
Gilgamesh, el
héroe de la mitología asiriobabilónica
que intenta vencer a la muerte.
Escultura procedente de Jorsabad (siglo
VIII A.C.)
París/Museo del Louvre
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| LA PREGUNTA
POR LA MUERTE |
GEORGE
STEINER
Sobre El Ser y el Tiempo de Heidegger
(fragmento)
La primera forma de
acercarnos objetivamente al fenómeno del
fin del Dasein, que es la muerte,
se da a través de la muerte de otros.
Dado que el ente es siempre un
"ser-con" los otros,
literalmente podemos "conseguir una
experiencia de la muerte" en muchos
momentos de nuestra propia existencia.
Aún más, y aquí vemos a Heidegger en
uno de sus momentos de penetración más
asombrosa, la muerte de los otros nos
hace experimentar "el notable
fenómeno del ser que cabe definir como
el vuelco en que un ente pasa de la forma
del ser del ser ahí (o de la
vida) al ya no ser ahí. El fin
del ente qua ser ahí es el principio
de este ente qua ante los
ojos". La persona muerta ha
dejado nuestro mundo, pero en términos
del ente, "pueden los supervivientes
ser con ella todavía". En
cierto sentido, Heidegger no hace sino
reafirmar que la cotidianeidad
existenciaria, el "ser-con" de
todo ente nunca puede dejar de
compartirse, de comunicarse. En otro
sentido, no hace sino traer a colación
esa verdad psicológica absolutamente
común pero no por ello menos profunda
que nos dice que la muerte quizás está
más cerca de nosotros, opera más
activamente en nosotros, es una parte
inherente a nuestro ser, que la vida.
Estudiar los pensamientos de un hombre
muerto, contemplar su arte, darle una
realización a sus propósitos
políticos, recordar intensamente su
"ahí" son distintas formas de
"cura" totalmente típicas del Dasein.
Todas ellas nos muestran cómo la muerte
de un hombre muchas veces no es sino un
tipo de transición hacia su
resurrección en las necesidades y en la
memoria de otros hombres. Heidegger llama
a esto un "respetuoso
pro-curar". Esta idea es una de las
claves que nos sirve para entender la
enorme importancia que le dará al tema
de la Antígona de Sófocles y a
todo el problema de cómo una comunidad
debe pro-curarse un "ser cabe"
su muerte.
Sin embargo, nuestra
aprehensión de la muerte de otros, por
mucho que sea un "objeto de
cura", por más vívida que sea, no
puede experimentar, no puede participar
realmente en ese "llegar al
fin". El "ser relativamente a
la muerte" de cada individuo es
esencial para el Dasein en sí y es
inalienable. El argumento
heideggeriano (junto con ese aparente eco
que es la famosa súplica de Rilke de una
"muerte de uno mismo") ha
tenido una inmensa repercusión:
Nadie puede tomarle a
otro su morir. Cabe, sí, que
alguien "vaya a la muerte por
otro", pero esto quiere decir
siempre: sacrificarse por el otro en
una cosa determinada. Tal
"morir por
" no puede
significar nunca que con él se le
haya tomado al otro lo más mínimo
de su muerte. El morir es algo que
cada "ser ahí" tiene que
tomar en su caso sobre sí mismo. La
muerte es, en la medida en que
"es", esencialmente en cada
caso la mía. Y ciertamente que
significa una sui generis
posibilidad de ser en que (le) va
pura y simplemente el ser del
"ser ahí" peculiar en cada
caso. En el morir se muestra que la
muerte está constituida
ontológicamente por el "ser en
cada caso mío" y la existencia.
El morir no es un hecho dado, sino un
fenómeno que hay que comprender
existenciariamente". (El Ser y
el Tiempo)
La verdad fundamental del
sentido del ser reside en el hecho de que
la muerte es inalienable, en el sencillo
hecho, pero también terrible, de que
cada uno debe morir por sí mismo, de que
la muerte es una posibilidad
existenciaria que ninguna servidumbre,
ninguna promesa, ningún poder del
"uno" puede quitarle al ser
humano individual. El Dasein es
siempre un "aún no", una
inmadurez (término debido precisamente
al gran metafísico expresionista de la
esperanza, Ernst Bloch). Ser es ser
incompleto, sin plenitud. Pero al mismo
tiempo, todo ser auténtico es un ser-relativamente-a-su-propio-fin:
"La muerte es un modo de ser que el
ser ahí toma sobre sí tan
pronto como es". Y a continuación
Heidegger cita una homilía medieval que
nos enseña que: "Tan pronto como un
hombre entra en la vida, es ya bastante
viejo para morir." La esencia, el
movimiento, el sentido de la vida están
totalmente integrados con el "ser
relativamente a la muerte", con la
"asunción" (término clave que
Sartre deriva de Heidegger) individual de
su muerte exclusiva. En consecuencia,
"la muerte, en su más amplio
sentido, es un fenómeno de la
vida." Y en efecto, muy bien podría
ser el fenómeno que define la identidad
aunque no puede ser en sí mismo
"vivido" (verdad en la cual
Heidegger está de acuerdo
explícitamente con Wittgenstein). La
parte del argumento que debe resaltarse
es al mismo tiempo de carácter
existenciario y lógico: la posibilidad
del Dasein depende de, sólo
adquiere sentido en relación con, la
"imposibilidad del Dasein",
que es la muerte. Una no puede ir sin la
otra.
Pero precisamente en la
medida en que la muerte es una
realidad-en-el-mundo y que es inseparable
del ser, también puede caer en la
tentación de la inautenticidad. Por la
insistencia que pone en ello, la
relación que hace Heidegger de la muerte
inauténtica alcanza la misma altura que
la de Tolstoi en La muerte de Ivan
Ilich, e incluso quizás tiene
influencias en éste. "El morir, que
es en forma esencialmente insusceptible
de representación el mío, se convierte
en un accidente que tiene lugar
públicamente y que le hace frente al
uno". "Uno morirá": frase
que fatalmente constituye la revelación
de una experiencia trivializada,
existenciariamente espuria y enajenada
del sujeto original. Se le va dando forma
a esta enajenación en beneficio de la
retórica del optimismo médico y de los
prejuicios sociales, retórica y
prejuicio que a su vez la fortalecen.
Pensar en la muerte se considera un signo
de inseguridad morbosa, de inadaptación
patológica de parte del Dasein. "El
uno de las habladurías no deja brotar el
denuedo de la angustia ante la
muerte." De nuevo lo que se
distingue es la mundanidad negativa del
"temor" y la "cura"
ontológicamente vital que surge del Angst.
De esa manera, hay que luchar para
obtener una muerte auténtica. Un
verdadero ser-relativo-al-fin es el que
se esfuerza conscientemente en lograr la
realización y el que rechaza la inercia;
es el que busca la aprehensión
ontológica de su propia finitud más que
buscar refugio en el banal lugar común
de la extinción biológica general.
Consciente siempre de la
posibilidad constante y total de la
muerte, posibilidad inseparable de su
"estado de yecto" en el mundo y
de su proceso de individualización, el Dasein
"vive en angustia". Angst
significa asumir la cercanía de la nada,
del potencial no-ser de nuestro propio
ser. "El
ser-relativamente-a-la-muerte es, en su
esencia, angustia" y aquellos que
nos privan de esta angustia sean
sacerdotes, doctores, místicos o
charlatanes racionalistas-
transformándola en miedo o indiferencia
mundana nos enajenan de la vida misma. O,
para ser más exactos, nos apartan de una
fuente fundamental de libertad. Este
pasaje, ante el cual toda la dialéctica
de Camus y Sartre sobre la
muerte-y-la-libertad no es sino una mera
apostilla retórica, es un pasaje famoso:
la Angst le revela al Dasein
la posibilidad de realizarse a sí mismo "en
la apasionada LIBERTAD RELATIVAMENTE A LA
MUERTE, desligada de las ilusiones del
uno, fáctica, cierta de sí misma y que
se angustia." La verdad
abrumadora de que todo ente es un
ser-relativamente-a-la-muerte hace
concreta la temporalidad. El asumir, por
medio de la Angst, esta
"terminalidad" existencial es
la condición absoluta de la libertad
humana.
Este famoso análisis se ha
interpretado con mucha frecuencia como un
ejemplo típico de la obsesión por la
muerte y del fatalismo ominoso del
carácter teutónico. Sin duda, en el
argumento de Heidegger está presente una
tradición dual de pesimismo: la de la
insistencia
agustiniana-pascaliana-kierkegaardiana en
la centralidad y en la soledad total de
la muerte individual, y la de la
identificación romántica de la muerte
con la consecución más intensa y
culminante de la vida. Esa
identificación la encontramos en Keats
y, de nuevo, en el expresionismo de Rilke
y, sobre todo, en Trakl. Sólo que la
proposición de Heidegger es técnica y
positiva. El rechazo a ver la muerte como
un "suceso", el énfasis de la
individualidad dialéctica de la vida y
su final, se desprende orgánica y
lógicamente de todo el sistema de
"ser" y "tiempo", de Sein
y de Zeit. Más aún, el acento
que pone Heidegger en la inalienabilidad
de la muerte personal y en la función
creadora de la Angst es
profundamente liberador. El concepto de libertad
relativamente a la muerte no es un
agregado tranquilizante, sino un lema (o
congénere) rigurosamente consecuente.
Como dice Michael Gelven en A
Commentary on Heideggers
"Being an Time", una
concepción auténtica de la muerte
"es una fortificante conciencia de
nuestra propia finitud". Sin finitud
no hay verdad. Estamos en las antípodas
de Platón.
Del libro
HEIDEGGER (Capítulo II, El Ser y El
Tiempo), George Steiner (Fondo de
Cultura Económica, México-1983)
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