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Un accidente callejero
RAÚL SCALABRINI ORTÍZ

Del libro La manga. Serie Los olvidados. (Buenos Aires Librería Histórica, 2003)

En medio de la calzada, detrás de un tranvía, se amontona con rapidez un gran número de personas. El objeto de su curiosidad debe de estar en el centro del grupo, porque las últimas pujan afanosamente para llegar a él.

Ricardo Villoc, que distrae su ocio paseando tranquilamente, intrigado a su vez, se acerca y arremete, a pisotones, codazos y empellones, levantando un cúmulo de protestas por la pujanza y decisión de su avance. Consigue al fin llegar a la primera fila y contemplar el ansiado espectáculo.

Tirado en el suelo, un chico de doce años se desangra por dos horribles mutilaciones. Las ruedas del tranvía le han cercenado ambas piernas, que permanecen unidas al resto del cuerpo por escasos restos sanguinolentos, tendones y músculos destrozados. La sangre, que brota en hilos finísimos, forma sobre el asfalto un manto de un hermoso color púrpura. El dolor ha rebosado su capacidad nerviosa, y la naturaleza, que lo hizo, le defiende, manteniéndolo en una insensible inconsciencia. Su tez descolorida y sus ojos cerrados parecen aprontarse para el sueño eterno. Sus pálidos labios se entreabren de rato en rato, exhalando apagados ayes lastimeros.

No han llegado aún los agentes del orden público y los curiosos hacen los más variado comentarios y sugieren diversos socorros pero nadie se mueve, temerosos de perder las ubicaciones tan valientemente conquistadas. Llegan dos vigilantes, muy agitados y nerviosos, e inquieren los detalles con atropelladas preguntas que los curiosos satisfacen con atolondradas respuestas. Cuando terminan su averiguación, sacan unas libretas sucias, y comienzan una anotación penosa, interrumpida sólo por las órdenes autoritarias que dirigen a los impertinentes espectadores.

- A ver si despejan. No tienen nada que hacer. Transiten.

El mótorman reitera con frecuencia sus protestas de inocencia y busca personas de buena voluntad, que lo testifiquen.

El grito de repugnancia, que lanza un joven elegante y simpático, llegado tras ardua lucha, se comenta con groseras pullas. Un dependiente de almacén, que molesta a sus vecinos con la canasta que cuelga del brazo, estudia el aspecto económico del accidente, calculando el monto probable de la indemnización.

Villoc, al salir deber librar otra batalla de codazos y empellones, porque nadie le abre paso y deseosos de conquistar su lugar, empujan con todas sus fuerzas.

 

 

 

Su intensa compasión, sentimental e indefinida, va precisándose a medida que se aleja de la reunión de tarariras.

Es digno de lástima, piensa, no por el pasajero dolor físico, sino por la tragedia moral de sus días futuros. Ya no podrá ser un individuo normal. Será un hombre tronco, que mirará al mundo desde la altura de un perro, despojado para siempre de la esperanza de mirar como iguales a sus iguales. Inseparables como su sombra, le rodearán de continuo la compasión de los sentimentales y la burla de los crueles. Los chicuelos bautizarán su desgracia con risueños apodos.

En todas las escenas, en todos los actos de su drama cotidiano, cada mirada piadosa, cada sonrisa visible, serán motivo de honda amargura, que avivarán de continuo su dolor y su desesperación.

En su juventud, cuando el físico desempeñe un preponderante papel, deberá arrastrar su lamentable figura, tratando de ocultar sus pasiones, tanto más ridículas cuanto más intensas. ¿Un hombre tronco enamorado? ¿Puede darse algo más cómico, grotesco y…. terriblemente trágico?

Las contenidas pasiones, el lento dolor acumulado y la imposibilidad de gozar los placeres comunes, desarrollarán su inteligencia, sutilizarán sus sentimientos y, excitando su imaginación, formarán, con sus ideas multiplicadas, un maravilloso mundo interior, donde se deleitará el pobre individuo, tan idéntico y tan distinto a sus semejantes. ¡Pobre cabeza humana que podrá pensar alto, desde su reducida estatura de perro!

Si de mi dependiera, si su vida estuviera en mis manos, le dejaría tendido sobre la acera, desangrarse sin dolor, lentamente. Le dejaría entrar en la rotación de las cosas que fueron; irse pausadamente al país, lejano y misterioso, donde los seres no tienen piernas. La ciencia, implacable, tratará de conservarlo, de hacer una realidad la imaginada tragedia, que tantos viven, creando el hombre-tronco de la altura de un perro. ¡Oh, consoladora eficacia de la ciencia!

Más, ¿por qué reflexiono de esta forma, dejándome arrastrar por un irrazonable sentimentalismo? Es un ser dolorido que pasó a mi lado, como tantos otros, y que no debe preocuparme, como no me preocuparon los demás. Soy por esencia egoísta y cruel. En mi infancia arrancaba las patas de las moscas, para reírme de sus ridículas convulsiones. Contemplo con agrado las sangrientas piernas de los animales muertos, que con sus músculos, tendones y venas cortadas, cuelgan en las puertas de las carnicerías. Asistí a una guerra cruenta, donde los hombres murieron por millones, quejándome los días en que no se anunciaba un millar de muertos, y mi refinada crueldad lamentó, sinceramente, su terminación, que me privó del placer de los comentarios guerreros. Me niego, pues, con la razón, el derecho de sentir piedad hacia los seres vivos, y sin embargo, aún tiembla mi corazón. ¿Por qué?

En la esquina, un hombre bajo y mofletudo, sin condiciones oratorias, refiere el accidente a una señora joven.

- Venía del colegio ¿no? El mótorman trató de parar, pero no pudo ¿no? Y las ruedas le cortaron las piernas ¿no?

La señora, alma buena y piadosa, exclama en un grito que sale desde el fondo de su corazón:

- ¡Pobre madre!

Este grito sincero le explica, con meridiana claridad, la causa de su propia compasión.

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