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Cine / El sustituto
La ciudad de los monstruos

Hay cierta estética comic
en El sustituto, una atmósfera que, a ratos, se
vuelve levemente irreal, como si cuerpos, arquitectura y acción
mostraran deliberadamente el artificio de su construcción.
Ocurre en Los Ángeles y la película empieza en 1928. Una primera
toma en blanco y negro de la ciudad ambientada en los años 20,
una calle con edificios en altura y tranvías, es el primer
indicio. Le siguen los labios rabiosamente rojos de Angelina
Jolie, el sombrero casquete de las mujeres, los sobretodos y los
trajes a rayas de ellos. Los villanos muy malos, capaces de
todo, y los buenos muy buenos y justicieros, que irrumpen
siempre para salvar a la sufrida heroína. Y la ciudad que
articula a unos y otros y que, como toda metrópolis, juega con
los fragmentos y el azar y exige la forma para obtener el
sentido. O la resolución del conflicto. Es ella la que va
reconfigurando a esa madre desesperada, llevándola a poner el
cuerpo y a estrellarse contra el entramado maldito del poder.
Una mujer, que se transforma en una verdadera pesadilla para la
cúpula policial corrupta de una ciudad que, paradójicamente, se
llama Los Ángeles. Paradójico, porque lo que la
película muestra es el enfrentamiento entre monstruos de
diferentes calibres y estrategias. La monstruosidad de la
corrupción institucional, tanto policial como psiquiátrica, la
monstruosidad del asesino de niños y el furibundo volcán que
desatan ambos en esa mujer común y corriente, vulnerable y
frágil hasta la exasperación. Dos monstruos que no contaban con
el dato elemental que hasta las criaturas más domesticadas por
la vida moderna pueden llegar a violentarse y desatar fuerzas
primigenias, fuerzas capaces de hacer trizas hasta las
construcciones más sólidas, cuando le tocan su cría.
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