Revista de pensamiento y cultura
/ La pregunta por la muerte / Año III N° 6 / Otoño - Invierno 2003
   

Detalle de una tumba real de Ur
Museo de Filadelfia

ARQUITECTURA

EDUARDO SACRISTE
La casa de los muertos

Así como se preocupaba por un lugar donde protegerse, el hombre primitivo se vio ante la necesidad de resolver un nuevo problema: qué hacer con sus muertos.

El hombre primitivo vivía en grutas y enterraba a sus muertos en el piso, debajo del sitio que ocupaba generalmente en vida. La cabeza del difunto descansaba sobre una piedra y su cuerpo yacía pintado de color ocre, (hombre de Neardenthal) con la esperanza sin duda de que el calor del hogar lo reviviera. Esta contigüidad entre la vida y la muerte fue desapareciendo con el tiempo. Los vivos prefirieron aislar a sus muertos y la mayoría de los pueblos comenzaron a crear sitios especiales para ellos. Así nacieron las tumbas. Pero como el hombre carecía de imágenes de un espacio protector diferente del que usaba para albergarse, edificó para los muertos casas semejantes a la suya, tal vez también para crearse la ilusión tranquilizadora ante el misterio de la muerte. Esta circunstancia ha permitido conocer la estructura de muchas de las casas de los pueblos primitivos, ya que aparecen reproducidas en sus tumbas y en las urnas funerarias. Las célebres tumbas de la ciudad de Ur, eran simples casas con dependencias que incluían hasta la cocina. Las mastabas egipcias evocaban viviendas usuales, y el conjunto de Zozer, en Sakkara, reproducía en una escala mayor el palacio del faraón.
Sin necesidad de remontarnos a la antigüedad, podemos citar el ejemplo de Dahomey, donde se suprimió la costumbre de enterrar a los muertos en los pisos de las habitaciones, durante la dominación francesa, por considerársela insalubre, construyendo la gente pequeñas viviendas en el cementerio, donde cada año iban los deudos a pasar algunos días con sus muertos.

Pero aunque los espacios sean similares, las diferencias entre casa y tumba son infranqueables. En Madagascar llaman a las tumbas La casa fría, porque en ella jamás se encenderá el fuego. Para los nómades tuaregs las casas son las tumbas de los vivos.
En Nueva Caledonia, las viviendas son construidas de tal manera que a la muerte de su propietario se convierten en tumba. La puerta se sella y a este singular sarcófago lo llaman maciri, es decir, lugar de los muertos. La construcción tiene forma circular, con un poste en la parte central. Al pudrirse éste y caer, arrastra la casa, que con el tiempo se convertirá en un montículo. Las araucarias que lo rodean señalarán durante muchos años, como candelabros, el sitio de la tumba. Cuando el amo ha muerto, se dice metafóricamente: "El poste central ha caído."

En el delta de Tonkin, donde la luz es enceguecedora, se intenta lograr que el interior de la habitación sea tan sombrío como una tumba, para lograr la paz que reina en la casa de los muertos. Para ello el local principal, que contiene el altar de los antepasados, tiene las ventanas cerradas por un enrejado de bambú, que tamiza la luz, porque de otra manera se perturbaría el reposo de las almas de los que allí descansan. En la casa se encuentra también una sala de recepción menos honorable que la ubicada en el pabellón principal. No es raro ver en ella un sarcófago que la piedad filial del hijo ha comprado para su padre. Este puede así diariamente gozar con la contemplación de la que será su última morada.

Es sorprendente la gran cantidad de casas abandonadas y en ruinas que se encuentran en las aldeas de los Fellahs egipcios. La explicación es que los herederos no quieren habitar el lugar donde ha vivido su padre. Es notable que en el idioma nativo no se distinguen bien los vocablos correspondientes a reparar y a construir. Un proverbio árabe alude esotéricamente a esa relación íntima de las cosas concluidas: "Cuando la casa se ha terminado, penetra la muerte."

Entre los antiguos gonns de India, se entierra al muerto en la casa, para que pueda renacer fácilmente en familia. En cambio entre los ostiaks, de Ceilán, los cadáveres son a menudo abandonados, localizándose los espíritus de los difuntos en muñequitos de madera denominados chougols, los que permanecen en las viviendas, asignándoseles lechos especiales donde se los acuesta, se los lava y se los sienta a la mesa.

Tierra adentro, en Colombia, cerca del límite con el Perú, hay tumbas excavadas que reproducen exactamente las viviendas de sus constructores. También las antiguas tumbas etruscas reproducían minuciosamente la casa de quienes en ellas yacían, agregándose en este caso una fiel reproducción del color, no sólo de la casa sino también de los enseres, las armas, etc.
Asimismo vale la pena señalar un sarcófago romano tallado en mármol que representa con toda exactitud la habitación y muebles de la muerta.


CASAS Y TEMPLOS, Eduardo Sacriste


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