| /Itinerarios / Revista Contratiempo | Año 1 Nº III Primavera - Verano 2001/02 |
| EL ARTE ARTHUR SCHOPENHAUER Todo deseo nace de una necesidad, de una privación, de un sufrimiento. Satisfaciéndolo se calma. Mas por cada deseo satisfecho, ¡cuántos sin satisfacer! Además, el deseo dura largo tiempo, las exigencias son infinitas, el goce es corto y mezquinamente tasado. Y hasta ese placer que por fin se consigue no es más que aparente, otro le sucede, y si el primero es una ilusión desvanecida, el segundo es una ilusión que aun dura. Nada en el mundo es capaz de aquietar la voluntad ni de fijarla de un modo duradero; lo más que del destino puede obtenerse aseméjase siempre a la limosna que se arroja a los pies del mendigo, y que, si sostiene hoy su vida, sólo es para prolongar mañana su tormento. Así, en tanto que estamos bajo el dominio de los deseos y bajo el imperio de la voluntad, en tanto que nos abandonamos a las esperanzas que nos apremian, a los temores que nos persiguen, no hay para nosotros descanso ni dicha duraderos. En el fondo, lo mismo da que nos empeñemos en alguna persecusión o que huyamos ante alguna amenaza, que nos agite la espera o el temor; las cavilaciones que nos causan las exigencias de la voluntad bajo todas sus formas no cesan de turbar y atormentar nuestra existencia. Así, el hombre esclavo del querer está continuamente amarrado a la rueda de Ixión, vierte siempre en el tonel de las Danaides, es Tántalo devorado por la sed eterna. Pero cuando una circunstancia externa o nuestra armonía interior nos eleva un momento por encima del torrente infinito del deseo, libertan nuestro espíritu de la opresión de la voluntad, apartan nuestra atención de todo lo que la solicita y se nos aparecen las cosas desligadas de todos los prestigios de la esperanza, de todo interés propio, como objetos de contemplación desinteresada y no de concupiscencia. Entonces es cuando ese reposo vanamente buscado por todos los caminos abiertos al deseo, pero que siempre ha huído de nosotros, se presenta en cierto modo por sí mismo y nos da la sensación de la paz en toda su plenitud. Ese es el estado libre de dolores que celebraba Epicuro como el mayor de los bienes todos, como la felicidad de los dioses; porque entonces nos vemos por un instante manumitidos de la abrumadora opresión de la voluntad, celebramos la fiesta después de los trabajos forzados del querer, se detiene la rueda de Ixión...¿Qué importa entonces ver la puesta de sol desde el balcón de un palacio o a través de las rejas de una cárcel? Acorde íntimo y predominio del pensamiento puro sobre el querer: esto puede producirse en todos los lugares. Testigos, esos admirables pintores holandeses que han sabido ver de una manera tan objetiva objetos tan mínimos, y que nos han legado una prueba tan duradera de su desprendimiento y de su placidez de espíritu en las escenas de interior. El espectador no puede contemplarlas sin conmoverse, sin representarse el estado de ánimo del artista, tranquilo, apacible, lleno de serenidad, tal como necesitaba ser para fijar su atención en objetos insignificantes, indiferentes y reproducirlos con tanta solicitud. Y la impresión es tanto más fuerte cuanto que, por un contraste con nosotros mismos, nos choca la oposición entre esas pinturas tan sosegadas a nuestros sentimientos siempre tétricos, siempre agitados por inquietudes y deseos. Del libro EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE, Arthur Schopenhauer (Ediciones Safian, Bs.As.,1957) Volver a
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