NOTA DE TAPA N° 88 / SEPTIEMBRE  2011
Familia, Estado y Sociedad

La infancia interrumpida
 

 

La carga simbólica y emocional de la figura de un niño en la sociedad es tan pesada que todo acto de violencia ejercido sobre él adquiere una connotación desmesurada, de ofensa colectiva, de necesidad reivindicatoria. Más allá de la publicidad que adquiera cada caso, el asesinato o la desaparición de un niño hace tambalear cualquier sistema social porque se intuye una interrupción del ciclo vital, un quiebre de esa continuidad que representan las generaciones. No se ama indiscriminadamente a los niños ajenos, se ama la atmósfera primigenia que ellos generan no solo porque el tiempo fulgura como un recurso inagotable sino porque el propio se ve subvertido por los efectos de aquél. Cuando un niño es violentado, las miradas se vuelven hacia los que tenían la misión de resguardarlos precisamente del mundo adulto. Los alcances de esa misión son los que, en realidad, desnudan la atrocidad que esconde el principio mismo de toda estructura familiar: dar por sentado que una o dos personas están capacitadas para criar y proteger a un ser humano. El niño queda, desde su nacimiento, a merced de ese grupo familiar que en ningún momento necesitó convalidarse como idóneo para semejante tarea. La familia muestra, muchas veces, el poder monstruoso que posee por derecho de sangre: vulnerar el proceso vital del tiempo infantil. Esta tropelía puede ser sutil e imperceptible o visible y alevosa. En ninguno de los dos casos, el niño tiene muchas posibilidades de salvación: sus verdugos gozan de impunidad absoluta. Porque investigar las bases siempre conlleva la posibilidad de un peligroso resquebrajamiento de la estructura que se investiga. En este caso, de la sociedad en su totalidad.


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