Revista de pensamiento y cultura
/ ¿Existe la libertad? / Año IV N° 7 / Primavera - Verano 2004/05

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Autorretrato (1972)
PICASSO


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Estética
Presencias
GEORGE STEINER

Del libro PRESENCIAS REALES, George Steiner (Ed. Destino, Barcelona / 1991)

La experimentación de la forma creada es un encuentro entre libertades. La famosa pregunta que está en las raíces de la metafísica es: "¿Por qué no hay nada?". Esta misma pregunta subyace a cualquier comprensión de la poética y el arte. El poema, la sonata o la pintura podrían muy bien no ser. Excepto en la perspectiva trivial y contingente del encargo, la necesidad material o la coerción psíquica, el fenómeno estético, el acto que da forma, es, en todo tiempo y lugar, libre de no llegar a ser. Esta gratuidad absoluta comporta precisamente el desinterés del verdadero arte tal como lo definió Kant. Nada necesita la generación de lo ficticio (Platón lucha con esta anárquica espontaneidad y Aristóteles intenta anclarla en nuestra animalidad mimética). En la inmensa mayoría de los hombres y mujeres adultos, se han consumido por completo los tempranos impulsos hacia la creación de arte. La producción de formas ejecutivas por parte del escultor, el compositor o el poeta es un acto supremamente libre. Es liberalidad en esencia y, en rigor, se trata de una elección en todo punto impredecible de no no-ser.

Tal como lo expresa la sagacidad rudimentaria, no sabemos adónde vamos ni de dónde venimos. Somos inquilinos, no creadores o dueños de nuestras vidas. No obstante, la incierta intimidad de una libertad perdida o de una libertad que tiene que volver a ser ganada (Arcadia a nuestras espaldas, Utopía al frente) aporrea en el lejano umbral de la psique humana. Esta vaga pulsación se halla en el corazón de nuestras mitologías y de nuestra política. Somos criaturas ofendidas y, a la vez, consoladas por las llamadas de una libertad que está justamente fuera de nuestro alcance. Sólo existe un terreno en el que se desarrolla la experiencia de la libertad. Sólo en una esfera de la circunstancia humana, ser es ser en libertad. Se trata del ámbito de nuestro encuentro con la música, el arte y la literatura.

Éste es el caso en el nivel más negativo. Somos completamente libres de no recibir, de no encontrarnos con los modos estéticos auténticos. Del mismo modo que olvida o reprime las pulsiones formativas de la infancia, la inmensa mayoría de la humanidad sólo experimentará muy raras veces las demandas de la literatura y las artes. O quizá responderá a tales demandas a las que se presenten sólo en su apariencia más efímera y narcótica –"narcótica" en el sentido en que la basura es calculada, rentable, interesada y, por lo tanto, no-libre-. Nada más común en nuestra cotidianeidad que el evitar la impercepción hueca del poema o de la pintura. El gusto de cualquier clase, junto con el entumecimiento del gusto y el abstenerse de las demandas de calidad, es un derecho universal –y, aquí, "derecho" es la antítesis esencial de "libertad"-. Teniendo libertad de voto, es decir, gozando de la opción de gastar su ocio y sus recursos económicos como desee, la abrumadora pluralidad de la humanidad, como he apuntado antes, preferirá el bingo y el debate televisivo a Esquilo o Giorgione. Éste es el derecho absoluto de los no-libres. Y una de las incapacitantes necesidades de las teorías liberales y democráticas, ligadas como están a la libertad de mercado, es que tengan que salvaguardar e institucionalizar este derecho.

Lo esencial está en otro plano. Allí donde la seriedad se encuentra con la seriedad, la exigencia con la exigencia, en los espacios ontológicos y éticos de lo desinteresado, allí donde el arte y la poética, imperativamente contingentes en su propio llegar a ser y a la forma inteligible, topan con el potencial receptivo de un espíritu libre, allí tiene lugar el grado máximo que nos es dado conocer de la realización existencial de la libertad. Hacen falta dos libertades para hacer una. Dos analogías quizá sirvan para aclarar este punto. La teología y la metafísica especulativa disputan sobre las posibilidades de nuestro encuentro o de nuestro rechazo del encuentro con el "otro" en su guisa trascendente. La segunda analogía es la de lo erótico, la de nuestro encuentro o rechazo de encuentro con el otro en la incidencia del amor (o del odio). De modo análogo, la recepción o negación de la presencia estética implica un intercambio de libertades, de libertades dadas y tomadas. En inglés, para indicar que a alguna persona eminente se le da la "ciudadanía de honor", se dice que se le concede la "libertad de la ciudad" (freedom of the city); y se la invita con ello a franquear sus puertas para que esté, de forma pre-eminente, en su casa, en libertad en el interior.

En este punto, es necesaria una aclaración adicional. La investigación en las ciencias puras y naturales es un ejemplo de un espacio libre comparable. Aunque no del todo. Los objetos de la especulación y la indagación científicas, por incierto que sea su grado de realidad fuera de la hipótesis y la observación relevantes, están dados. Son anteriores y determinantes en modos que difieren fundamentalmente del llegar-a-estar-allí de lo estético. Las determinaciones en las ciencias, el movimiento hacia delante de la empresa científica colectiva, están fenomenológicamente impuestos de una forma en que no lo están los de la sonata o la novela. Por tanto, podría ser que sólo las matemáticas puras, cuya afinidad con la música tanto ejercitó la meditación pitagórica y platónica, sean fenoménicamente libres, estén "en libertad", al modo de las artes. Sin embargo, incluso aquí, la aplicación constituye una amenaza. Sólo en lo estético existe la absoluta libertad de "no haber llegado a ser". Por paradójico que resulte, es esta posibilidad de ausencia la que otorga fuerza autónoma a la presencia de la obra.

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