/
|
NOTA DE TAPA N° 57 / SEPTIEMBRE
2008
Espacio y delito
El proyecto y
construcción de un espacio urbano está directamente relacionado
con la construcción de la sociedad que lo habita. Esto que
parece un lugar común ayuda a entender, sin embargo, el
funcionamiento de una ciudad. Ciertas intervenciones urbanas son
efectivas, al margen de los fines específicos para las que
fueron pensadas, para desarrollar sistemas de control social que
pueden tanto alentar como apaciguar la violencia generada en las
metrópolis. El caso más claro es la construcción fastuosa
rodeada de zonas carenciadas. Si las condiciones de producción y
distribución de una sociedad mantienen cierto equilibrio en sus
cuestiones elementales, la violencia tenderá a replegarse en
espacios específicos. No se habla aquí de casos aislados o
psiquiátricos sino del ejercicio continuado y naturalizado de
ella. La naturalización de la violencia deviene no tanto por su
repetición sino porque ella fecunda en las mismas bases de la
construcción de dicha sociedad. El caso más cercano e inmediato
para nosotros es el Conurbano. Desde el lenguaje mismo, la sola
mención remite a cierta devaluación en casi todos los órdenes de
la vida. Devaluación por demás también “naturalizada” por
propios y extraños. Ciertos sectores del conurbano bonaerense,
digamos que gran parte de su territorio, adolecen de mínimas
condiciones de habitabilidad. La falta de políticas
educacionales, laborales, sanitarias, de viviendas y hasta de
ocio y tiempo libre, fertiliza el terreno para la producción de
formas que tiendan a reproducir y sostener este estado de cosas.
El concepto “tierra de nadie” con el que se suele pensar dicha
región es gráfico pero no del todo real: se sabe muy bien que no
hay posibilidad alguna para que algo (una tierra, un espacio, un
bien, etc.) termine siendo de nadie. Siempre ese vacío genera
una amplia gama de potenciales propietarios dispuestos a
cubrirlo. Por lo que sería más acertado decir que ese territorio
es tierra de sociedades bien anónimas que se amparan
precisamente en esta condición para enfrentarse al orden
constituido y erigir sus propias normas. Es decir, el espacio
bonaerense será pensado, vivido y producido de acuerdo a
concepciones y formas de vida muy diferentes a otros sectores
metropolitanos por aquella desprotección inicial de políticas y
la consiguiente reapropiación. Por este motivo, y aunque en
todos los casos hubiera apenas un límite virtual de separación,
la percepción del espacio varía tan bruscamente al atravesar la
General Paz o cruzar el Riachuelo (aunque en muchas ocasiones el
entorno edilicio no fuera tan diferente). Lo propio del
conurbano no sería cómo funciona la mafia o el crimen
organizado, porque sabemos que ambos funcionan en cualquier
territorio y bajo cualquier circunstancia. La problemática
particular del conurbano es pensar qué condiciones materiales
favorecen la concepción del espacio que posee su sociedad y que
le confiere el perfil actual. Habría que pensar también en qué
forma estas condiciones objetivas que tienden a perpetuarse y
hasta a mejorarse en sus capacidades destructivas, según pasan
los años y los gobiernos, interviene en la configuración del
espacio capitalino. Cómo se relaciona la zona jerarquizada de la
capital con el devalúo adyacente y en qué medida uno no sostiene
a lo otro. O, dicho de otro modo, cuánto necesita una ciudad
moderna para su desarrollo de esas zonas oscuras que la bordean
(sea el empobrecido Conurbano) o que incluso se desarrollan
dentro de ella (como las villas o los asentamientos).
La conurbación es la forma de ocupación territorial que se viene
dando en la mayoría de las ciudades del mundo. Consiste en la
incorporación de centros poblacionales a lo largo o alrededor de
una o varias ciudades centrales. Pero para que este sistema
funcione es necesario que esos centros tengan su propia
dinámica, sus propias formas de desarrollo, a fin de que puedan
entablar con el centro original valiosos intercambios y
enriquecimiento mutuo. La conurbación no es simple adición.
Pensarlo como un sistema, y no como territorios estancos y
encima con grandes diferencias, es el primer paso para rediseñar
un nuevo modelo de ciudad, integrado e inclusivo. Una ciudad
productora de vida y no una necrópolis con luces fastuosas y
violentas.
Zenda
Liendivit / Agosto de 2008
Enlace relacionado:
Análisis funcional de una cultura
dependiente
Volver a Notas de tapa
|
|