...Este sitio, Buenos Aires,
que no es grande, está a orillas del río de la
Plata. El río mide, en el lugar en que desemboca en
el océano sesenta millas de ancho, y es más
semejante a un mar que a un río. Bebemos su agua
durante las comidas; es muy sana y ayuda enormemente
a la digestión. Se puede comer cuantas frutas se
quiera, y beber luego esta misma agua sin perjuicio.
Todas las casas tienen planta baja solamente; no
están hechas de madera ni de piedra, sino de tierra
o adobe. Por ello se mantienen apenas siete años y
luego se desmoronan y caen fácilmente. Los techos
son de juncos. Hace cinco años, nuestros Padres
encontraron cal y el modo de cocer ladrillos. Por
ello, el techo del Colegio no es de paja, sino de
tejas, como en Alemania. Del mismo ladrillo
construimos ahora un campanario, que será el
comienzo de una iglesia de este material. Finalmente
se echará mano al Colegio. No hay aquí, como entre
nosotros, bosques ni montes de árboles silvestres,
no fructíferos como robles, abetos, abedules, hayas,
pinos, alisos o bien otros, cuya madera sirve de
leña. Por el contrario, puedes encontrar bosques
enteros de duraznos, almendros, higueras,
albaricoqueros y árboles semejantes. Y esta madera
de árboles frutales se quema en las cocinas. Si
alguien desea poseer un monte de estos árboles, no
necesita más que sembrar los carozos de los
mencionados fructíferos árboles, como se siembra
entre nosotros el trigo. Crecen inmediatamente, y ya
llevan fruto el primer año, lo que es muy asombroso.
Yo mismo he arrancado hoy higos de un árbol, cuyo
tronco era tan grueso, que no pude abrazarlo.
La cosecha de las frutas, en
particular de los duraznos y de los albaricoques, ya
ha terminado. La tierra es nota bene tan
fértil, que puedes encontrar por todos lados de doce
a quince mil de los más grandes y hermosos bueyes y
vacas, descansando y pastando. Son cimarrones y no
pertenecen a ningún dueño. Si quieres matar un
novillo, ve nomás al campo, enlázale por los
cuernos y llévalo a casa, te pertenece...Los indios
no comen otra cosa que carne vacuna, sin pan ni sal,
casi completamente cruda. En el campo abierto enlazan
un buey, le cortan un nervio en la pata trasera con
un largo cuchillo, de manera que el animal caiga.
Luego le clavan el mencionado cuchillo atrás en la
nuca. Luego de la tercera cuchillada la vida abandona
al buey. Entonces le cortan el pescuezo, tiran la
cabeza y lo destripan.
Todo esto es hecho
rápidamente, en la mitad de un cuarto de hora. En
tanto, otros indios encienden fuego con plantas de
cardos, y mientras aquéllos destripan el animal,
éstos ya van cortando con sus largos cuchillos tiras
de carne, que ensartan en una varilla de madera y
mantienen un rato sobre el humo y el fuego, las dejan
calentar apenas y ya las llevan al hocico glotón,
devorándolas mientras por todos lados chorrea la
sangre. Y este salvaje pueblo de indios es tan voraz,
que a medida que se va asando un cuarto de buey de un
lado, ya van cortando trozos del otro. De este modo,
el asado ya es deglutido mientras se va asando. Dos
indios pueden devorar fácilmente un buey entero en
una o dos horas; naturalmente, sólo la carne, pues
la cabeza, las tripas, las patas y el resto son
desechados. Esto no le parecerá inverosímil a quien
haya leído qué glotones eran, en otros tiempos,
Calígula, Máximo, Apicio, Milo y otros...Luego de
éste su bestial banquete, los indios se arrojan
desnudos al agua fría, para que el estómago pueda
digerir mejor, a fin de que el frío exterior impida
que se evada el calor interno de estómago. Otros, en
cambio, se acuestan con el vientre sobre la arena
caliente y duermen, hasta haber digerido o por
decirlo así, cocido, la carne. Luego vuelven al
campo, cogen un novillo, lo matan y comen como el
anterior. A causa de esta voracidad, raramente viven
más de cincuenta años. Pues casi todos mueren de
las lombrices que se originan en su cuerpo por la
carne cruda y sin salar, de modo que el estómago no
puede digerir suficientemente.