. Así, además de haber
reemplazado el derecho a la asistencia de
los niños indigentes por la obligación
para sus padres de trabajar al cabo de
dos años, la "reforma" del welfare
avalada por Clinton en 1996 somete a los
beneficiarios de la ayuda pública a un
registro invasivo y establece una
supervisión estrecha de sus conductas
en materia de educación, trabajo,
droga y sexualidad-, susceptible de
desembocar en sanciones tanto
administrativas como penales. (Por
ejemplo, desde octubre de 1998, en
Michigan, los receptores de ayuda deben
someterse obligatoriamente a una prueba
de detección de estupefacientes, a
semejanza de los condenados en libertad
vigilada o condicional). Por otro lado,
las cárceles, quiéranlo o no, deben
hacer frente, a las apuradas y con los
medios disponibles, a las dificultadas
sociales y médicas que su
"clientela" no pudo resolver en
otra parte: en las metrópolis, la
principal vivienda social y la
institución en que se brindan cuidados
accesibles a los más indigentes es la
prisión del condado. Y la misma
población circula en un circuito casi
cerrado de un polo a otro de ese continuum
institucional.
Por último, las
restricciones presupuestarias y la moda
política de "menos Estado"
incitan a la mercantilización tanto de
la asistencia como de la prisión. Muchas
jurisdicciones, como Texas o Tennessee,
ya consignan a una buena parte de sus
detenidos en cárceles privadas y
subcontratan con empresas especializadas
el seguimiento administrativo de los
receptores de ayuda sociales. Lo cual es
una manera de hacer que los pobres y los
presos (que eran pobres afuera y, en una
abrumadora mayoría, volverán a serlo al
salir) sean "rentables", tanto
en el plano ideológico como en el
económico. De tal modo, se presencia la
génesis, no de un mero complejo
carcelario industrial, como lo sugirieron
algunos criminólogos, seguidos en esto
por los militantes del movimiento de
defensa de los presidiarios, sino
en verdad de un complejo comercial
carcelario asistencial, punta de
lanza del Estado liberal paternalista
naciente. Su misión consiste en vigilar
y sojuzgar, y en caso de necesidad
castigar y neutralizar, a las poblaciones
insumisas al nuevo orden económico
según una división asexuada del
trabajo, en que su componente carcelaria
se ocupa principalmente de los hombres,
en tanto que la componente asistencial
ejerce su tutela sobre (sus) mujeres e
hijos. De acuerdo con la tradición
política norteamericana, este conjunto
institucional heterogéneo en gestación
se caracteriza, por un lado, por la
interpenetración de los sectores
público y privado, y por el otro, por la
fusión de las funciones de
señalamiento, recuperación moral y
represión del Estado.
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