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FILOSOFÍA Y LETRAS
Los rostros de las palabras
Sobre la autobiografía de Jean Paul Sartre
Sujeto a la
memoria
No he guardado de
él –a causa
de su gusto por
los cuadros vivos– más que
imágenes tiesas
de linterna mágica.
"Las Palabras",
J. P. Sartre
Con el
epígrafe seleccionado, el narrador de Las palabras
comienza su reflexión respecto de una figura central en el
libro: el abuelo Charles Schweitzer. En cierto sentido, los
elementos más significativos que pueden subrayarse en torno a la
cita son, a su vez, extremadamente caros (aunque no excluyentes)
en lo que al género autobiográfico refiere:
por un lado, el protagonismo de una
primera persona gramatical que construye y piensa su relato a
partir del motor que la memoria representa; por otro, una
escritura presente que examina y selecciona escenas y personajes
pretéritos que se legitiman de modo automático a la hora de ser
volcados y traducidos en signos escritos. En este sentido, el
texto en sí mismo no es otra cosa más que una justificación y un
ahondamiento, en términos privados, de la figura autoral
(1)
Pero, al mismo
tiempo, la cita condensa el valor y la fuerza del otro,
puesto que son la figura y el deseo del abuelo los que se
postulan, parcialmente al menos, como elementos constituyentes,
en este ejemplo en particular, de la memoria, y por ende, de la
subjetividad misma del narrador-personaje. La memoria (o lo que
es semejante en esta autobiografía, la escritura) exhibe sus
condicionamientos y límites: la construcción del abuelo parece
darse por cierto tipo de desplazamiento. A saber: Sartre
traslada, o mejor, hace del goce estético de Charles (su
gusto por la vivacidad de un determinado tipo de pintura) la
materialidad misma de su abuelo. De aquí que la mayoría de sus
intervenciones, de su voz –del discurso directo
entrecomillado– sean afirmaciones contundentes en tono elevado o
tengan como correlato una acción llena de energía
(2)
Sea como fuere, lo
importante es remarcar la presencia del otro en el discurso y en
la conciencia del narrador-personaje. Ese reconocimiento es
fundamental en tanto que, por un lado, como he dicho con
anterioridad, y en cierto grado, se deja ver como componente de
la subjetivad misma y por otro, dicta las pautas del
comportamiento del sujeto: éste actúa de acuerdo con la
existencia (con la presencia o la ausencia) del otro.
El niño
protagonista que se nos presenta en Las palabras se
piensa, se escribe y se recuerda a sí mismo como un infante
delineado por la mirada de sus familiares; es claro y
consciente el deseo de satisfacer las expectativas de aquéllos,
lo que lo conduce, inevitablemente, a una suerte de escisión
interna entre aspectos, conductas y también situaciones que, en
términos textuales, son considerados como “verdaderos” mientras
que los inauténticos se catalogan de “comedia”. Esta oposición
complementaria enriquece y complejiza la configuración del
sujeto textual. En cierta medida, atestiguamos el origen de
comportamientos que signan de una determinada manera al
individuo y que se mantienen activos y vigentes, también, en el
presente de la enunciación: “Yo no pedía otra cosa y seguí
apaciblemente mi doble vida. Que no ha terminado: aún leo con
más gusto las novelas policíacas que a Wittgenstein".
(3)
¿Cómo operan la
teatralidad y la duplicidad en el sujeto Sartre? ¿De qué
forma estructuran su posicionamiento frente a las diversas
realidades que lo rodean?
Entre existencias
La separación del hombre entre
actor y espectador es el hecho central de nuestro tiempo.
“The lords”, Jim
Morrison
Las
palabras permite pensar varios
desdoblamientos. Uno, implícito en todo texto, releva la
mediación propia del lenguaje y la escritura, denunciando, como
diría Foucault, la distancia entre “las palabras y las cosas”.
Pero este Sartre personaje, que se homologa, en términos de
Lejeune por medio del pacto autobiográfico tanto con la figura
del autor como con la del narrador, da cuenta, a su vez, de un
desdoblamiento más. Una doble conciencia (más allá de la del
relato y el discurso) se entreteje, como correlato de la
dialéctica implícita en la estructura del texto (“Leer” y
“Escribir” entendidos, desde luego, como caras de una misma
moneda). Me refiero a la distancia entre el niño, es decir, el
protagonista inequívoco de la historia y el Sartre adulto,
seleccionador y confeccionador de la materia que sirve de
plataforma y base para la constitución misma de la obra (la
memoria). Georges Gusdorf asevera:
"El hombre que
cuenta su vida se busca a sí mismo a través de su historia; (…)
La autobiografía responde a la inquietud más o menos angustiada
del hombre que envejece y que se pregunta si su vida no ha sido
vivida en vano, malgastada al azar de los encuentros, y si su
saldo final es un fracaso"
(4) .
La permanencia de
cierta duplicidad en el tiempo de la enunciación, tiene un
principio de origen en ese pasado que, como no puede ser de otra
forma, se recrea y reconstruye desde un presente. La duplicidad
aludida se erige en torno a una distancia temporal (dicho con
rapidez, el Sartre de 1911 es –y no es– el mismo de 1964) y
resulta imposible disociarla de la condición y la conciencia
teatral o “bufonesca” que el propio narrador se encarga de
remarcar. Siguiendo el razonamiento de Gusdorf, la autobiografía
se conduce por caminos interrogativos, dubitativos: es una
búsqueda; la meta, el encuentro y la convergencia de las
conciencias a las que aludí anteriormente. O mejor, en el caso
de Las palabras, una reconciliación: reconocer y aceptar
(escribir/recordar selectivamente) las facetas de un niño que
podrían pensarse, en parte, como aspectos claramente antagónicos
a una postura existencialista. Así lo permite entender la falta
de autenticidad en su comportamiento: los valores y los códigos
de conducta que rigen su vida se nuclean alrededor de la
mala fe
(5).
En el teatro familiar, cada uno conoce e interpreta su papel a
la perfección:
"Representábamos una
amplia comedia con cien sketches diversos: el flirt,
los malentendidos rápidamente aclarados, las bromas bondadosas y
los amables regaños (…) él mostraba la vanidad sublime y cándida
que corresponde a los abuelos, la ceguera, las debilidades
culpables que recomienda Hugo (…) Y además yo era un niño bueno;
encontraba que mi papel me quedaba tan bien que no salía de él".
(24)
Desde ya, resulta
poco justo etiquetar a un infante como un individuo de mala
fe y hacerlo responsable por cada una de sus
acciones/elecciones (la acusación, en este caso, sería la de
elegir la faceta de comediante, dejando a un lado su condición
de sujeto –en tanto subjetividad libre y no sujetada–
y las responsabilidades inherentes a semejante categoría,
subordinada aquí a la de “papel” o “rol”. En efecto, la
reificación es consecuencia de la mala fe). Sin embargo,
no sería tendencioso comprender a esta etapa de la infancia,
construida con tal ostentación en lo que refiere a la
teatralidad, la actuación y a las comodidades infinitas que
alberga la calidez del mundo privado, como una manera explícita
de derrumbar uno de los pilares más poderosos de diversas
corrientes filosóficas: el determinismo. A pesar de los
privilegios y de ciertos convencionalismos sociales
personificados en la figura de la madre y la abuela, en la mente
del niño Sartre empiezan a germinar ideas que atentan contra su
propia clase: la revelación de la explotación del abuelo por
parte de su editor es un buen ejemplo. Es un paso significativo:
el Universo exhibe una primera grieta ante los ojos del nieto,
indignado. El Sartre empírico escribe:
"(El obrero) es
necesario que se haga obrero. Totalmente condicionado por
su clase, su salario y la naturaleza de su trabajo, condicionado
hasta en sus sentimientos, hasta en sus pensamientos, a él le
toca decidir el sentido de su condición y de la de sus camaradas
y es él quien, libremente, da al proletariado un porvenir de
humillación sin tregua o de conquista y de victoria, según se
elija resignado o revolucionario. Y es de esta elección de lo
que es responsable. No es que tenga libertad de no elegir: está
comprometido, es preciso apostar y la abstención es una elección"
(6).
Un niño que ocupa
el centro de una familia de posición estable (la situación del
abuelo respecto del editor es sólo un accidente podría decirse),
que no conoce otra cosa más que el confort, la admiración y la
condescendencia de su madre y abuelo, comienza a reflexionar,
desde el refugio, el privilegio, la fortaleza que implican la
privacidad y el interior de su casa, sobre asuntos concernientes
al Hombre y sobre aspectos metafísicos (que pueden rastrearse
con facilidad en su producción literaria-filosófica). Escribe
sobre la señorita Marie-Louise: “Era demasiado fea como para que
la quisiese un hombre. Yo no me reía: ¿se podía nacer condenado?
Entonces me habían mentido, el orden del mundo tenía unos
desórdenes intolerables.” (72)
Las escenas recién
referidas cobran una relevancia especial ya que subrayan un
comienzo de revelación y despiertan la toma de conciencia en el
joven: en torno a otras realidades que se sitúan lejos del mundo
literario en el que vive, e impulsan, en este caso en
particular, no tanto la teatralidad, sino un nuevo tipo de
duplicidad. Los desdoblamientos no se producen ya sólo en base a
las conciencias que conforman la narración, o, en el
plano de la historia, al situarse y desplazarse en la piel de
los personajes literarios y cinematográficos (o incluso en las
actuaciones que realiza al son de las piezas tocadas por su
madre en el piano); nos hallamos, sencillamente, ante un niño
que empieza a sentir las primeras punzadas de la angustia y que
contempla con mayor inquietud la distancia entre la perfección y
el equilibrio del mundo literario en el que vive en gran medida
y las injusticias y bajezas que provienen de un universo externo
y ajeno al escritural. En resumidas cuentas, los libros son la
cifra de una paz que el afuera no puede proporcionar; de
aquí la predilección por las palabras y no por las
cosas: “Ya he dicho que para mí las palabras eran la
quintaesencia de las cosas”(121). Es, por consiguiente, la
aparición de la angustia el motor de un nuevo desdoblamiento: al Sartre “lector”, “bufonesco” y “comediante” se le suma un nuevo
rol, una nueva faceta: el incipiente cuestionador.
Por un lado,
entonces, tenemos al joven actor, el prodigio que devora todo
tipo de literatura y se desenvuelve en la privacidad del hogar y
en la conformidad que de ellos captura (los otros son
aquí el núcleo familiar y amigos allegados al mismo, siempre con
una diferencia etaria importante)
"Mi verdad, mi
carácter y mi nombre estaban en manos de los adultos; yo había
aprendido a verme con sus ojos; yo era un niño, ese monstruo
fabricado con sus pesares. Cuando estaban ausentes, dejaban tras
de sí su mirada, mezclada con la luz; yo corría, saltaba a
través de esa mirada que me conservaba la naturaleza de nieto
modelo (…) Yo era un impostor".(73)
Por otro, el pequeño
miedoso, aterrado ante la potencialidad del contacto real con
personas de su misma edad. La ficción vivida o el papel
interpretado sólo son funcionales en virtud de una sala
compuesta por gente mayor (la interacción de Sartre con chicos
de su misma edad en Las palabras es prácticamente nula:
los niños especifican otra clase de otro, u otra clase de
espejo: ve reflejado en ellos todas sus carencias).
Pero otra máscara
–otro disfraz– es necesario que caiga para dar lugar a una nueva
revelación y a una nueva toma de conciencia dado que ésta
confiere, siempre, la apertura hacia una faceta o perspectiva
antes desconocida que enriquece y tensiona la personalidad y la
performance del protagonista.
Sartre y el espejo
Nos acecha el
cristal. Si entre las cuatro
paredes de la alcoba hay un espejo,
ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo
que arma en el alba un sigiloso teatro.
“Los espejos”, Jorge
Luis Borges
Hay un corte
implícito en Las palabras, que nada tiene que ver con la
estructura formal del texto, centrado en el reconocimiento del
personaje a través de su propia mirada. Me refiero a la escena
de la peluquería. Una máscara y un tipo de actuación se
desvanecen: la del niño-muñeco, adorable en tanto belleza y
hermosura. La desambiguación sexual también se lleva a cabo
aquí: el corte de pelo niega la posibilidad, por parte de la
madre, de seguir viendo y tratando a su hijo como una pequeña
mujer (Sartre también era muy bajo en relación con el resto de
los niños de su edad, elemento que coadyuvaba al
fortalecimiento del particular trato que la madre tenía para
con el hijo)
La escena en sí
misma, o mejor dicho la acción, parte de la iniciativa del
abuelo Charles, quien, por miedo a que el nieto tenga
confusiones en cuanto a su orientación sexual, decide hacer un
alto en la peluquería para raparlo. En otros términos, desde la
perspectiva de Charles, afirmar la masculinidad mediante un
“golpe teatral”, como lo denomina el narrador.
"(…) mientras mis
preciosos tirabuzones revoloteaban alrededor de mis orejas,
había podido negar la evidencia de mi fealdad. Sin embargo, mi
ojo derecho entraba ya en el crepúsculo. Tuvo que confesarse la
verdad. También mi abuelo parecía desconcertado; le habían
entregado su pequeña maravilla y había devuelto un sapo". (91)
Una nueva máscara
emerge al caer otra; de la reificación adorable a la
intransigente autoconciencia de la fealdad; de la “muñeca” al
“sapo”. Como resultado o consecuencia, hay una afirmación: más
que de la masculinidad, de la diferencia. Sartre, el feo. Ya no
será el reflejo idealizado en los ojos de su madre (quien sale
corriendo y se encierra en su cuarto llorando al ver el nuevo
look) lo que distinga el niño, sino una cierta
incertidumbre, síntoma de aversión. Un nuevo rostro sale a
escena: una nueva forma de teatralización es requerida:
"Los amigos de la
familia me echaban unas miradas preocupadas o perplejas que
muchas veces sorprendía. Mi público se volvía más difícil día
tras día; tuve que afanarme; insistí sobre mis efectos y llegué
a sonar a falso. Conocí las angustias de una actriz que
envejece: supe que otros podían gustar". (91)
Es impactante ver la
tensión con que se relatan las consecuencias de escenas como
ésta. Por momentos, reinan una frialdad y una objetividad
ascéticas. Sartre reconoce su supuesta fealdad, la reconoce
incluso en el semblante y en las actitudes de aquellos que antes
lo veían como un joven dios olímpico. ¿Cómo lidia un chico de
siete años con una revelación de este tipo? El narrador ofrece
pocas pistas, y cuando pareciera que el hecho acaecido ha sido
uno entre tantos, algunas conductas denuncian la gravedad de tal
reconocimiento (el pensarse a sí mismo como Quasimodo, las
morisquetas frente al espejo, etc.). “El espejo me había enseñado
lo que siempre había sabido: era horriblemente natural. Aún no
me he repuesto.” (95) Esta cita, creo, condensa a la perfección
esa tensión: el hecho objetivo en la primera oración,
implacable, una sentencia o una máxima prácticamente. El efecto
devastador, crónico, subjetivo, que signa de por vida al
individuo, en la segunda. En El existencialismo es un
humanismo, afirma:
"Así, el hombre
que se capta directamente por el cogito, descubre también a
todos los otros y los descubre como la condición de su
existencia. Se da cuenta de que no puede ser nada (en el sentido
que se dice que es espiritual, o que se es malo, o que se es
celoso), salvo que los otros lo reconozcan por tal"
(7).
Esta aseveración,
como la de la libertad, da cuenta de otra aserción que condena,
puesto que la existencia de todo sujeto está atada, en cierta
medida, a la perspectiva, a la presencia y a la mirada del otro.
Sartres
There's more to the
picture
Than meets the eye
“My
My, Hey Hey”, Neil Young
La última de las
anécdotas torna más sencillo el acceso al túnel fangoso de la
memoria de una consciencia auténtica; en gran parte,
Las palabras es eso: ver al hombre detrás del principio. O
mejor, al niño frágil y polifacético cuyas acciones y
teatralidad se delimitan de acuerdo al tipo y a la cantidad de
miradas que perciba, de acuerdo al lugar en el que se encuentra
y al grado de comodidad que sienta en él. Porque, al fin y al
cabo, si bien el Sartre de este libro tiene muchos disfraces y
papeles –el lector, el comediante, el bufón, el impostor, el
escritor, el actor, el pensador, el feo – no puede dejar de
interpretar el rol más pertinente para su edad: el de niño.
NOTAS
1) De acuerdo a Lejeune, la
condición sine qua non del género es el pacto
autobiográfico: “Para que haya autobiografía (y, en general,
literatura íntima) es necesario que coincidan la identidad
del autor, la del narrador y la del
personaje.” Lejeune, P. “El pacto autobiográfico”, en
Suplemento Anthropos, nº 29, Barcelona. 1991. P. 48
2)
Creo que merecería un trabajo aparte pensar la vitalidad en
configuración del abuelo a partir de su voz. En
efecto, la mayoría de sus oraciones-enunciados son
afirmativas, rotundas, en voz activa y, muchas de ellas,
llevan signos de admiración. Procedimientos, todos, que
intentan revelar la fuerza y el vitalismo de Charles.
3) Sartre,
J.P. Las palabras. Buenos Aires: Losada. 1995. P. 67
(Todas las citas pertenecen a esta edición)
4) Gusdorf,
G. “Condiciones y límites de
la autobiografía”,
en Suplemento Anthropos, nº 29, Barcelona. 1991. P.
14
5)
Para el concepto de mala fe, cf. Sartre, J. P. “Capítulo II.
La mala fe”, en El ser y la nada. Buenos Aires:
Losada. 1993. Pp. 43-57
6) Sartre,
J. P.
“Presentación”, en ¿Qué es la literatura? Buenos
Aires: Losada. 1957. P. 23
7) Sartre,
J.
P. El existencialismo es un humanismo. Buenos Aires:
Losada.1999. P. 39
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TOMÁS VILLEGAS nació
el 24 de diciembre de 1982, en Necochea, Argentina. Profesor en
Letras, egresado de la Universidad Nacional de Mar del Plata.
Ejerce la docencia en diversas escuelas secundarias de Mar del
Plata.
En
2011
en la ciudad de Necochea, fue creador y redactor de la columna
literaria “Rebelión en la granja”, en el programa radial Te
juro que es verdad, emitido por la señal Rock
and Pop.
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