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Autorretrato (1972)
PICASSO
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Estética
Presencias
GEORGE STEINERDel
libro PRESENCIAS REALES, George Steiner
(Ed. Destino, Barcelona / 1991)
La experimentación de la
forma creada es un encuentro entre
libertades. La famosa pregunta que está
en las raíces de la metafísica es:
"¿Por qué no hay nada?". Esta
misma pregunta subyace a cualquier
comprensión de la poética y el arte. El
poema, la sonata o la pintura podrían
muy bien no ser. Excepto en la
perspectiva trivial y contingente del
encargo, la necesidad material o la
coerción psíquica, el fenómeno
estético, el acto que da forma, es, en
todo tiempo y lugar, libre de no llegar a
ser. Esta gratuidad absoluta comporta
precisamente el desinterés del verdadero
arte tal como lo definió Kant. Nada
necesita la generación de lo ficticio
(Platón lucha con esta anárquica
espontaneidad y Aristóteles intenta
anclarla en nuestra animalidad
mimética). En la inmensa mayoría de los
hombres y mujeres adultos, se han
consumido por completo los tempranos
impulsos hacia la creación de arte. La
producción de formas ejecutivas por
parte del escultor, el compositor o el
poeta es un acto supremamente libre. Es
liberalidad en esencia y, en rigor, se
trata de una elección en todo punto
impredecible de no no-ser.
Tal como lo expresa la
sagacidad rudimentaria, no sabemos
adónde vamos ni de dónde venimos. Somos
inquilinos, no creadores o dueños de
nuestras vidas. No obstante, la incierta
intimidad de una libertad perdida o de
una libertad que tiene que volver a ser
ganada (Arcadia a nuestras espaldas,
Utopía al frente) aporrea en el lejano
umbral de la psique humana. Esta vaga
pulsación se halla en el corazón de
nuestras mitologías y de nuestra
política. Somos criaturas ofendidas y, a
la vez, consoladas por las llamadas de
una libertad que está justamente fuera
de nuestro alcance. Sólo existe un
terreno en el que se desarrolla la
experiencia de la libertad. Sólo en una
esfera de la circunstancia humana, ser es
ser en libertad. Se trata del ámbito de
nuestro encuentro con la música, el arte
y la literatura.
Éste es el caso en el nivel
más negativo. Somos completamente libres
de no recibir, de no encontrarnos con los
modos estéticos auténticos. Del mismo
modo que olvida o reprime las pulsiones
formativas de la infancia, la inmensa
mayoría de la humanidad sólo
experimentará muy raras veces las
demandas de la literatura y las artes. O
quizá responderá a tales demandas a las
que se presenten sólo en su apariencia
más efímera y narcótica
"narcótica" en el
sentido en que la basura es calculada,
rentable, interesada y, por lo tanto,
no-libre-. Nada más común en nuestra
cotidianeidad que el evitar la
impercepción hueca del poema o de la
pintura. El gusto de cualquier
clase, junto con el entumecimiento del
gusto y el abstenerse de las demandas de
calidad, es un derecho universal y,
aquí, "derecho" es la
antítesis esencial de
"libertad"-. Teniendo libertad
de voto, es decir, gozando de la opción
de gastar su ocio y sus recursos
económicos como desee, la abrumadora
pluralidad de la humanidad, como he
apuntado antes, preferirá el bingo y el
debate televisivo a Esquilo o Giorgione.
Éste es el derecho absoluto de los
no-libres. Y una de las incapacitantes
necesidades de las teorías liberales y
democráticas, ligadas como están a la
libertad de mercado, es que tengan que
salvaguardar e institucionalizar este
derecho.
Lo esencial está en otro
plano. Allí donde la seriedad se
encuentra con la seriedad, la exigencia
con la exigencia, en los espacios
ontológicos y éticos de lo
desinteresado, allí donde el arte y la
poética, imperativamente contingentes en
su propio llegar a ser y a la forma
inteligible, topan con el potencial
receptivo de un espíritu libre, allí
tiene lugar el grado máximo que nos es
dado conocer de la realización
existencial de la libertad. Hacen falta
dos libertades para hacer una. Dos
analogías quizá sirvan para aclarar
este punto. La teología y la metafísica
especulativa disputan sobre las
posibilidades de nuestro encuentro o de
nuestro rechazo del encuentro con el
"otro" en su guisa
trascendente. La segunda analogía es la
de lo erótico, la de nuestro encuentro o
rechazo de encuentro con el otro en la
incidencia del amor (o del odio). De modo
análogo, la recepción o negación de la
presencia estética implica un
intercambio de libertades, de libertades
dadas y tomadas. En inglés, para indicar
que a alguna persona eminente se le da la
"ciudadanía de honor", se dice
que se le concede la "libertad de la
ciudad" (freedom of the city);
y se la invita con ello a franquear sus
puertas para que esté, de forma
pre-eminente, en su casa, en libertad en
el interior.
En este punto, es necesaria
una aclaración adicional. La
investigación en las ciencias puras y
naturales es un ejemplo de un espacio
libre comparable. Aunque no del todo. Los
objetos de la especulación y la
indagación científicas, por incierto
que sea su grado de realidad fuera de la
hipótesis y la observación relevantes,
están dados. Son anteriores y
determinantes en modos que difieren
fundamentalmente del llegar-a-estar-allí
de lo estético. Las determinaciones en
las ciencias, el movimiento hacia delante
de la empresa científica colectiva,
están fenomenológicamente impuestos de
una forma en que no lo están los de la
sonata o la novela. Por tanto, podría
ser que sólo las matemáticas puras,
cuya afinidad con la música tanto
ejercitó la meditación pitagórica y
platónica, sean fenoménicamente libres,
estén "en libertad", al modo
de las artes. Sin embargo, incluso aquí,
la aplicación constituye una amenaza.
Sólo en lo estético existe la absoluta
libertad de "no haber llegado a
ser". Por paradójico que resulte,
es esta posibilidad de ausencia la que
otorga fuerza autónoma a la presencia de
la obra.
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