
Ceremonia fúnebre
familiar
Bajorrelieve conservado en Villa
Albani/Roma
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| LA PREGUNTA
POR LA MUERTE |
JEAN-PAUL
SARTRE
Mi muerte
La muerte no es en modo
alguno una estructura ontológica de mi
ser, por lo menos en tanto que éste es
para-sí; sólo el otro es mortal
en su ser. No hay ningún lugar para la
muerte en el ser-para-sí; no puede ni
esperarla, ni realizarla, ni proyectarse
hacia ella; la muerte no es en modo
alguno el fundamento de su finitud y, de
modo general, no puede ni ser fundada
desde adentro como proyecto de la
libertad original ni ser recibida desde
afuera como una cualidad por el para-sí.
Entonces, ¿qué es? Nada
más que cierto aspecto de la facticidad
y del ser para otro, es decir, nada más
que algo dado. Es absurdo que
hayamos nacido, es absurdo que muramos;
por otra parte, esta absurdidad se
presenta como la alienación permanente
de mi ser-posibilidad que no es ya mi
posibilidad, sino la del otro. Es, pues,
un límite externo y de hecho de mi
subjetividad
.Este límite de hecho
que debemos afirmar en cierto sentido,
puesto que nada nos penetra desde afuera
y, en cierto sentido, es menester
que experimentemos la muerte si
hemos de poder siquiera nombrarla-, pero
que, por otra parte, jamás es encontrado
por el para-sí, puesto que no es
nada propio de éste, sino sólo
la permanencia indefinida de su
ser-para-el-otro, ¿qué es sino,
precisamente uno de los irrealizables?
¿Qué es, sino un aspecto sintético de
nuestros reversos? Mortal
representa el ser presente que soy
para-otro; muerto representa el
sentido futuro de mi para-sí actual para
el otro. Se trata, pues, de un límite
permanente de mis proyectos, y como tal,
es un límite que hay que asumir. Es,
pues, una exterioridad que sigue siendo
exterioridad hasta en y por la tentativa
del para-sí de realizarla: es lo que
hemos definido como el irrealizable
que debe ser realizado. No hay
diferencia de fondo entre la elección
por la cual la libertad asume su muerte
como límite imposible de captar e
inconcebible de su subjetividad, y la
elección por la cual elige ser libertad
limitada por el hecho de la libertad del
otro. Así, la muerte no es mi posibilidad,
en el sentido antes definido; es
situación-límite, como reverso elegido
y huidizo de mi elección. Tampoco es mi
posible, en el sentido de que sería mi
fin propio, el cual me anunciaría mi
ser, sino que, por el hecho de ser
ineluctable necesidad de existir en otra
parte como un afuera y un en-sí, es
interiorizada como "última",
es decir, como sentido temático y fuerza
de alcance de los posibles jerarquizados.
Así, ella me infesta en el meollo mismo
de cada uno de mis proyectos, como el
reverso ineluctable de éstos. Pero,
precisamente como ese "reverso"
no es algo que haya de asumir como mi
posibilidad, sino como la posibilidad de
que no haya para mí más posibilidades,
la muerte no me merma. La libertad
que es mi libertad sigue siendo
total e infinita; no es que la muerte no
la limite, sino que, como la libertad no
encuentra jamás ese límite, la muerte
no es en modo alguno obstáculo para mis
proyectos: es sólo un destino de estos
proyectos en otra parte. No
soy "libre para la muerte",
sino que soy un mortal libre. Al escapar
la muerte a mis proyectos por ser
irrealizable, escapo yo mismo de la
muerte en mi propio proyecto. Como es lo
que está siempre más allá de mi
subjetividad, en mi subjetividad no hay
lugar alguno para ella. Y esta
subjetividad no se afirma contra
la muerte, sino independientemente de
ella, aunque esta afirmación sea
inmediatamente alienada. No podríamos,
pues, ni pensar la muerte, ni esperarla,
ni armarnos contra ella; pero por eso
nuestros proyectos son, en tanto que
proyectos no a causa de nuestra
ceguera, como dice el cristiano, sino por
principio-, independientes de ella. Y,
aunque haya innumerables actitudes
posibles frente a ese irrealizable
"que hay que realizar por
añadidura", no cabe clasificarlas
en auténticas e inauténticas, puesto
que, justamente, siempre morimos por
añadidura.
EL SER Y LA NADA,
Jean-Paul Sartre (Altaya,
Barcelona/1993)
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