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Mapplethorpe
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Nota de Tapa
N° 34 / COMUNICACIÓN Y
PODER
¿Qué
ves cuando me ves?
En épocas pasadas estaba
muy difundida la idea que
la posesión de la
información implicaba
poder. Siempre había un
dato al que se debía
acceder para tener un
determinado control sobre
los otros, sobre los que
no sabían, una verdad
oculta para la mayoría
que fundaba alianzas y
complicidades. Era el
tiempo de la hegemonía
de los grandes medios de
comunicación y de la
devota confianza por
parte de sus
consumidores. Actualmente
lo que ha cambiado en
este juego de posesiones
y correspondencias es la
mirada del receptor. En
principio, en ningún
lado parece encontrarse
una relación confiable
entre realidad y
palabras. Radiografiar la
complejidad de la época
resulta por demás
imposible desde un único
registro menos aún
por aquellos que están
dominados por intereses
absolutamente ajenos a la
tarea de comunicar
(¿para qué dar poder a las
masas?). Hoy día se
lee un diario, un
semanario de opinión, un
suplemento cultural (o
cualquier programa
televisivo de esa
índole), como antes se
leía Vanidades o El
Hogar en el
peor de los casos, como Dartagnan
o El Tony: con la
certeza de que nada es
como para tomárselo
demasiado en serio, a lo
sumo, como tema de charla
en rueda de amigos, por
mala conciencia -la cuota
de lectura queda cubierta
sin mucho esfuerzo
intelectual- o como al
abuelo que desvirtúa en
cada relato el hecho
acontecido hasta hacernos
dudar si efectivamente
sucedió alguna vez. La
comunicación
periodística funciona en
estos tiempos amparada en
un juego de simulaciones:
el medio hace como que
informa; el público,
como que lo cree. Así,
de golpe, se alerta que
la educación estatal es
un desastre y está
sumergida en una crisis
irreversible. O, de tanto
en tanto, la ciudad se
transforma en un
territorio hostil e
inseguro, inhabitable
para los hombres de bien.
O, como si fuera un cable
de último momento, se
descubre la existencia de
pobres, que encima ahora
se sublevan; de
territorios desahuciados,
como el Chaco que al
parecer su único
problema son estos meses
de sequía; de coimas; de
negociados de antaño; de
esclavitudes laborales y
de sitios infernales en
plena capital. Cada hecho
es anunciado y analizado
por periodistas,
comentaristas y
especialistas del ramo
con la ilusión de hacer
creer al público que el
tema en cuestión está
en la agenda y es motivo
de preocupación. Si el
concepto de poder está
en crisis y lo
está desde el mismo
momento en que no se sabe
a ciencia cierta dónde
está él mismo- el poder
de los medios
tradicionales tal vez sea
el que se está llevando,
junto con los políticos,
la peor parte (basta una
simple encuesta personal
no una auspiciada
por consultoras
asalariadas porque
caeríamos de la sartén
al fuego- para comprobar
que se descree
sistemáticamente de casi
todo lo que se informa).
Y aquí no se trata solo
de aquella fórmula
"causa
visible-motivo
oculto", como la que
relaciona, por ejemplo,
violencia ciudadana e
inversiones inmobiliarias
en barrios cerrados,
endurecimiento de penas y
mayor control policial
sobre las áreas de
pobreza. O el
desmantelamiento de las
universidades públicas y
el negocio de la
enseñanza privada. O la
que une entrañablemente
a premiados y jurados de
becas, subsidios o cargos
en amistades de larga
data o alianzas
redituables. O las
guerras y atentados
terroristas con intereses
armamentistas y
energéticos y no tanto
civilizatorios o
religiosos. No, el
descreimiento es más
complejo. Yo, como sujeto
moderno, me fundo en no
creer en nada que
provenga de estructuras
consolidadas que llevan
en el propio mecanismo de
funcionamiento y
legitimación, en sus
normas, formas y dogmas,
las estrategias de
manipulación y control
-el banquete de
Frankenstein: Internet,
con su dispersión,
pluralidad de voces,
falta de legislación y
anarquía, tipo cadena
informativa de Walsh
tecnificada, tiende a
devorar a sus propios
creadores y obliga al
proceso personal de
búsqueda, selección,
juicio y descarte-.
Incluso, y sobre todo,
descreimiento del propio
lenguaje: ¿qué
predicado común, qué
condiciones reales de
posibilidad, encuentra
por ejemplo un hombre
occidental cuando se
refiere a los árabes?:
discurso poco fiable el
que sigue a un sujeto,
como tantos otros, por
demás esquivo.
Entonces, si no creo en
los grandes medios, si no
creo en los políticos,
si no creo en academias,
instituciones y
organismos más cercanos
a cualquier cosa menos a
la producción de
conocimiento, la defensa
de los derechos o demás
causas honorables, si
desconfío hasta de los
usos del lenguaje, la
única estrategia que le
queda a esos poderes
decadentes es que yo no
posea los recursos para
construir una forma
propia de leer, de
hablar, de pensar, de
acceder a la realidad,
cualquiera que ésta
fuera. Y que a la hora de
la verdad -ya sea comprar
un libro, elogiar una
película, legitimar a un
artista, ignorarlo, de
ponerme a favor de los
árabes, de los
judíos, de la
educación privada, de la
pública, de reivindicar
el aborto, de condenarlo,
de apoyar el
endurecimiento de penas,
de relacionar pobreza con
violencia y buscar
responsables en otros
lados, de asistir a
marchas, de no hacerlo,
de votar a fulano, a
mengano, en blanco, en
fin, de opinar, de
participar, de actuar-
opte por la vía fácil:
repetir, por afasia, lo
que dicen esos a los que
ya no creo y sacarme
cómodamente el problema
de encima. Los
itinerarios personales,
la vecindad inteligente,
la desconfianza
metódica, la crítica
como costumbre, la no
imbecilidad como
práctica son las
estrategias de
resistencia frente a una
época que, la historia
lo dice, podría llegar a
ponerse muy nerviosa si
cae en la cuenta que
está perdiendo el
control. La infidelidad
es dolorosa para el
engañado; el ya no ser,
aún más.
11 de
Setiembre 2006
A NOTAS DE
TAPA
A Inicio
2000-2006
Revista Contratiempo |
Buenos Aires | Argentina
Directora Zenda Liendivit
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