
Danza dionisíaca
en honor a Baco
Bajorrelieve, Roma/Villa Albani
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| LA PREGUNTA
POR LA MUERTE |
ARTHUR
SHOPENHAUER
La Muerte
La muerte es el genio
inspirador, el Muságetas de la
filosofía
Sin ella difícilmente se
hubiera filosofado.
Nacimiento y muerte pertenecen igualmente
a la vida y se contrapesan. El uno es la
condición de la otra. Forman los dos
extremos, los dos polos de todas las
manifestaciones de la vida. Esto es lo
que la más sabia de las mitologías, la
de la India, expresa con un símbolo,
dando como atributo a Siva, el dios de la
destrucción, al mismo tiempo que su
collar de cabezas de muerto, el linga,
órgano y símbolo de la generación. El
amor es la compensación de la muerte, su
correlativo esencial; se neutralizan, se
suprimen el uno al otro. Por eso los
griegos y los romanos adornaban esos
preciosos sarcófagos que aún vemos hoy
con bajorrelieves figurando fiestas,
danzas, bodas, cazas, combates de
animales, bacanales, en una palabra,
imágenes de la vida más alegre, más
animada, más intensa, hasta grupos
voluptuosos y hasta sátiros ayuntados
con cabras. Su objetivo era,
evidentemente, llamar la atención al
espíritu de la manera más sensible, por
el contraste entre la muerte del hombre,
a quien se llora encerrado en la tumba, y
la vida inmortal de la naturaleza.
La muerte es el desate
doloroso del nudo formado por la
generación con voluptuosidad. Es la
destrucción violenta del error
fundamental de nuestro ser, el gran
desengaño.
La individualidad de la
mayoría de los hombres es tan miserable
y tan insignificante, que nada pierden
con la muerte. Lo que en ellos puede aún
tener algún valor, es decir, los rasgos
generales de humanidad, eso subsiste en
los demás hombres. A la humanidad y no
al individuo es a quien se le puede
asegurar la duración.
Si le concediesen al hombre una vida
eterna, la rigidez inmutable de su
carácter y los estrechos límites de su
inteligencia le parecerían, a la larga,
tan monótonos y le inspirarían un
disgusto tan grande, que para verse libre
de ellos concluiría por preferir la
nada.
Prueba de ello que la
mayoría de los hombres, por no decir
todos, están constituidos de tal suerte,
que no podrán ser felices en ningún
modo donde sueñen verse colocados. Si
ese mundo estuviera exento de miseria y
de pena, se verían presa del tedio, y en
la medida en que pudieran escapar de
éste volverían a caer en las miserias,
los tormentos, los sufrimientos. Así,
pues, para conducir al hombre a un estado
mejor, no bastaría ponerle en un mundo
mejor, sino sería preciso de toda
necesidad transformarle totalmente, hacer
de modo que no sea lo que es y que llegue
a ser lo que no es. Por tanto,
necesariamente tiene que dejar de ser lo
que es. Esta condición previa la realiza
la muerte, y desde este punto de vista
concíbese su necesidad moral.
Ser colocado en otro mundo y
cambiar totalmente su ser, son en el
fondo una sola y misma cosa.
Una vez que la muerte ha
puesto término a una conciencia
individual, ¿sería deseable que esta
misma conciencia se concediese de nuevo
para durar una eternidad? ¿Qué contiene
la mayor parte de las veces? Nada más
que un torrente de ideas pobres,
estrechas, terrenales y cuidados sin
cuento. Dejadla, pues, descansar en paz
para siempre.
Parece que la conclusión de toda
actividad vital es un maravilloso alivio
para la fuerza que la mantiene. Esto
explica tal vez la expresión de dulce
serenidad difundida en el rostro de la
mayoría de los muertos.
No conocemos mayor juego de
dados que el juego del nacimiento y de la
muerte. Preocupados, interesados,
ansiosos hasta el extremo, asistimos a
cada partida, porque a nuestros ojos todo
va puesto en ella. Por el contrario, la
Naturaleza, que no miente nunca; la
Naturaleza, siempre fresca y abierta, se
expresa acerca de este asunto de una
manera muy diferente. Dice que nada le
importa la vida o la muerte del
individuo, y esto lo expresa entregando
la vida del animal y también la del
hombre a menores azares, sin hacer
ningún esfuerzo para salvarlos. Fijaos
en el insecto que va por vuestro camino;
el menor extravío involuntario de
vuestro pie decide su vida o su muerte.
Ved el animal de los bosques, desprovisto
de todo medio de huir, defenderse,
engañar, ocultarse, presa expuesto al
primero que llegue; ved el pez cómo
juega, libre de inquietudes, dentro de la
red aun abierta; la rana, a quien su
lentitud impide huir y salvarse; el ave
que revolotea a la vista del halcón que
se cierne sobre ella y a quien no ve; la
oveja espiada por el lobo oculto en el
bosque: todas esas víctimas, débiles,
inertes, imprudentes, vagan en medio de
ignorados riesgos que a cada instante las
amenazan. La Naturaleza, al abandonar
así, sin resistencia, sus organismos, no
sólo a la avidez del más fuerte, sino
al azar más ciego, al humor del primer
imbécil que pasa, a la perversidad del
niño, la Naturaleza expresa así, con su
estilo lacónico, de oráculo, que le es
indiferente el anonadamiento de esos
seres, que no puede perjudicarla, que
nada significa, y que en casos tales tan
indiferente es la causa como el
efecto
Así pues, cuando esta madre
soberana y universal expone a sus hijos
sin escrúpulo alguno a mil riesgos
inminentes, sabe que al sucumbir caen
otra vez en su seno, donde los tiene
ocultos. Su muerte no es más que un
retozo, un jugueteo. Lo mismo le sucede
al hombre que a los animales. El oráculo
de la Naturaleza se extiende a nosotros.
Nuestra vida o nuestra muerte no la
conmueve y no debiera emocionarnos,
porque nosotros también formamos parte
de la Naturaleza.
EL AMOR, LAS
MUJERES Y LA MUERTE, Arthur
Shopenhauer (Ediciones Safian,
Argentina-1957)
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