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COMUNICACIÓN,
CULTURA Y SOCIEDAD
¿Podremos vivir juntos?
ALAIN TOURAINE
El presente fragmento pertenece al libro
"Podremos vivir juntos", Alain Touraine
(FCE, Buenos Aires 1998)Las
informaciones, como los capitales y las
mercancías, atraviesan las fronteras. Lo que
estaba alejado se acerca y el pasado se convierte
en presente. El desarrollo ya no es la serie de
etapas a través de las cuales una sociedad sale
del subdesarrollo, y la modernidad ya no sucede a
la tradición; todo se mezcla; el espacio y el
tiempo se comprimen. En vastos sectores del mundo
se debilitan los controles sociales y culturales
establecidos por los estados, las iglesias, las
familias o las escuelas, y la frontera entre lo
normal y lo patológico, lo permitido y lo
prohibido, pierde su nitidez. ¿No vivimos en una
sociedad mundializada, globalizada, que invade en
todas partes la vida privada y pública de la
mayor cantidad de personas? Por lo tanto, la
pregunta planteada, "¿podremos vivir
juntos"? , parece exigir en primer lugar una
respuesta simple y formulada en presente: ya
vivimos juntos. Miles de millones de individuos
ven los mismos programas de televisión, toman
las mismas bebidas, usan la misma ropa y hasta
emplean, para comunicarse de un país a otro, el
mismo idioma. Vemos cómo se forma una opinión
pública mundial que debate en vastas asambleas
internacionales, en Río o en Pekín, y que en
todos los continentes se preocupa por el
calentamiento del planeta, los efectos de las
pruebas nucleares o la difusión del sida.
¿Basta
con ello para decir que pertenecemos a la misma
sociedad o la misma cultura? Ciertamente no. Lo
característico de los elementos globalizados, ya
se trate de bienes de consumo, medios de
comunicación, tecnología o flujos financieros,
es que están separados de una organización
social particular. El significado de la
globalización es que algunas tecnologías,
algunos instrumentos, algunos mensajes, están
presentes en todas partes, es decir, no están en
ninguna, no se vinculan a ninguna sociedad ni a
ninguna cultura en particular, como lo muestran
las imágenes, siempre atractivas para el
público, que yuxtaponen el surtidor de nafta y
el camello, la Coca Cola y la aldea andina, el blue
yean y el castillo principesco. Esta
separación de las redes y las colectividades,
esta indiferencia de los signos de la modernidad
al lento trabajo de socialización que cumplen
las familias y las escuelas, en una palabra, esta
desocialización de la cultura de masas, hace que
sólo vivamos juntos en la medida en que hacemos
los mismos gestos y utilizamos los mismos
objetos, pero sin ser capaces de comunicarnos
entre nosotros más allá del intercambio de los
signos de la modernidad. Nuestra cultura ya no
gobierna nuestra organización social, la cual, a
su vez, ya no gobierna la actividad técnica y
económica. Cultura y economía, mundo
instrumental y mundo simbólico, se separan.
En
lugar de que nuestras pequeñas sociedades se
fundan poco a poco en una vasta sociedad mundial,
vemos deshacerse ante nuestros ojos los conjuntos
a la vez políticos y territoriales, sociales y
culturales, que llamábamos sociedades,
civilizaciones o simplemente países. Vemos cómo
se separan, por un lado, el universo objetivado
de los signos de la globalización y, por el
otro, conjuntos de valores, de expresiones
culturales, de lugares de la memoria que ya no
constituyen sociedades en la medida en que quedan
privados de su actividad instrumental, en lo
sucesivo globalizada, y que, por lo tanto, se
cierran sobre sí mismos dando cada vez más
prioridad a los valores sobre las técnicas, a
las tradiciones sobre las innovaciones.
A
fines del siglo pasado, en plena
industrialización del mundo occidental, los
sociólogos nos enseñaron que pasábamos de la
comunidad, encerrada en su identidad global, a la
sociedad, cuyas funciones se diferenciaban y
racionalizaban. La evolución que hoy vivimos es
casi la inversa. De las ruinas de las sociedades
modernas y sus instituciones salen por un lado
redes globales de producción, consumo y
comunicación y, por el otro, crece un retorno a
la comunidad. Habíamos sido testigos del
ensanchamiento del espacio público y político;
¿no se desintegra ahora bajo los efectos
opuestos de la tendencia a la privatización y el
movimiento de globalización?
Es
cierto que vivimos un poco juntos en todo el
planeta, pero también lo es que en todas partes
se fortalecen y multiplican los agrupamientos
comunitarios, las asociaciones fundadas en una
pertenencia común, las sectas, los cultos, los
nacionalismos, y que las sociedades vuelven a
convertirse en comunidades al reunir
estrechamente en el mismo territorio sociedad,
cultura y poder, bajo una autoridad religiosa,
cultural, étnica o política a la que podría
llamarse carismática porque no encuentra su
legitimidad en la soberanía popular o la
eficacia económica y ni siquiera en la conquista
militar, sino en los dioses, los mitos o las
tradiciones de una comunidad. Cuando estamos
todos juntos, no tenemos casi nada en común, y
cuando compartimos unas creencias y una historia
rechazamos a quienes son diferentes de nosotros.
Sólo
vivimos juntos al perder nuestra identidad; a la
inversa, el retorno de las comunidades trae
consigo el llamado a la homogeneidad, la pureza,
la unidad, y la comunicación es reemplazada por
la guerra entre quienes ofrecen sacrificios a
dioses diferentes, apelan a tradiciones ajenas u
oponen las unas a la otras, y a veces hasta se
consideran biológicamente diferentes de los
demás y superiores a ellos. La idea tan
seductora del melting pot mundial que
haría de nosotros los ciudadanos de un mundo
unido no merece ni el entusiasmo ni los insultos
que suscita con tanta frecuencia; está tan
alejada de la realidad observable, aun en los
Estados Unidos, que no es otra cosa que la
ideología muelle de los empresarios de
espectáculos mundiales.
Quienes
hablan de imperialismo estadounidense u
occidental en lugar de globalización cometen el
mismo error que los moralistas optimistas, en la
medida en que la sociedad estadounidense es una
de las más disociadas que existen, entre redes
globales y comunidades cerrada sobre sí mismas.
Si bien muchas redes mundiales tienen su centro
en Los Angeles, esta zona urbana no es ni una
ciudad ni una sociedad sino un conjunto de guetos
o comunidades ajenas las unas a las otras,
atravesadas por autopistas. Aunque esto también
se da en Nueva York, esta ciudad presenta
todavía las formas de vida urbana que las
civilizaciones pasadas legaron en todos los
continentes, y en especial en Europa. Cromo el
imaginario vehiculizado por las comunicaciones
masivas es cada vez más de origen americano, una
parte de nosotros se americaniza, como mañana
podría japonizarse o pasado mañana
brasileñizarse, y ello con tanta más facilidad
porque esas imágenes no se transforman en
modelos de conducta y en motivaciones: cuando
más masivamente y sin relevos sociales se
transmite un mensaje, menos modifica las
conductas. Es inmensa la distancia entre los
habitantes de los tugurios de Calcuta o de una
aldea perdida del altiplano boliviano y las
películas de Hollywood que ven. Lo que hay que
percibir no es una mutación acelerada de las
conductas sino la fragmentación creciente de la
experiencia de individuos que pertenecen
simultáneamente a varios continentes y varios
siglos: el yo ha perdido su unidad, se ha vuelto
múltiple.
¿Cómo
podremos vivir juntos si nuestro mundo está
dividido en al menos dos continentes cada vez
más alejados entre sí, el de las comunidades
que se defienden contra la penetración de los
individuos, las ideas, las costumbres
provenientes del exterior, y aquel cuya
globalización tiene como contrapartida un débil
influjo sobre las conductas personales y
colectivas?
Algunos
responderán que siempre fue así, que todas las
sociedades conocieron una oposición entre la
calle y la casa, como dicen los brasileños,
entre la vida pública y la vida privada. La idea
clásica de laicismo separaba y combinaba el
espacio público que debía estar regido por la
ley del padre y la razón, y el espacio privado
en que podía mantenerse la autoridad de la
madre, la tradición y las creencias. Pero esta
complementariedad descansaba a la vez sobre la
extensión limitada de la vida pública y el
mantenimiento de géneros de vida locales, y
sobre una jerarquización social que reservaba
esa vida pública a las categorías superiores;
una y otra desaparecieron. La cultura de masas
penetra en el espacio privado, ocupa una gran
parte de él y, como reacción, refuerza la
voluntad política y social de defender una
identidad cultural, lo que conduce a la
recomunitarización. La desocialización de la
cultura de masas nos sumerge en la globalización
pero también nos impulsa a defender nuestra
identidad apoyándonos sobre grupos primarios y
reprivatizando una parte y a veces la totalidad
de la vida pública, lo que nos hace participar a
la vez en actividades completamente volcadas
hacia el exterior e inscribir nuestra vida en una
comunidad que nos impone sus mandamientos.
Nuestros sabios equilibrios entre la ley y la
costumbre, la razón y la creencia, se derrumban
como los estados nacionales, por un lado
invadidos por la cultura de masas y por el otro
fragmentados por el retorno de las comunidades.
Nosotros, que desde hace mucho estamos
acostumbrados a vivir en sociedades
diversificadas, tolerantes, en que la ley
garantiza las libertades personales, nos sentimos
más atraídos por la sociedad de masas que por
las comunidades, siempre autoritarias. Pero el
vigoroso retorno de éstas se observa también en
nuestras sociedades, y lo que llamamos
prudentemente minorías tiende a afirmar su
identidad y a reducir sus relaciones con el resto
de la sociedad.
Estamos
atrapados en un dilema. O bien reconocemos una
plena independencia a las minorías y las
comunidades y nos contentamos con hacer respetar
las reglas de juego, los procedimientos que
aseguran la coexistencia pacífica de los
intereses, las opiniones y las creencias, pero
renunciamos entonces, al mismo tiempo, a la
comunicación entre nosotros, puesto que ya no
nos reconocemos nada en común salvo no prohibir
la libertad de los otros y participar con ellos
en actividades puramente instrumentales, o bien
creemos que tenemos valores en común, más bien
morales, como estiman los estadounidenses, más
bien políticos, como estiman los franceses, y
nos vemos llevados a rechazar a quienes no los
comparten, sobre todo si les atribuimos un valor
universal. O bien vivimos juntos sin comunicarnos
de otra manera que impersonalmente, por señales
técnicas, o bien sólo nos comunicamos dentro de
comunidades que se cierran tanto más sobre sí
mismas por sentirse amenazadas por una cultura de
masas que les parece ajena. Esta contradicción
es la misma que vivimos durante nuestra primera
gran industrialización, a fines del siglo XIX y
hasta la guerra de 1914. La dominación del
capital financiero internacional y la
colonización entrañó el ascenso de los
nacionalismos comunitarios, a la vez en países
industriales como Alemania, Japón o Francia, y
en países dominados, cuyas revoluciones
antiimperialistas a menudo habrían de conducir,
en el transcurso del siglo XX, a comunitarismos
totalitarios.
¿Estamos
ya reviviendo la historia de esa ruptura de las
sociedades nacionales en beneficio, por un lado,
de los mercados internacionales y, por el otro,
de los nacionalismos agresivos? Esta ruptura
entre el mundo instrumental y el mundo
simbólico, entre la técnica y los valores,
atraviesa toda nuestra experiencia, de la vida
individual a la situación mundial. Somos a la
vez de aquí y de todas partes, es decir, de
ninguna. Se debilitaron los vínculos que, a
través de las instituciones, la lengua y la
educación, la sociedad local o nacional
establecía entre nuestra memoria y nuestra
participación impersonal en la sociedad de
producción, y nos quedamos con la gestión, sin
mediaciones ni garantías, de dos órdenes
separados de experiencia. Lo que hace pesar sobre
cada uno de nosotros una dificultad creciente
para definir nuestra personalidad que, en efecto,
pierde irremediablemente toda unidad a medida que
deja de ser un conjunto coherente de roles
sociales. Con frecuencia, esa dificultad es tan
grande que no la soportamos y procuramos escapar
a un yo demasiado débil, demasiado desgarrado,
mediante la huida, la autodestrucción o la
diversión agotadora.
Lo
que denominábamos política, la gestión de los
asuntos de la ciudad o la nación, se desintegró
de la misma manera que el yo individual. Gobernar
un país consiste hoy, ante todo, en hacer que su
organización económica y social sea compatible
con las exigencias del sistema económico
internacional, en tanto las normas sociales se
debilitan y las instituciones se vuelven cada vez
más modestas, lo que libera un espacio creciente
para la vida privada y las organizaciones
voluntarias. ¿Cómo podría hablarse aún de
ciudadanía y de democracia representativa cuando
los representantes electos miran hacia el mercado
mundial y los electores hacia su vida privada? El
espacio intermedio ya no está ocupado más que
por llamamientos cada vez más conservadores a
valores e instituciones que son desbordadas por
nuestras prácticas.
Los
medios ocupan un lugar creciente en nuestra vida,
y entre ellos la televisión conquistó una
posición central porque es la que pone más
directamente en relación la vivencia más
privada con la realidad más global, la emoción
ante el sufrimiento o la alegría de un ser
humano con las técnicas científicas o militares
más avanzadas. Relación directa que elimina las
mediaciones entre el individuo y la humanidad y,
al descontextualizar los mensajes, corre el
riesgo de participar activamente en el movimiento
general de desocialización. La emoción que
todos experimentamos ante las imágenes de la
guerra, el deporte o la acción humanitaria no se
transforma en motivaciones y tomas de posición.
No somos espectadores mucho más comprometidos
cuando miramos los dramas del mundo que cuando
observamos la violencia en el cine o la
televisión. Una parte de nosotros mismos se
baña en la cultura mundial, mientras que otra,
privada de un espacio público en el que se
formen y apliquen las normas sociales, se
encierra, ya sea en el hedonismo, ya en la
búsqueda de pertenencias inmediatamente vividas.
Vivimos juntos, pero a la vez fusionados y
separados, como en la "muchedumbre
solitaria" evocada por David Riesman, y cada
vez menos capaces de comunicación. Ciudadanos
del mundo sin responsabilidades, derechos o
deberes por una parte y, por la otra, defensores
de un espacio privado que invade un espacio
público sumergido por las olas de la cultura
mundial. Así se debilita la definición de los
individuos y los grupos por sus relaciones
sociales, que hasta ahora dibujaba el campo de la
sociología, cuyo objeto era explicar las
conductas mediante las relaciones sociales en las
cuales estaban implicados los actores.
Aún
ayer, para comprender una sociedad procurábamos
definir sus relaciones sociales de producción,
sus conflictos, sus métodos de negociación;
hablábamos de dominación, de explotación, de
reforma o de revolución. Hoy sólo hablamos de
globalización o exclusión, de distancia social
creciente o, al contrario, de concentración del
capital o de la capacidad de difundir mensajes y
formas de consumo. Habíamos adquirido la
costumbre de situarnos unos con respecto a otros
en escalas sociales, de calificación, de
ingresos, de educación o de autoridad; hemos
reemplazado esa visión vertical por una visión
horizontal: estamos en el centro o en la
periferia, adentro a afuera, en la luz o en la
sombra. Localización que ya no recurre a unas
relaciones sociales de conflicto, cooperación o
compromiso y da una imagen astronómica de la
vida social, como si cada individuo y cada grupo
fueran una estrella o una galaxia definida por su
posición en el universo.
La
experiencia cotidiana de esta disociación
creciente entre el mundo objetivado y el espacio
de la subjetividad sugiere en primer lugar unas
respuestas que hay que mencionar, aunque no
aporten una contestación a las preguntas:
¿Cómo puedo comunicarme con otros y vivir con
ellos? ¿Cómo podemos combinar nuestras
diferencias con la unidad de una vida colectiva?
La
primera respuesta, la más débil, es la ya
mencionada: procura hacer revivir los modelos
sociales pasados. Apela a la conciencia colectiva
y la voluntad general, a la ciudadanía y la ley.
¿Pero cómo puede detener el doble movimiento de
globalización y privatización que debilita las
antiguas formas de vida social y política?
Aunque los estadounidenses, como
neotocquevillianos, hablen de valores morales, o
los franceses, como neorrepublicanos, de
ciudadanía, se trata más de rechazos que de
afirmaciones y, por consiguiente, de ideologías
que, creadas para acoger, conducen a excluir a
quienes no las reivindican.
La
segunda respuesta se opone a la primera. No sólo
hay que aceptar esta ruptura que ustedes parecen
deplorar, nos dice, sino acelerarla y vivirla
como una liberación. Dejamos de ser definidos
por nuestra situación social e histórica: tanto
mejor; nuestra imaginación creadora ya no
tendrá límites, podremos circular libremente
por todos los continentes y todos los siglos;
somos posmodernos. Como la disociación de la
instrumentalidad y la identidad está en el
corazón de nuestra experiencia personal y
colectiva, de alguna manera, en efecto, todos
somos posmodernos. En primer lugar, porque
creemos cada vez menos en la vocación histórica
de una clase o una nación, en la idea de
progreso o en el fin de la historia, y porque
nuestra reivindicación, como lo decía un
ecologista en una de nuestras investigaciones, ya
no es vivir mañana mejor que hoy, sino de otra
manera. Sin embargo, la seducción de lo
posmoderno no es grande salvo cuando se ejerce en
dominios cercanos a la expresión cultural; se
debilita cuando se aproxima a las realidades
sociales, puesto que si la decadencia de lo
político se acepta sin reservas, sólo el
mercado regulará la vida colectiva. Si aceptamos
la desaparición de los controles sociales de la
economía, ¿cómo evitar que el fuerte aplaste
al débil o que aumente la distancia entre el
centro y la periferia, como podemos notarlo ante
nuestros ojos en las sociedades más liberales?
Atrayente cuando apela al debilitamiento de las
normas y pertenencias, el elogio del vacío nos
deja sin defensa frente a la violencia, la
segregación, el racismo, y nos impide establecer
comunicaciones con otros individuos y otras
culturas.
Para
superar la oposición insoportable entre quienes
no quieren más que la unidad y quienes no buscan
sino la diversidad, entre quienes sólo dicen
"nosotros", con el riesgo de excluir a
lo que se denomina las minorías, y quienes no
dicen más que "yo" o "eso" y
se prohiben toda intervención en la vida social,
toda acción en nombre de la justicia y la
equidad, se conformó una tercera respuesta, a la
que podría llamarse inglesa, por corresponder
tan bien a la tradición que desde hace mucho
ilustra la política británica. Para vivir
juntos y seguir siendo al mismo tiempo diferente,
respetemos un código de buena conducta, las
reglas del juego social. Esta democracia
"procedimental" no se contenta con
reglas formales; asegura el respeto de las
libertades personales y colectivas, organiza la
representación de los intereses, da forma al
debate público, institucionaliza la tolerancia.
Con esta concepción se asocia la idea, lanzada
en Alemania por Jünger Habermas, de un
patriotismo de la constitución. La conciencia de
pertenecer a la sociedad alemana ya no debe ser
la de formar parte de una comunidad de destino
cultural e histórico, sino la de ser miembro de
una sociedad política que respeta los principios
de libertad, justicia y tolerancia proclamados y
organizados por la constitución democrática.
Esta
respuesta, como lo reconoció el mismo Habermas,
tiene las ventajas y los inconvenientes de las
soluciones minimalistas. Protege la coexistencia,
no asegura la comunicación. Aun cuando va más
allá de la mera tolerancia y reconoce
positivamente en cada cultura un movimiento hacia
lo universal, la creación y expresión de la
significación universal de una experiencia
particular, deja sin solución el problema de la
comunicación. Nos coloca frente a los otros como
frente a las vitrinas de un museo. Reconocemos la
presencia de culturas diferentes de la nuestra,
su capacidad de enunciar un discurso sobre el
mundo, el ser humano y la vida, y la originalidad
de esas creaciones culturales nos impone respeto
y nos incita además a conocerlas; pero no nos
permite comunicarnos con ellas, vale decir, vivir
en la misma sociedad que ellas. Nos sitúa en
caminos paralelos desde los que, en el mejor de
los casos, sólo podemos saludarnos cordialmente;
no facilita la interacción, del mismo modo que
el hecho de saber que el chino es una lengua de
cultura no nos ayuda a conversar con los chinos
si no hemos aprendido el idioma.
Esta
respuesta, por lo tanto, es poco eficaz contra
los peligros que la amenazan, de la misma manera
que la democracia política del siglo pasado se
reveló poco eficaz para impedir la
proletarización y la explotación de los
trabajadores, la destrucción y la
inferiorización de las culturas colonizadas.
Quienes recurren a la primera de las respuestas
evocadas aquí no se equivocan al recordar a esos
liberales moderados y tolerantes la necesidad de
valores e instituciones comunes cuando se trata
de resistir a la barbarie, al totalitarismo, al
racismo, a los efectos de una grave crisis
económica.
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