
"El sueño de la razón
produce monstruos"
Serie de Los Caprichos
(1797)
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Los Demonios
HANS
SEDLMAYREl presente
texto fue publicado en el libro
EL ARTE DESCENTRADO, Hans
Sedlmayr (Editorial Labor,
Barcelona 1959)
"Dos épocas
pelean en su mente.
¿Cómo extrañar que le asalten
demonios?"
K.F.MEYER, Huttens letzte
Tage.
"En los altares caídos
habitan demonios"
E.JÜNGER, Blätter und Steine
Siempre que uno
refexiona sobre el arte de Goya
siente crecer la convicción de
que el aragonés fue, como Kant
en la filosofía, como Ledoux en
la arquitectura, uno de los
grandes demoledores que inician
una época nueva. No sólo
irrumpen en su obra, con la
fuerza de los elementos, nuevas
tendencias que son sintomáticas
de corrientes decisivas en la
pintura moderna; además, Goya
encarna el tipo del artista
"insolidario" en el
sentido antes definido, a pesar
de que todavía ocupa
oficialmente el cargo de pintor
de cámara de los reyes, tal como
Ledoux trabajó para el antiguo
régimen y dedicó a dos monarcas
su gran obra de arquitectura. Lo
más nuevo del arte de Goya no
emana de la vida pública que lo
circunda, sino de una zona de la
experiencia que es absolutamente
subjetiva e individual: del
sueño.
Por primera vez expresa un
artista sin equívocos ni excusas
el mundo de lo ilógico.
Las dos series de grabados
tituladas "Los
caprichos" y "Los
disparates" son la
auténtica clave para la
comprensión no sólo de su obra,
sino también de lo esencial en
el arte moderno. Y
"disparates" son
también los óleos con que
adornó las paredes de su propia
casa en las afueras de Madrid, la
Quinta del Sordo, y no pocos de
sus cuadros.
Con razón dice Hans
Rothe: "Los Disparates
son una de las fuentes de que ha
brotado el arte moderno, tanto si
aquella influencia es visible
como si no". "Ningún
progreso de la Humanidad podrá
arrebatar a aquella obra su
carácter impulsor. Es una forma
expresiva, un principio de
estilo, que todavía durante
muchas generaciones no podrá ser
adecuadamente comprendida, y que
incluso una vez comprendida y
desarrollada por otros provocará
la admiración tanto como el
principio estilístico del
dórico o el del románico".
Evitando las cuestiones de
valoración, ..., mostraré
primero que, en efecto, el
principio estilístico es tan
nuevo como los citados por Rothe,
y que inicia una época.
Por primera vez se
halla en aquellas obras
convertida en materia
representable una profunda
experiencia de lo onírico y lo
carente de sentido. No cabe duda
de que es errónea la creencia de
que aquellos grabados fueron
concebidos primariamente para
corregir o educar a las gentes, o
para atacar a unos adversarios
políticos. Estas explicaciones
tan inofensivamente idealistas no
dan cuenta de la elemental furia
de las figuras. Las visiones de
Goya surgen de una zona que no es
la de la conciencia moralizante.
No tienen en absoluto el sentido
de una escritura ideográfrica;
cierto que son en cierto modo un
"idioma universal",
pero no son alegorías o
metáforas que puedan
descifrarse. El sentido
alegórico les ha sido añadido
posteriormente, en algunos casos,
tal vez por el propio Goya,
ordinariamente por otros.
Sabemos que a ambas
series se les cambió el título
al publicarlas: los
"Caprichos" (un género
conocido por el público y
representado poco antes por los
"Carprichos" de
G.B.Tiepolo, que trabajó en
España) se llamaban primeramente
"Sueños", y los
"Disparates" fueron
publicados con el título de
"Proverbios" y
provistos de leyendas que les
conferían un sentido alegórico.
Las leyendas que el propio Goya
escribió para sus grabados son
en su mayoría incomprensibles, y
probablemente no sólo para
nosotros, sino que lo eran sin
duda para su autor, al modo como
las figuras de un sueño aparecen
a veces acompañadas de
"máximas" que al
despertar se revelan carentes de
sentido. Y asimismo tales
leyendas no pueden ser
interpretadas más que como los
sueños mismos, es decir, no
mediante el retroceso a
principios generales, sino
ahondando en el caso particular
del individuo. Baudelaire habla
lúcidamente del "amor a lo
inconcebible" que había en
Goya. De ahí parten todas las
modernas direcciones cuya
iconografía no surge de los
conceptos comunes de la sociedad,
sino de lo individual de la
conciencia onírica, y a las que
podríamos englobar bajo el
término que una de aquellas
tendencias adoptó para sí:
"onirismo", arte de los
sueños. El psicoanálisis se
esforzará más tarde por
interpretar su iconografía.
El tema general de tales sueños,
su esfera propia, es el mundo de
lo "monstruoso", de los
demonios y de los seres
infernales: los íncubos y los
súcubos.
Antiguamente el
infierno era un recinto cerrado,
emplazado en el más allá. Las
imágenes del infierno contenían
y objetivaban, por así decir,
exorcizándolos, todos los
fantasmas que aparecían para
atormentar a la fantasía de los
hombres. La irrupción del
infierno en el mundo real
aparecía sobre todo en
representaciones de las
tentaciones de los santos, y de
los hombres deshumanizados que
hacen mofa de los hombres buenos
y los atormentan; tal irrupción
era algo que se producía en el
mundo exterior, siendo como una
segunda infusión y encarnación
del infierno en el mundo, en
hombres visitados o
"poseídos" por las
potencias infernales.
Pero en Goya el
mundo de lo infernal se ha hecho
inmanente, cismundano, está en
el hombre mismo. Con ello se
manifiesta toda una nueva
concepción del hombre. Es él
quien es demoníaco, no sólo su
aspecto; él y su mundo están
librados a las fuerzas
demoníacas. Lo infernal es
todopoderoso, y arrolla la
indefensa y perpleja oposición.
En las visiones de los
"Caprichos" y los
"Disparates" aparecen
todas las perversiones y
tentaciones del hombre y de su
dignidad; demonios con figura
humana, y con ellos alucinados
demonios de todas suertes:
abortos, fantasmas, brujas,
gigantes, bestias, murciélagos,
vampiros. Saturno devora a sus
hijos; como la personificación
de una pesadilla, el gigante
desnudo se sienta en el horizonte
del angustiado Universo. Este
pandemonio de espíritus impuros
posee una inquietante y enérgica
vitalidad. No es fantasía del
artista, sino sangrienta realidad
experimentada. Lo que, por así
decir, penetra en la pura cultura
a través de los
"Caprichos" y los
"Disparates", preside
en diversos estratos a la
subsiguiente obra de Goya, tanto
en lo que concierne a la
elección de los temas como a su
concepción.
En sus famosas imágenes de la
guerra se manifiesta
proféticamente una nueva
interpretación del hecho
bélico, como la estúpida furia
de demonios en forma humana; y
allí Goya "muestra con toda
brutalidad al hombre, no ya como
imagen de Dios, sino incluso
deshumanizado, y si está muerto,
como carroña a la que se arroja
lejos". La serie de la
"Tauromaquia", lejos de
ser una glorificación de la
fiesta nacional española,
representa nuevamente la
siniestra locura de la masa y la
bestialización; por primera en
el arte europeo aparece la amorfa
masa de hombres. Del mismo modo
son tratados los temas de la
Inquisición y las procesiones.
El manicomio es el motivo de
varios cuadros. Muchos han
observado lo demoníaco de los
retratos de Goya.
Baudelaire señala
que sus rostros, "gracias al
repetido e inexplicado proceder
del artista, se hallan situados
entre el hombre y la
bestia". Incluso cuando en
apariencia se mantiene la
dignidad exterior del modelo,
éste llamea demoníacamente por
efecto de las líneas que rayan
la máscara (retrato de
Wellington). Más de una vez se
hace el paisaje también
"monstruoso". Goya vio
como nadie el carácter
demoníaco de la nueva maravilla:
el balón aerostático.
Los contenidos de la expresión
de Goya determinan sus medios, y
éstos no son menos originales
que aquéllos. Con razón ha
dicho Hetzer: "En Goya se
subleva lo pictórico, un
pictórico muy distinto del
barroco, contra lo plástico, y
desde entonces impera una
enemistad que se hará cada vez
más aguda, hasta el
impresionismo". Un dibujo
como la casa con árboles muestra
hasta qué punto puede llegar la
exclusión de lo plástico.
Muchas veces, en los grabados, el
fondo de la imagen es tan plano e
insignificante, que a uno le
parece ver un simple telón, como
el que luego aparecerá en el
taller del fotógrafo. Es
sintomático el hecho de que Goya
sea el primer artista que utilice
la técnica, acabada de
descubrir, de la litografía o
impresión plana, explorando sus
algo toscas posibilidades; y no
lo es menos el uso que Goya hace
de la sanguina. En su segunda
serie es evidente que sus
"dibujos" son pinturas
monocromas: están acuareladas
-otro síntoma inaudito- con un
rojo fuego (!), y muestran una
fogosidad de trazo que disuelve
todas las formas.
Los "Caprichos" fueron
concebidos en 1792, en el momento
culminante de la Revolución
francesa, tras una grave
enfermedad de Goya, cuya
naturaleza se ignora. Son los
decenios en que muchos artistas
se ven posesos por el demonio: el
escultor Messerschmidt no puede
evitar representar
caricaturescamente su propio
rostro; en el arte, a menudo
glacial, de Füssli se
manifiestan síntomas innegables
de auténtica alucinación;
entonces se le aparece a Flaxman
el rostro del diablo, al que da,
ignoro por qué, el nombre de the
Gost of the Flea. Es la
época de la fama de Mesmer
(1733-1815) y del florecimiento
espiritista. Parece como si los
hombres hubieran abierto una
puerta que da al mundo
infrahumano, y que la locura
amenazara a quienes han visto
demasiado.
Que Goya escapara a
la locura, se debe a que, aun
estando angustiado por sus
terribles visiones, no perdió de
vista la imagen del hombre.
Lo representa con la máxima
pureza cuando pinta a Jesús en
el Monte de los Olivos (con
rasgos que anuncian
asombrosamente a Dostoyevski),
como prototipo del hombre
desesperado y desamparado.
La plancha de los
"Desastres de la
guerra" que representa al
hombre arrodillado en su
desesperación ante las tinieblas
de la nada, es, sin duda, una
secularización del Cristo en el
Monte.
Pero falta el ángel consolador.
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