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La ciudad en
el cine
ANTHONY SUTCLIFFE
De la Revista de Historia de las
Ideas y de las transformaciones
urbanas Nº 1/1992 /
Universidad Politécnica de
Valencia"Vende tu
granja
ven conmigo a la
ciudad"
Sunrise,
1927
Peter Keating
advirtió que durante el período
transcurrido entre las dos
guerras mundiales, el cine
sustituyó a la novela como la
forma artística más importante
de reflejar la gran ciudad y su
vida. A principios de la primera
década de este siglo H.G. Wells
conmovió al mundo con su visión
futurista de las ciudades de alta
tecnología en The Shape of
Things to Come y otras
novelas. Tres décadas después,
fue el mismo H.G.Wells el que se
entusiasmó con la asombrosa
interpretación de sus ciudades
verticales, primero en Metropolis
(1927) y luego en otras
películas, entre las que cabe
destacar Things to Come
(1936). El cine, como la más
completa experiencia artística
inventada hasta entonces, llegó
a superar el poder persuasivo de
la novela y el de las demás
manifestaciones del arte. El cine
fue una clara creación del
período 1890-1940. La
producción de películas para su
difusión comercial comenzó en
1895, pero la adición del sonido
a finales de los años veinte de
este siglo, supuso la coronación
de una técnica que ya había
alcanzado un alto grado de
madurez visual y preparó el
terreno al gran público
aficionado al cine al final de
los años treinta, cuando, por
ejemplo, en Gran Bretaña, la
asistencia semanal era igual a la
mitad de la población total del
país. El sonido fue un gran
estímulo para el movimiento
documentalista que ayudó a que
el cine desarrollara al máximo
su poder de convicción durante
la Segunda Guerra Mundial. La
masiva asistencia a los cines
subsistió hasta los últimos
años cuarenta, pero a partir de
entonces, la televisión, una
experiencia artística menor,
pero más asequible, le empezó a
quitar adeptos. Mientras tanto,
se incorporaron algunas técnicas
novedosas en relación al
estándar anterior a 1940. El
Cinemascope y el relieve vinieron
y se fueron; pero la industria
cinematográfica se fortaleció
en la posguerra con la gran
pantalla y con el registro sonoro
del rodaje en exteriores.
Por otra parte, el
cine tuvo grandes debilidades
como medio interpretativo de la
vida contemporánea de la gran
ciudad. Antes de 1914, su
público estaba constituido
principalmente por la clase
obrera, pero los documentales en
tiempo de guerra ayudaron a
captar audiencia entre la clase
media. Hacia 1918, existía un
enorme mercado potencial y
durante el esplendor consumista
de 1912-20, la industria
cinematográfica consiguió una
sólida financiación. A finales
de los años veinte, la costosa
introducción del sonido en el
cine vinculó aún más
estrechamente a éste con el
capital financiero. A medida que
aumentaba la audiencia, se
construían cines más grandes y
vistosos, reflejo de la
intensidad de la competencia
entre las salas de propiedad
individual y las grandes cadenas.
Hacia los años treinta se hizo
imposible el rodaje de
películas, excepto algunos
documentales de bajo costo que
sólo eran capaces de satisfacer
gustos minoritarios. Con
Hollywood a la cabeza, la
mayoría de los largometrajes
tenían el propósito de
interesar a un público masivo
integrado, en general, por las
clases media y trabajadora. Pero
casi todas las producciones
aburrían a los espectadores, en
vez de estimularlos; los
esfuerzos que se hicieron para
educar y motivar a la gente
fueron, en general, impopulares.
Sin embargo, las películas que
permitían escapar de la rutina
cotidiana tuvieron un gran éxito
comercial. Desde esta perspectiva
sería posible concluir que el
cine no fue capaz de formar e
incluso reflejar la actitud
popular respecto de la ciudad.
Sin embargo, esta cuestión no
puede ni mucho menos darse por
zanjada. Se puede argumentar,
desde el punto de vista
psicoanalítico, que las
películas reflejan, y hasta
cierto punto estimulan, el
inconsciente de los individuos e
incluso de las sociedades. Es
decir, los productos de Hollywood
y otras "fábricas de
sueños" son susceptibles de
ser interpretados freudianamente.
Además, existen suficientes
indicios para pensar que una
parte del público del período
de entreguerras, reflexionaba en
profundidad sobre las películas
que veía, las relacionaban con
sus propios mundos y les
impresionaban hasta el punto de
quedar influidos por ellas. Los
recuerdos de ávidos amantes del
cine de esa época, recogidos por
J.P.Mayer, nos evidencian estos
procesos.
Una segunda
debilidad del cine deriva de los
problemas técnicos que surgen al
intentar representar la realidad
de la ciudad. El cine, como la
novela de Peter Keating y el
teatro, es en esencia una
representación de relaciones
personales, de las cuales, la
ciudad sólo puede ser su
escenario o telón de fondo. A
finales de los años veinte,
surgió una moda que se ocupó
directamente de las ciudades: las
"city symphonies", y el
movimiento documentalista, por su
lado, realizó varios cortos
sobre los problemas urbanos, a
finales de la siguiente década,
que culminaron en dos películas
con el mismo título: The City,
en 1939. El resto de las miles de
películas que se produjeron
entre 1918 y 1940 sólo se
referían a la gran ciudad
indirectamente o, con más
frecuencia, la ignoraban
totalmente.
Los desencantos
artísticos se acrecentaron con
las limitaciones técnicas. En
efecto, la filmación de la
ciudad en exteriores era muy
difícil en los tiempos del cine
mudo, debido a los problemas de
iluminación y al volumen de los
equipos. Los directores de la
Keystone Cops los realizaban en
los suburbios soleados y
semidesérticos de la
conurbación de Los Angeles,
pero, en otros lugares, y con
temas más serios, era poco
frecuente intentarlo. Luego,
durante las dos primeras décadas
de existencia del cine sonoro, se
hizo aún más difícil la
filmación en espacios urbanos
porque los micrófonos recogían,
distorsionados, la totalidad de
los ruidos de la ciudad, ahogando
las voces de los actores.
Mientras, los cambios operados en
los rodajes en el interior de los
estudios, condujeron al reemplazo
de la película ortocromática
por la pancromática tras la
adopción de esta última por
Hollywood en 1927. La película
pancromática, sensible a todos
los colores del espectro, tuvo
gran aceptación aun a costa de
la profundidad del campo.
Pero lo que no
planteaba problemas en los
estudios de grabación,
perjudicaba al rodaje exterior,
sobre todo en las ciudades. La
introducción de la proyección
de fondo en 1932, una invención
de Hollywood para las películas
de monstruos, permitía simular
tomas exteriores recurriendo a
documentales, pero el efecto
nunca fue satisfactorio y se
limitó al rodaje de escenas de
calle tomadas a través de las
ventanillas de coches "en
movimiento". Por tanto,
durante los años treinta, el
rodaje de exteriores requería la
construcción de dispositivos
especiales que exigían gastos
considerables. Paradójicamente,
los cambios técnicos posteriores
a 1940, junto a la grabación en
exteriores y la pantalla grande,
permitieron afianzar la
producción de películas sobre
ciudades. La primera película de
cine negro (The Naked City,
1948), y el primer musical (On
the Town, 1949) rodados en
exteriores, hicieron un uso
dinámico y muy directo de los
ambientes urbanos de Nueva York y
fueron inmediatamente
consideradas como
revolucionarias. Las cámaras
portátiles, el respeto creciente
a los métodos del cinéma-vérité,
la reutilización de objetivos
con profundidad de campo a
finales de los años cincuenta,
cuando se amplió la pantalla, Shadows,
la nouvelle vague
,
contribuyeron al desarrollo de
las películas sobre ciudades,
hasta tal punto que en 1979 Woody
Allen pudo rodar Manhattan,
un intento explícito de relatar
una historia sobre las relaciones
humanas en un contexto urbano
característico. Así, mientras
Win Wenders rodaba Hammett
en Los Angeles, afirmaba a un
periodista:
"La ciudad
está presente en cada una de mis
películas porque es el único
contexto que conozco. Moldea al
individuo, le imprime carácter,
lo configura y lo
descompone-, a su imagen y
semejanza. Las gentes son
diferentes de una ciudad a otra
alguien procedente de Nueva
York, por ejemplo- Ud. puede
distinguirlo inmediatamente. Es
algo que tiene que ver con su
manera de hablar, de gesticular,
con su acento y tal vez su
actitud. Sí, Ud. podría decir
que la ciudad es uno de los
personajes de mis
películas."
Antes de 1940, estos
sentimientos eran muy poco
corrientes. Aunque las
limitaciones eran indudablemente
desalentadoras, hubo cierta
compensación debida a la
presencia implícita de ciudades
colosales en las películas
anteriores a 1940. El cine ha
sido siempre un fenómeno sobre
todo de las principales ciudades
de cada nación, excepto en EEUU
donde el predominio de Nueva York
fue atenuado por la presencia de
otras ciudades importantes del
mismo continente. Cuando
Hollywood se convirtió en el
centro de la industria
cinematográfica norteamericana,
después de la Primera Guerra
Mundial, lo hizo desde un lugar
aislado y polvoriento de Los
Angeles donde la abundante luz
solar, el bajo coste del suelo y
la mano de obra barata
constituyeron, en un primer
momento, los atractivos
principales. Fuera de
Norteamérica, sin embargo, la
industria cinematográfica se
trasladó, desde principios de
siglo, a las grandes ciudades o a
sus periferias, permaneciendo
estable desde entonces.
La potencia de la
demanda real de cine en las
grandes capitales significaba que
las películas se proyectaban
primero en ellas, de forma que el
gusto de las gentes de la
metrópoli ejercía una
importante influencia tanto en la
selección como en la adaptación
de los temas, dando lugar a un
grado de sofisticación tal que
reforzaba la diferencia en
provincias hacia las producciones
que procedían de la capital.
Durante los primeros años de
este siglo, el gusto empezó a
evolucionar desde las escenas
documentales sobre la vida
cotidiana (de las cuales las
tomas callejeras figuraban entre
las más populares) hacia
películas de ficción, que
tenían que filmarse en estudios
especialmente construidos para
ellas por técnicos
especializados y con actores más
o menos competentes. El personal
requerido, y los diferentes
servicios de apoyo se obtenían
más fácilmente en las grandes
ciudades, donde la oferta de
puestos de trabajo en el teatro y
otros medios alternativos
mitigaban las inquietudes de
quienes se sentían cautivados
por la industria
cinematográfica, aunque tuvieran
dudas sobre la seguridad de las
carreras profesionales que
ofrecía dicha industria.
Una vez que se
establecen en estas áreas, la
relación de las industrias con
la gran ciudad se ve reforzada
con el transcurso del tiempo. En
la gran ciudad, los directores,
actores y escritores podían
encontrar la peculiar vida social
que habían soñado y que,
además, podían permitirse por
sus crecientes ganancias.
También la publicidad de las
películas se controlaba con
mayor facilidad desde la capital.
Los principales creadores
directores, escritores y
compositores- se inspiraban en
ella, en un torbellino cultural
que ni el más vivo de los
centros provinciales era capaz de
emular. Mientras tanto, las
capitales constituían la
principal fuente de financiación
para los productores. Por eso, en
Gran Bretaña, Brighton
permaneció pocos años como la
meca de la industria
cinematográfica británica. En
Francia y Alemania los
desplazamientos de los estudios
buscando el sol y dirigidos hacia
la costa mediterránea y Baviera,
durante los años veinte, se
redujeron. En Japón, país más
atrasado, el rodaje en la capital
era más ineludible aún; los
estudios se construían cerca de
las vías férreas electrificadas
de cercanías ya que sólo las
empresas ferroviarias podían
suministrar electricidad en
abundancia a un precio razonable.
Con todo, hay que
reconocer que los elevados
alquileres desanimaban a los
estudios establecidos en el
centro de la ciudad. Por ello, se
prefirieron los suburbios y,
luego, cada vez más, los pueblos
y aldeas situados en la
periferia, donde el terreno era
gratuito para la filmación de
exteriores. La catastrófica
película de Hitchcock, The
Lodger (1926), fue filmada en
los estudios de Gainsborough,
Islington, aunque, hacia los
años treinta, muchas películas
británicas se rodaron en otros
estudios, como los de Elstree y
Pinewood, situados dentro de un
radio cuya longitud oscilaba
entre las diez y veinte millas
desde Londres. Los estudios de
Berlín en Tempelhof y
Neubabelsberg, construidos
inmediatamente antes de la
Primera Guerra Mundial,
permanecieron abiertos desde
entonces. En París, algunos de
los estudios más importantes se
situaron en los suburbios más
tristes, como el de Joinville y
Billancourt, un marco especial
que
pudo haber ejercido
cierta influencia sobre el
producto cinematográfico a
finales de los años treinta.
El emplazamiento
metropolitano de los estudios
facilitó que muchas historias de
la vida contemporánea, como las
relativas a la clase obrera o las
comedias de salón, y las
películas de aventuras, amor y
crimen estuvieran implícita o
explícitamente ambientadas en
las grandes ciudades. De hecho,
muchas películas de Hollywood se
referían a Nueva York. No
obstante, la estructura del
sistema urbano norteamericano se
refleja tal vez en el hecho de
que Chicago, Nueva Orleans y San
Francisco fuesen con más
frecuencia escenario elegido de
películas americanas que
Colonia, Lyon o Birmingham en el
caso de producciones europeas.
Esta relación de ciudades se
completaba con un tipo de gran
ciudad americana, anónimo,
próximo al de algunas ciudades
industriales sin caracteres
distintivos, nominándolas,
según los casos, Bigtown, Boom
Town, Gulf City, o algo similar.
Cualquier escena implícitamente
neoyorquina se caracterizaba por
la opulencia de los interiores,
los atildados actores y la
cadencia en el habla, mientras la
singularidad de las demás
ciudades no era tenida en cuenta.
En Europa, por su lado, los
escenarios representativos de las
ciudades de provincias fueron
poco frecuentes, y usualmente se
aprovechaba la ocasión para un
tratamiento a veces irónico de
las peculiaridades regionales. La
trilogía de Marcel Pagnol sobre
la vida en el puerto de Marsella
se recreaba en el colorido local
a costa de la historia central
que rayaba en lo ridículo. Love
on te Dole, por su lado, fue
una historia poco común que
narraba una excursión por el
condado industrial de Lancashire
en plena Depresión, pero se
malogró por la ausencia de tomas
exteriores y los exagerados
esfuerzos de los actores,
pertenecientes a la clase media
londinense, por emular los
acentos norteños. Las películas
sobre mineros eran algo más
convincentes, sin duda porque sus
dramas lograban una mayor entrega
y dedicación, tanto de los
actores como de los directores. The
Stars Look Down fue, quizá,
la única película británica,
anterior a 1940, que no se
decantó a favor de la vida de la
clase trabajadora provinciana.
También Pabst hizo algo parecido
con su Kameradschaft. No
obstante, las películas de
mineros se desarrollaban en
pueblos pequeños o medianos, o
incluso en áreas semirrurales
como las que describió John Ford
en How Green Was My Vallery.
Las historias de grandes
ciudades, haciendo hincapié en
la realidad del momento,
fluctuaban entre ambientes
extremos compuestos por
gentes ociosas y opulentas
(aunque un poco neuróticos) de
la clase media-alta (por ejemplo,
42nd
Street, 1933) por un lado, y
un submundo del tipo descrito por
Damon Runyon, por el otro (por
ejemplo, Greek Street,
1930). Esta polarización
ratifica la idea que subyacía en
provincias sobre la
irreflexividad metropolitana, a
la vez que ponía de manifiesto
el complejo de inferioridad que
tenían las gentes de provincias.
De ser así, es posible que
contribuyera a crear una
atmósfera política proclive a
la restricción o
desmantelamiento de las grandes
ciudades, idea fácilmente
considerada después de 1945.
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