CINE, ARQUITECTURA Y CIUDAD


 

TROPA DE ELITE
Tráfico y violencia seducen a Berlín

JUAN PABLO CHIAPPARA 

Tropa de Elite quiere mostrar la violencia del enfrentamiento entre la policía y el tráfico en un territorio urbano específico (la favela), y acaba desnudando la violencia de la sociedad brasileña, que no se restringe a ese conflicto ejemplar o sintetizador sino que se traba en todos los espacios urbanos de forma más o menos sutil.

 

Acá la clase hegemónica domina "naturalmente", sin tener conciencia de que explota, y la clase subalterna se siente todo el tiempo dominada aunque ya no naturalmente: la revancha es inevitable. Pero no saquemos conclusiones fáciles: la narrativa Tropa de Elite también ayuda a comprender que hay una paradoja que consiste en que si acá a alguien se le da poder lo ejercerá de manera autoritaria, independientemente de la clase que ocupe. La película pone sobre el tapete el evidente corte económico y social de clases que hay en Brasil, que viene de una estructura mental y social colonial que no cede y que se perpetúa también en las grandes ciudades.

 

Hay un personaje negro. El negro de la película, infiltrado en la universidad, representa la voz de la clase excluida allí donde no se lo espera. El negro puede ser un héroe porque, en un proceso de tomada de conciencia de clase (y no de conciencia policíaca, como dice la voz que narra en la película), se mete en una manifestación por la paz de estudiantes “blancos” en la zona sur de Río y caga a patadas en el piso al pendejo que se hacía el loco frecuentando la ONG del morro; mientras lo patea, lo acusa de asesino y de promover el tráfico y la violencia con la droga que baja para sus amigos de clase media alta. El personaje central, el líder de la tropa capitán Nascimento, recorre la favela para combatir el tráfico. Él también puede ser un héroe porque para muchos jóvenes que ven la película se transforma en una esperanza de control de una violencia que les saca el sueño y todos los sueños.

Es probable que esa lucha de clases sea invisible para el statu quo que ocupa los lugares de poder (periodismo, política, universidad) que tienden a atenuar el conflicto y a identificarlo como una guerra entre tráfico y buenos ciudadanos, para acentuar que un verdadero cambio social se estaría gestando, por ejemplo, a partir de políticas como la de la “Bolsa Familia” (antiguo “Bolsa Escuela” del gobierno anterior), cuyo valor ridículo es lo que la clase que asumió el poder presentándose como la más esclarecida, generosa y preocupada con la exclusión en Brasil (actualmente con Lula a la cabeza) está dispuesta a repartir con esos “despojos sociales” (Bauman), que en el caso brasileño son una clase que siempre existió y siempre sustentó a la minoría. 

 

No quería ver la película, no quería ser cómplice de ese voyeurismo de clase, esa falta de pudor que estimula la entrada a la casa de los miserables para ver cómo duermen, cómo bailan aunque no tengan nada, como ríen aunque se estén matando, cómo hacen para vivir sin shopping. No quería ser cómplice de esa visita vacía en la que quien se invita no ve nada más que a sí mismo mirando. Turismo de favela. La vergüenza también es un sentimiento humano y no sentirla puede ser un mal síntoma. Hay una obscenidad en esta actitud que no choca a nadie. Alteridad e identidad son verso y reverso de un otro que me muestra a mí mismo.

Y sin embargo, parece que Tropa de Elite nos quiere convencer de que hay una guerra y que tenemos que elegir un lado; la mayoría del público fue embaucada por la orientación fácil de esa lectura de la sociedad brasileña. Saber si hay efectivamente una guerra con dos lados diferentes o si hay una rosca que funciona por inercia con dos campos que son cada uno reflejo del otro es lo que uno se pregunta casi todos los días.

 

Si uno la ve ingenuamente (y el cine es un medio que suele facilitar la ingenuidad por la seducción) puede salir pensando que el Estado, la ley y el derecho funcionan en Brasil, que abajo del morro hay un poder legitimado por el voto y otro que existiría como poder paralelo en la favela, como se suele escuchar. Si lo hay, las reglas de funcionamiento de ambos no son tan diferentes: los dos aplican la arbitrariedad como norma. Estado de Derecho moderno en Brasil es algo muy relativo y funciona de forma marginal, como excepción: las cárceles parecen navíos negreros (Castro Alves) y en Brasilia, como paradigma, se gobierna esta República desde lo que se llama literalmente un Palacio; y el rey está desnudo...

Si Tropa de Elite es en sí una representación realista, una narración de la forma como “se ve” Brasil de abajo del morro hacia arriba, cabe preguntarse cómo sería una película hecha con el punto de vista contrario. ¿Qué elementos se destacarían? ¿Qué historia se contaría? ¿Habría un batallón violento entrando en los corredores del poder instituido que viola el derecho y las leyes, que explota y humilla al subalterno sistemática y “naturalmente”? Por ahora, los excluidos en esta sociedad son cada vez más puro objeto de representación (de los políticos, del cine, de los periodistas, de la universidad) y no encuentran espacio para ser sujetos de palabra.

 

 

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JUAN PABLO CHIAPPARA
(Montevideo, 1970) se graduó en Lengua, literatura y civilización hispánicas en la Universidad Nouvelle Sorbonne (Paris III). Realizó una maestría en Análisis del Discurso en la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG), en Belo Horizonte, ciudad donde reside desde 1999. Actualmente cursa un doctorado en Literatura Comparada (UFMG). Es profesor de lengua, literatura y Análisis del discurso en la graduación y el posgrado del Curso de Letras del Centro Universitario de Belo Horizonte (UNI-BH), donde trabaja desde 2001. Ha publicado varios artículos en revistas académicas y periódicos.
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2000-2008 Revista Contratiempo | Buenos Aires | Argentina
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