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/ Urbanismo y ciudad

       
  El Movimiento Moderno en la Argentina: la ciudad máquina
Ensayo de estética contemporánea
ERNESTO VAUTIER / ALBERTO PREBISCH
Artículo publicado en la Revista de Arquitectura, Buenos Aires, Noviembre 1924, Año X, N° 47

El siglo XX es el siglo de la máquina. El siglo pasado nos la legó como un presente trascendental, y desde entonces la civilización está condicionada por el maquinismo triunfante. La máquina ha revolucionado el método de trabajo, y por lo tanto ha causado un cambio absoluto en la organización social, y ha empujado el espíritu del hombre actual hacia una orientación nueva. Vais a preguntarnos, sin duda alguna, qué relación puede existir entre este advenimiento de un orden tan rudamente material con el fenómeno artístico. Trataremos de explicárosla. Ante todo, el advenimiento del maquinismo ha traído como consecuencia primigenia la decadencia del artesano. La individualidad de la obra del artesano desaparece bajo la exigencia colectiva del trabajo en serie impuesto por la máquina. El orgullo del artesano que labraba con lenta meticulosidad la voluta elegante de un capitel, queda sustituido por el orgullo colectivo del equipo obrero que, en la usina moderna, termina con una perfección acabada la rueda de un automóvil. Podemos ver claramente en las grandes construcciones industriales de ahora, una consecuencia inmediata de este espíritu colectivo señalado. En la obra utilitaria de la ingeniería moderna, -en cuya formación exigencias absolutas de orden técnico, regidas por la disciplina inquebrantable del cálculo, ponen al margen toda fantasía individual,- donde la adaptación del medio al fin es estricto, un orden emocionante se encuentra manifestado. Toda obra humana, como toda obra natural, está regida por el principio de la economía. Este principio se manifiesta en ambas por una selección paulatina de los elementos que la constituyen. La selección conduce hacia el tipo. La obra humana, depurada, seleccionada, simplificada por la ley fatal de la economía, encuentra en su perfección el orden de la naturaleza. "Es así que la naturaleza la hubiera hecho", no podemos menos de pensar ante una de estas creaciones del espíritu humano en que un tal orden profundo se revela. La máquina nos indica cuál es el espíritu de nuestra época: espíritu científico, preciso, mecánico, que busca afanosamente la claridad y el orden perdidos.

Los artistas conscientes no han dejado escapar esta lección de probidad que brindan las máquinas. Y su espíritu no ha permanecido insensible a la sensación nueva de belleza severa que produce su contemplación. Antes bien, ha encontrado en ellas esa sensación de belleza que un arte impotente, enfermo, empecinado lamentablemente en mantener su vitalidad por medio de formas irremisiblemente caducas, las rehusa. La máquina muestra al artista de hoy un camino olvidado, una antigua disciplina desaparecida.

El ingeniero ha llegado a un resultado de belleza plástica intensa sin buscarlo. Partiendo del cálculo estricto, de la adaptación vigorosa del medio al fin, ha ido seleccionando, depurando y simplificando su obra, hasta llegar a un máximo de utilidad y de economía. Una sorprendente e inesperada sensación de belleza se desprende a menudo de ella, sensación en que el espíritu tiene la parte que le corresponde al lado del simple placer de los sentidos.

De estas obras concluyentes de la industria moderna se deducen leyes cuya aplicación en el arte son de una urgencia apremiante. Existe una comunidad indudable entre el espíritu que creó el Partenón y el espíritu que crea el automóvil moderno. La máquina ha hecho ver claramente a los hombres de hoy la voluntad artística de la época en que vivimos.

El arquitecto ha matado la arquitectura. Mientras que el espíritu de esta época necesita urgentemente una forma de expresión propia, el arquitecto se empeña en el empleo de las formas tradicionales, formas muerta. La preocupación del estilo "a priori" es el error de una sensibilidad sin control (sensiblería).

El hombre moderno se asfixia en sus ciudades. Asfixia física, asfixia moral. La vida actual tiene sus exigencias que la organización irracional e inhumana de las ciudades dificulta. Mientras que el sistema social está revolucionando desde sus raíces, la ciudad permanece estacionaria en su viejo molde decrépito. En Europa, donde el problema de la ciudad se presenta en estos tiempos con una urgencia angustiosa, el urbanismo constituye una preocupación general. Pero el problema se presenta ahí con una complejidad particular. La ciudad antigua existe. Razones de índole afectiva se oponen tenazmente a la creación de un nuevo organismo que responda con justeza a las necesidades nuevas de la vida humana. La ciudad antigua existe, pero es un organismo viejo, la corteza reseca de un cuerpo desaparecido. De aquí el conflicto. La superstición de lo antiguo, el amor sensiblero y enfermo del pasado, el culto grotesco de una tradición mal entendida, se oponen como contrincantes obstinados a las exigencias efectivas y apremiantes del espíritu contemporáneo. Estas exigencias han hecho necesario, a pesar de todo, el planteamiento del problema. Y el problema, para ser bien planteado, requiere ante todo, apartando en absoluto toda consideración sentimental, el conocimiento perfecto de las diferentes piezas que han de coordinarse para integrar el inmenso mecanismo que constituye una ciudad. Cada pieza debe desempeñar estrictamente su función en el conjunto. La ciudad es una máquina. Hemos visto más arriba cómo en esta armonía que se desprende de las máquinas, el espíritu encuentra una satisfacción de orden superior, satisfacción a la cual se mezcla a menudo un intenso sentimiento de belleza.

Nuestra situación excepcional de pueblo sin pasado y sin tradición nos permite considerar objetivamente las condiciones de la vida actual, y tratar de ver claro en el espíritu de la época. Ya que no cargamos el inevitable lastre sentimental que dificulta la marcha de las viejas civilizaciones, estamos en condiciones de aprovechar ampliamente el severo ejemplo de las máquinas.

 

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2000-2003 Revista Contratiempo | Buenos Aires | Argentina
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Una ciudad azucarera, proyectada por los Arqs. Ernesto Vautier y Alberto Prebisch en la provincia de Tucumán.
"La pequeña ciudad que hemos proyectado responde a las necesidades que acarrearía la explotación de la riqueza tucumana en vista de su máxima eficiencia. Constituiría la nuestra un tipo general de pequeñas ciudades que, diseminadas alrededor de la ciudad de Tucumán como centro, y a lo largo de las vías férreas -según el principio de las connurbations de Patrick Goddes- aseguraría a sus habitantes todas las ventajas económicas y sociales de la ciudad y las que se obtienen de la sana vida rural..." (Revista de arquitectura, 1924)
 
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Una crítica a la Ciudad Azucarera de Prebisch y Vautier