
Detalle de una
tumba real de Ur
Museo de Filadelfia
|
EDUARDO
SACRISTE
La casa de los muertos
Así como se preocupaba por
un lugar donde protegerse, el hombre
primitivo se vio ante la necesidad de
resolver un nuevo problema: qué hacer
con sus muertos.
El hombre primitivo
vivía en grutas y enterraba a sus
muertos en el piso, debajo del sitio que
ocupaba generalmente en vida. La cabeza
del difunto descansaba sobre una piedra y
su cuerpo yacía pintado de color ocre,
(hombre de Neardenthal) con la esperanza
sin duda de que el calor del hogar lo
reviviera. Esta contigüidad entre
la vida y la muerte fue desapareciendo
con el tiempo. Los vivos prefirieron
aislar a sus muertos y la mayoría de los
pueblos comenzaron a crear sitios
especiales para ellos. Así nacieron las
tumbas. Pero como el hombre carecía de
imágenes de un espacio protector
diferente del que usaba para albergarse,
edificó para los muertos casas
semejantes a la suya, tal vez también
para crearse la ilusión tranquilizadora
ante el misterio de la muerte. Esta
circunstancia ha permitido conocer la
estructura de muchas de las casas de los
pueblos primitivos, ya que aparecen
reproducidas en sus tumbas y en las urnas
funerarias. Las célebres tumbas de la
ciudad de Ur, eran simples casas con
dependencias que incluían hasta la
cocina. Las mastabas egipcias evocaban
viviendas usuales, y el conjunto de
Zozer, en Sakkara, reproducía en una
escala mayor el palacio del faraón.
Sin necesidad de remontarnos a la
antigüedad, podemos citar el ejemplo de
Dahomey, donde se suprimió la costumbre
de enterrar a los muertos en los pisos de
las habitaciones, durante la dominación
francesa, por considerársela insalubre,
construyendo la gente pequeñas viviendas
en el cementerio, donde cada año iban
los deudos a pasar algunos días con sus
muertos.
Pero aunque los espacios
sean similares, las diferencias entre
casa y tumba son infranqueables. En
Madagascar llaman a las tumbas La casa
fría, porque en ella jamás se
encenderá el fuego. Para los nómades
tuaregs las casas son las tumbas de los
vivos.
En Nueva Caledonia, las viviendas son
construidas de tal manera que a la muerte
de su propietario se convierten en tumba.
La puerta se sella y a este singular
sarcófago lo llaman maciri, es
decir, lugar de los muertos. La
construcción tiene forma circular, con
un poste en la parte central. Al pudrirse
éste y caer, arrastra la casa, que con
el tiempo se convertirá en un
montículo. Las araucarias que lo rodean
señalarán durante muchos años, como
candelabros, el sitio de la tumba. Cuando
el amo ha muerto, se dice
metafóricamente: "El poste
central ha caído."
En el delta de Tonkin, donde
la luz es enceguecedora, se intenta
lograr que el interior de la habitación
sea tan sombrío como una tumba, para
lograr la paz que reina en la casa de los
muertos. Para ello el local principal,
que contiene el altar de los antepasados,
tiene las ventanas cerradas por un
enrejado de bambú, que tamiza la luz,
porque de otra manera se perturbaría el
reposo de las almas de los que allí
descansan. En la casa se encuentra
también una sala de recepción menos
honorable que la ubicada en el pabellón
principal. No es raro ver en ella un
sarcófago que la piedad filial del hijo
ha comprado para su padre. Este puede
así diariamente gozar con la
contemplación de la que será su última
morada.
Es sorprendente la gran
cantidad de casas abandonadas y en ruinas
que se encuentran en las aldeas de los
Fellahs egipcios. La explicación es que
los herederos no quieren habitar el lugar
donde ha vivido su padre. Es notable que
en el idioma nativo no se distinguen bien
los vocablos correspondientes a reparar y
a construir. Un proverbio árabe alude
esotéricamente a esa relación íntima
de las cosas concluidas: "Cuando
la casa se ha terminado, penetra la
muerte."
Entre los antiguos gonns de
India, se entierra al muerto en la casa,
para que pueda renacer fácilmente en
familia. En cambio entre los ostiaks, de
Ceilán, los cadáveres son a menudo
abandonados, localizándose los
espíritus de los difuntos en muñequitos
de madera denominados chougols, los que
permanecen en las viviendas,
asignándoseles lechos especiales donde
se los acuesta, se los lava y se los
sienta a la mesa.
Tierra adentro, en Colombia,
cerca del límite con el Perú, hay
tumbas excavadas que reproducen
exactamente las viviendas de sus
constructores. También las antiguas
tumbas etruscas reproducían
minuciosamente la casa de quienes en
ellas yacían, agregándose en este caso
una fiel reproducción del color, no
sólo de la casa sino también de los
enseres, las armas, etc.
Asimismo vale la pena señalar un
sarcófago romano tallado en mármol que
representa con toda exactitud la
habitación y muebles de la muerta.
CASAS Y TEMPLOS,
Eduardo Sacriste
|