EL CUERPO

El hombre y lo sobrenatural
(GRAN CHACO)

BRANISLAVA SUSNIK

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El hombre de culturas primitivas recoge sus experiencias de la naturaleza, del ambiente, de las cosas y de sus propias actividades; estas experiencias le son indispensables para satisfacer los postulados existenciales básicos. El hombre de cualquier nivel cultural está también frente al postulado vivencial, cuando en el individuo y en la colectividad predomina el complejo de incertidumbre porque se escapan los hechos a su control; en la vida diaria ocurre lo imprevisible, lo inexplicable, el fracaso; en el ciclo de la vida hay nacimiento, vida, muerte, que envuelven al hombre en la incertidumbre; esta carencia de una pauta de seguridad en ambos aspectos incita y obliga al hombre a regular sus actitudes y conductas frente a lo incontrolable o sobrenatural. Ambos postulados, existencial y vivencial, son estrechamente independientes: las creencias, la volición, el pensamiento y las acciones forman un conjunto y no son separables. El ambiente en que se desenvuelve el cazador o el cazador cultivador y sus actividades constituyen un stock de términos de referencia para expresar el pensamiento; estos términos de referencia de la realidad de la cultura de cazadores son para nosotros a veces extraños, poco comprensibles -por ser tan diferentes de los términos de referencia de nuestra cultura-, de dónde nuestras frecuentes ideas erróneas sobre el verdadero significado de los mitos, de los rituales y de los ceremoniales indígenas.


EL CONCEPTO DEL ALMA. MUERTE Y VIDA

a)EL ALMA VIVIENTE

Todos los antiguos cronistas destacan para los chaqueños el haber tenido la noción de la sobrevivencia del alma después de la muerte. En realidad, al indígena le interesa más el alma del viviente que el ánima post-morten. La gran experiencia humana del sueño llevó al hombre primitivo a distinguir entre el cuerpo y el alma, hablar del alma vivencial; los chaqueños todos dicen que en el sueño el alma extérnase del cuerpo, vaga, visita, vive, porque se mueve; lo que se sueña es una realidad, por ser la experiencia del alma externada. El hombre muere cuando se externa el alma y no precisamente cuando ocurre la muerte física; los Lengua y los Chulupi, por ejemplo, y también los Chamacoco enterraban muchas veces a los moribundos, pero ya considerados muertos, porque el alma ya se habría externado definitivamente -quizá físicamente interpretable como estado comatoso del enfermo.

El verdadero papel de los chamanes, su función básica, consistía precisamente, en la recaptura del alma, en atajar el alma al cuerpo de los enfermos. Y el peor crimen, la máxima magia negra, era el robo del alma del prójimo. Entre los Toba "atajar el alma es atajar la vida", los medios mágicos son para ellos preponderantes, ya que la mera terapéutica curativa refiérese a las enfermedades, en las cuales no hay peligro de que se externe el alma. En este sentido se trata del alma vital, del alma del viviente, porque, según el concepto indígena, esta alma exige "su asiento". (...)

Los chaqueños suelen decir que también los animales tienen su "alma", refiriéndose a su principio vital; los Emok-Toba emplean la palabra "hi'agit", "lo que hace actuar-vivir"; así por ejemplo, el ciervo tiene su "alma" en las astas, el oso hormiguero en las pezuñas, las aves en las plumas; como se ve, la parte del cuerpo del animal más importante para su defensa se considera "el asiento del alma", el símbolo expresivo propio de los cazadores; un animal desposeído de esta parte del cuerpo estaría "sin vida", muerto. Este concepto se refleja en la actitud de los cazadores; arrancarán, por ejemplo, algunas plumas de las aves cazadas, para que "el alma del animal" no los persiga, pues en las plumas esparcidas podrían encontrar su "asiento". Sabido es que todos los chaqueños anulan inmediatamente las pertenencias del muerto, a veces queman las chozas y se mudan, manifestando el temor a que el alma "des-ida" puede hallar su asiento en el lugar y objeto que en la vida le pertenecían; si tal sucediera, las almas post-morten son peligrosas, pues siempre están en busca de la compañía de otras almas, de las de los suyos vivos.


b)LA MUERTE POR MAGIA NEGRA Y LOS RITOS MORTUORIOS DE VENGANZA

También es común a los chaqueños el no aceptar la muerte de los jovenes o de los adultos como fenómeno natural o efecto de enfermedades. Los Toba y los Chamacoco aceptan la muerte natural, si se trata de la vejez, cuando ya "la sangre se seca", y contra esta suerte de secarse la sangre -simbólicamente el gran poder mágico del mismo sol, siempre conceptuado como figura adversa para el hombre- no se puede luchar; el alma, antes de morir físicamente un viejo, ya busca separarse de su "asiento"; al vagar externada el alma, puede encontrar o visitar otras almas vivas. Los Lengua-Maskoy aceptan la muerte natural, si "los huesos ya no sirven", si falta la capacidad de movimiento en los ancianos.

Pero para todos los pueblos chaqueños es inaceptable la muerte, mientras se "vive" y "vivir" para ellos es tener "canillas fuertes" -símbolo del cazador, corredor de planicies-; tener "muñeca fuerte" -simbolizando a un incansable flechador, garantía de subsistencia-; tener "brazo superior musculoso" -símbolo de la fuerza y resistencia, especialmente entre los Mbaya-Guaycuru y los Zamuco, como "lanceros"-; tener "vientre abultado" -símbolo de hartura, oposición al hambre-; no tener "mareos" -símbolo de saber manipular a los espíritus malignos y quedarse "sano". Sobrevenir la muerte a una persona con estos requisitos vitales, sólo podría atribuirse a la magia negra, a la malevolencia chamánica; al no aceptar tal muerte, el chaqueño recurre a la inculpación del prójimo, una de las reacciones humanas más comunes en cualquier crisis de la vida, en donde el hombre se siente impotente. La idea de esta inculpación está tan profundamente arraigada entre los chaqueños, que los ritos mortuorios de venganza constituyen casi un medio de desahogo del temor individual y, por contagio, del temor-tristeza, también colectivo. Los Abipon, sospechando la muerte por magia negra, sacan la lengua y el corazón del muerto y los dan a comer al perro, para que éste se vengue del mago maligno. Entre los Mocovi el chamán flecha en el cuello y el corazón del muerto, para asegurarse de que el mago negro inculpado no escape a su destino de pagar por el delito de causar la muerte.

Entre los Lengua-Maskoy el chamán debe localizar en el cadáver la parte del cuerpo "en donde yace la muerte"; si sospecha que la muerte ocurrió en la cabeza -terapéuticamente, expresión de fiebre altísima antes de fallecer-, golpea el cráneo con la maza "para matar la muerte" y que ésta recaiga sobre el causante; también flechan el corazón o estaquean el pecho con idéntico objetivo. A veces la mutilación del cadáver es aún más acentuada: abren algunas partes del cuerpo e insertan piedras calientes, pezuñas de armadillo, huesos de perro y hormigas; tales ritos ya constituyen plena venganza individual y colectiva: buscan comunicarse con las almas y que desde la Vía Láctea -sitio de reunión de las almas post-morten- la piedra caiga como meteoro sobre el presunto culpable; que las pezuñas de armadillo rasguen la tierra y descubran al mago inculpado, y que los huesos del perro persigan al acusado con el olfato canino.
Rito parecido conocen también los Chulupi: cortan algo de carne del cuerpo-cadáver, danlo al perro, al que matan en seguida; frotan la cara con plantas consideradas mágicas; otras veces estaquean el pecho o usan para el mismo fin flechas quemantes o colocan una piedra caliente en la parte mutilada del cuerpo. Todo ello obedece a igual propósito: incitar a la víctima, o sea, que su propia alma decida vengarse del causante de su muerte.



c)EL GRAN ESPÍRITU MALIGNO

Los espíritus malignos también pueden posesionarse del alma, y los espíritus dueños de enfermedades son siempre un peligro potencial para la externación del alma que lleva a la muerte; dicen los Toba que el "alma ya no se apega al cuerpo débil". Empero, en este caso el hombre cree que puede luchar contra el poder de los espíritus, ya mediante los ritos de magia preventiva, o el manipuleo mágico a través de los chamanes, o con actos que implican aplacar a los espíritus malignos; el hombre procura lograr la solución en la coacción mágica.

No es, por ende, extraño que estos mismos espíritus malignos, posesionándose del alma de un hombre, puedan convertir a éste en chamán. Entre los Mataco la enfermedad, que apeligra la externación del alma, es la sangre de un chamán-hechicero, que vivía con los espíritus "welan"; la gente había inculpado a este chamán de magia negra y decidió matarlo; pero el chamán, antes de morir, esparció su sangre, que le brotaba de la herida; de este modo, el origen de la enfermedad se simboliza en el acto de venganza y la muestra de un poder casi invencible de los chamanes de esta categoría. Entre los Chamacoco las almas de los chamanes de la época mítica de "hombres estrellas" hállanse en una nebulosa; estos "osíwuro", los "impulsivos", simbolizan la furia humana, la venganza chamánica, y asimismo son los dueños primeros de la enfermedad, que causa la externación del alma. Estos espíritus malignos son precisamente "protectores de los chamanes"; el hombre cree que dominar una fuerza peligrosa es conocerla o "hacérsela familiar".

La idea de interpretar simbólicamente la enfermedad y sangre se conserva entre los Sanapana y Lengua norteños; el árbol quebracho es el árbol de la sangre, pués allí se asientan las almas de los niños muertos o de aquellos que fueron muertos por magia negra; es propia, también en este caso, la motivación de la venganza. Entre los Emok-Toba y los Lengua el gusano procreado en quebracho colorado, "kjagaik", es objeto de hechicería, con consecuencias mortales.




El presente texto fue publicado en el libro LAS CULTURAS CONDENADAS, Compilación de Augusto Roa Bastos (Siglo XXI, Colección América Nuestra, México,1980)

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