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"Silos americanos. Las
formas geométricas simples como
las de un templo griego, son
consecuencias directas del
cálculo. El efecto estético que
se obtiene de ellas es pues un
resultado. Procemiento lógico.
Indicio de un gran estilo en
formación".


"Pasaje Barolo. La
estructura en cemento armado, que
exige formas propias, netas,
simples, ha sido forzada y
adaptada arbitrariamente a las
absurdas exigencias de un estilo.
Procedimiento ilógico. Resultado
estético pésimo".
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VAUTIER Y PREBISCH
Hacia
un nuevo estilo
Artículo
publicado en la Revista Martín
Fierro del 28 de agosto de 1925.
Año II, Nº 21. En nuestro artículo
anterior hemos intentado mostrar
cómo las producciones de la
ingeniería contemporánea,
nacidas de una absoluta sumisión
a ciertas leyes matemáticas,
llegan a provocar en nuestro
espíritu una sensación
estética de orden superior. En
contraposición con una anarquía
artística que no excluye de su
seno a ningún romanticismo, la
obra del ingeniero, regida por el
número, nos pone de acuerdo con
las leyes del Universo. Y he
aquí donde radica su inesperado
punto de contacto con la obra de
arte. Porque el número es el
principio fundamental de todo
gran arte. Los egipcios y los
griegos lo sabían. De ahí la
noble emoción que sus artes nos
producen. Ante las Pirámides y
el Partenón, el espíritu
encuentra las más nobles
satisfacciones, que tienen por
origen una insuperada
espiritualización de las leyes
de la geometría.
Los ingenieros nos
han acercado a los principios
fundamentales del arte clásico.
Sus producciones, sometidas a las
exigencias del número y a la ley
de la economía, aparecen así
depuradas y simplificadas; la
forma se hace en ellas cada vez
más pura y más elemental. Y ya
Platón hacia notar el singular
acuerdo existente entre la forma
despojada de todo vano accesorio,
rigurosamente adaptada a su fin,
y su eficacia estética.
Dos de los ejemplos
fotográficos que ilustran esta
página los silos
americanos y las columnas del
Foro de Pompeya- harán ver al
lector la analogía de los medios
empleados con un
distanciamiento de más de veinte
siglos- para suscitar en nuestro
espíritu la emoción estética.
El número, al
ponerse de acuerdo con las leyes
del universo, nos ha permitido
descubrir el camino de la
verdadera tradición artística.
El arte de nuestros
días no se encuentra en los
museos ni en las exposiciones. La
eficacia estética de un Packard
no ha sido aún superada por
ningún artista contemporáneo.
El mejor homenaje al genio heleno
no está en el Teatro Griego de
nuestro Balneario Municipal
un "pastiche"
infortunado, obra de arqueólogos
y no de artistas- sino un poco
más lejos: en los silos de la
Dársena Norte, obra de un
técnico, del ingeniero belga
Machin.
El pasaje Güemes y
el edificio Barolo, cuya hiriente
fealdad es demasiado notoria para
no ser percibida por el
transeúnte menos cultivado, son
dos pruebas contundentes de lo
que deseamos demostrar: que es
absurdo todo intento de
rejuvenecer viejos estilos; que
un nuevo método de construcción
exige formas nuevas, y que no se
puede forzar impunemente una
estructura adaptándola a las
arbitrarias exigencias de un
estilo cualquiera.
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