La Vigilancia
Subjetiva
Los valores en el hacer de la
investigación social
Adela Ruiz
Hablar de valores en el
ámbito de la investigación social, no
constituye necesariamente un modo de
alimentar las discusiones, sin duda aún
vigentes, en torno a cuáles son las
formas privilegiadas de conocimiento y de
legitimidad epistemológica en el
desarrollo de la teoría social. Por el
contrario, abordar tal cuestión se
presenta como un posible camino para
volver sobre una de las problemáticas
que desafía de manera recurrente al
quehacer científico: el papel que
desempeña, en toda tarea de indagación
intelectual, la subjetividad propia de
cada investigador.
Es precisamente este
aspecto, que tiene la particularidad de
hacerse presente en cada uno de los
momentos del proceso de investigación,
lo que se pretende abordar en las
consideraciones que siguen; reflexiones
que emanan, en gran medida, de aceptar
que aunque desde hace tiempo el
positivismo no constituye una doctrina
canónica dentro de las ciencias
sociales, también sería erróneo negar
que en los debates que aún atraviesan
este campo sus implicancias han perdido
sentido.
Ante todo, y como punto de
partida, puede considerarse que al margen
del campo de saber específico, y de la
perspectiva o tradición desde la que se
decida abordar un determinado objeto de
estudio, la teoría social no es
propiedad de una disciplina concreta
sino que las cuestiones relativas a la
vida social, y a los productos culturales
de la acción social, se extienden a
todas las disciplinas científicas y
humanísticas, entre ellas a la
comunicación.
En los inicios de un nuevo
milenio, donde se experimentan profundas
o al menos variadas y novedosas-
transformaciones tecnológicas, sociales
y políticas, el tema de la cultura se
coloca en el centro de los debates y el
quehacer de la investigación. Y en este
sentido, lo que ha hecho visible tanto la
descompartimentalización (1)
de las disciplinas, como el
desdibujamiento de las fronteras que
antes separaban los saberes y sus modos
de acceso, es la necesidad de un replanteamiento
no sólo teórico sino también
metodológico.
De manera general, y
haciendo sólo un bosquejo, se observa
que los teóricos de la sociedad abordan
problemas vinculados a: el status de
las ciencias sociales -especialmente
frente a la lógica de las ciencias
naturales-, la naturaleza de las leyes
y generalizaciones que pueden
establecerse, la interpretación de la
agencia humana -distinguiéndola de
los objetos y acontecimientos naturales-
y el caracter o forma de las
instituciones sociales (2).
Es esta diversidad de temas la que ha
determinado que las indagaciones en las
ciencias sociales siempre hayan sido una
empresa muy diversificada. Sin embargo,
esto no impide establecer ciertas
continuidades en su desarrollo
cronológico pudiendo marcarse, en el
siglo XX, dos momentos principales.
El primero de ellos puede
ubicarse en el período posterior a la II
Guerra Mundial cuando, influenciados por
el empirismo lógico-filosófico,
los autores coincidieron en rechazar la
metafísica, insistieron en la
verificabilidad de conceptos y
proposiciones y se orientaron a la
construcción de teorías de corte
hipotético-deductivo. Bajo lo que se
denominó la "ciencia
unificada", el pensamiento social
adoptó acríticamente la filosofía de
la ciencia natural, haciendo a un lado
las diferencias lógicas fundamentales
entre las ciencias naturales y las
sociales. Así, el empirismo, tomado como
modelo incontrovertible de la ciencia
-más que como una filosofía particular
con hipótesis cuestionables-, determinó
que no fueran consideradas las cuestiones
vinculadas a la interpretación y, aún
cuando su objeto giraba en torno a
procesos de esta índole, las ciencias
sociales pasaron a ser esencialmente no
interpretativas. En consecuencia, la
noción de Verstehen o
comprensión del significado- recibió
escasa atención y fue asumida en tanto
fenómeno psicológico que dependía de
una comprensión necesariamente intuitiva
y, por ende, no fiable para la ciencia.
Fue recién a partir de los
setenta que el pensamiento social
experimentó un cambio fundamental dando
lugar al surgimiento de una "nueva
filosofía de la ciencia".
Desechando muchos de los supuestos
precedentes, esta nueva concepción
implicó: el rechazo a la idea de que
puedan hacerse observaciones
teóricamente neutrales; el abandono
como ideal supremo de la investigación
científica de los sistemas de leyes
conectadas de manera deductiva; y la
adopción de una concepción
interpretativa de la empresa científica.
De este modo los problemas de
significado, comunicación y traducción
adquirieron una relevancia inmediata para
las teorías científicas.
Como resultado de estos
cambios, y ante el desencanto frente a
las teorías dominantes en la
"corriente principal", se
produjo la proliferación de numerosos
enfoques del pensamiento teórico. Por un
lado, resurgieron tradiciones
anteriormente ignoradas, o escasamente
conocidas, como la fenomenología,
la hermenéutica y la teoría
crítica. Por otro, se revitalizaron
tradiciones anteriores como el interaccionismo
simbólico, en los Estados Unidos, y
el estructuralismo y postestructuralismo
en Europa. Finalmente, se añadieron
corrientes de desarrollo más reciente
como la etnometodología, la teoría
de la estructuración y la teoría
de la praxis.
Sin que esta breve reseña
suponga descartar por completo la
existencia de resabios de una
"corriente principal",
probablemente baste para poner en
evidencia la variada gama de enfoques que
ha llegado a comprender la teoría social
y por qué, al momento de encarar una
investigación, la adopción de un
determinado marco de pensamiento implica,
necesariamente, una elección entre las
diversas propuestas hechas por las
distintas tradiciones teóricas.
Ahora bien, los caminos y
procedimientos que se adoptan para una
investigación no se desprenden sólo de
la adopción de una filosofía
concreta de la ciencia social sino
también, y en gran medida, del
compromiso que se tenga con un particular
objeto de estudio. Y es aquí donde
entra en juego la relación que cada
investigador tiene con sus valores y la
manera en que estos definen el perfil de
su subjetividad.
La Subjetividad en el
Qué
Como se señalara al
principio, en todo proceso de
investigación social -y con una
visibilidad considerablemente mayor a lo
que sucede en el ámbito de las ciencias
exactas y naturales- el vínculo que cada
investigador sostiene con sus valores
cumple una función esencial. Sin
pretender aludir con esto a las
disquisiciones en torno al problema de la
objetividad en las ciencias
histórico-sociales -y al consecuente
precepto de no recurrir a presupuestos
que impliquen una toma de posición
valorativa-, se trata más bien de
abordar lo que en términos weberianos es
posible conceptualizar en tanto
"relación de valor" (3).
Desde esta perspectiva,
hablar de relación de valor supone hacer
a un lado las formulaciones vinculadas a
la validez ideal de los mismos, en pos de
aceptar y sostener que las ciencias
sociales mantienen una estrecha
correspondencia con los valores que
-frente a la multiplicidad de los
posibles datos empíricos- intervienen en
la delimitación de los diversos objetos
de estudio. Concebida de esta manera, la
"relación de valor" no
constituye un principio de valoración
sino de selección que interviene
indefectiblemente al momento de definir
un objeto de exploración en pos del cual
se desarrollarán luego los procesos de
indagación.
Si se parte de reconocer la
imposibilidad que supone captar la
infinita riqueza de lo real, no resulta
difícil aceptar que el primer paso de
todo proyecto o empresa de investigación
es la selección de temas, enfoques y
documentos que, en todos los casos,
supone un recorte por el que se dejan de
lado otros temas y enfoques también
posibles. Es, pues, desde la
instancia inicial, desde el momento en
que cada investigador decide sobre qué
parte de la realidad delineará su objeto
de estudio, que entran en juego aquellos
valores en función de los cuales el
procedimiento de las ciencias sociales
admite ser encuadrado dentro de una
"dimensión selectiva
fundamental" (4).
Dicho de otro modo, aquellos
parámetros que en cada caso llevan a
considerar que algo "merece"
ser abordado, y en función de los cuales
se establecerán los límites que tendrá
el objeto de estudio, no son otra cosa
que puntos de vista específicamente
particulares que bajo ningún
concepto pueden atribuirse a
justificaciones de validez
incuestionable. Y sin que esta
afirmación suponga desconocer y
menos aún restar importancia- a la serie
de factores contextuales que actúan como
condicionantes externos de las tareas que
lleva a cabo el científico social, lo
que se pretende resaltar es que,
desandando el proceso investigativo, lo
que en definitiva subyace a todo proceso
de selección son los valores que en cada
caso imprime el investigador a su
trabajo.
La presencia de estos
valores que actúan a modo de criterios
orientadores del interés
cognoscitivo, y por los cuales se
motorizan las indagaciones de una
realidad cultural inagotable, es lo que
permite afirmar que lo realmente valioso
de un trabajo científico es precisamente
"lo que en él hay de personal"
(5). Y la validez de
esta marca personal se halla justificada
en que la referencia que se establece
entre los datos empíricos y los valores
del investigador no constituye de ninguna
manera la única posible, absoluta o
necesaria. Por el contrario, los
criterios que en cada caso contribuyen a
construir un especial punto de vista,
son también el resultado de una
selección que poco o casi nada tiene que
ver con la materia empírica de que se
trate.
Se haga de manera conciente
o no, lo único que introduce orden en el
caos de una realidad cultural inacabable
es que sólo una parte de ella resulta significativa
para el investigador; significación que
no se encuentra en el elemento de la
realidad como tal, o en la relación que
mantenga con otros fenómenos, sino que
se haya contenida en las ideas de valor
que fueron puestas en juego. He aquí por
qué al definir el objeto de una
investigación, y establecer la
distinción entre lo que se considerará
importante y lo que se tomará como
accesorio, lo que queda materializado
como interés cognoscitivo no es otra
cosa que la propia subjetividad del
investigador, sin cuyas ideas de valor no
existiría ningún principio de
selección posible.
La Subjetividad en el
Cómo
Ahora bien, estos valores
-entendidos en tanto criterios
orientadores del interés cognoscitivo-,
no sólo motorizan las indagaciones sobre
aquellos objetos que serán parcelados
del múltiple escenario empírico, sino
que actúan en tanto guías de las
infinitas relaciones que ligan, al
momento de buscar la comprensión de un
determinado objeto de estudio, los
distintos elementos entre sí.
A diferencia de lo que
ocurren en las ciencias naturales, que
persiguen la explicación de los
fenómenos enmarcadas en un sistema de
leyes generales, en las ciencias sociales
los elementos y relaciones a partir de
las cuales es posible indagar la
comprensión de los objetos resultan
también "conceptualmente
inagotables" (6).
Estrechamente ligadas al específico
punto de vista que adopta y/o construye
el investigador, las indagaciones darán
cuenta del objeto en cuestión sobre la
base de una serie acotada de elementos,
lo que constituye un nuevo proceso de
selección que dará lugar sólo a una
de las posibles direcciones que esta
puede asumir.
Así entendidas, las
relaciones a partir de las cuales se
persigue la comprensión de un objeto
-que resultarán diversas según el punto
de vista adoptado por el investigador-,
no constituyen todas, o las únicas
factibles de análisis, sino que se
presentan como un cierto grupo de
condiciones que, junto con otras, lo
hacen posible. Esta relación de
condicionamiento -que Weber opuso al
esquema tradicional de explicación
causal- es lo que da lugar en este
ámbito del saber a la presencia de
diversos órdenes de compresión que
aparecen vinculados a los distintos
puntos de vista que orientan las variadas
direcciones de las relaciones indagadas
de cara a un mismo objeto de estudio.
Es por esta razón que no
pueda considerarse como exhaustiva
"aun la descripción del segmento
más ínfimo de la realidad" puesto
que tanto la cantidad como el tipo de
causas y relaciones que hacen a cualquier
fenómeno "son siempre
infinitas" (7) y
por tanto su comprensión quedará
restringida a una serie finita de
elementos que seguirán, en cada caso,
una dirección particular de
relaciones entre los fenómenos. Esta
relación, que siempre resultará aislada
de otras también posibles, permite
comprender por qué en ningún caso es
posible perder de vista que el
conocimiento de los procesos culturales
sólo es concebible sobre la base de la
significación que la realidad de la vida
-configurada siempre en forma individual-
tiene para el investigador en
determinadas conexiones singulares.
Frente a esto, no obstante,
es preciso agregar que con lo anterior no
se pretende sugerir que en las ciencias
sociales las investigaciones sólo pueden
alcanzar resultados subjetivos que aunque
válidos para algunos resultan
faltos de validez para otros. Por el
contrario, lo que se intenta destacar es
que en este ámbito las explicaciones en
ningún caso son causales, necesarias o
determinantes, se ven condicionadas
por la delimitación del objeto y la
elección del punto de vista adoptado por
el investigador.
Es esta carencia de base
sistemática -a la que se ven afectados
tanto los objetos, como los puntos de
vista y las consecuentes
interpretaciones-, la que hace que en las
ciencias sociales la conexión interna de
las investigaciones sea netamente problemática.
Y es esta misma falta de sujeción de la
realidad de la vida social a valores
universales y necesarios lo que torna
indispensable una atenta y comprometida vigilancia
subjetiva sobre las sucesivas
selecciones que, en cada caso particular,
lleva a cabo el investigador social.
En definitiva, con lo
anterior no se alude a los
cuestionamientos sobre las posibles
"valoraciones prácticas" que
en el ámbito de las ciencias sociales
han alimentado los debates en torno a la
relación que sus comprensiones mantienen
con los valores, sino a las
relaciones de valor presentes en
el interés específicamente científico;
relaciones que anteceden a la selección
y formación del objeto de estudio y que
intervienen en la posterior
interpretación de sus vinculaciones con
otros fenómenos. Una consideración que,
claro está, adquiere sentido en la
medida en que se reconozcan las
implicancias que para la teoría social
tienen las huellas de subjetividad que
todo investigador deja, en mayor o menor
grado, encubiertas en su quehacer
científico.
NOTAS
1) Rossana Reguillo Cruz, "Las
culturas emergentes en las ciencias
sociales", en Reguillo Cruz
Rossana y Fuentes Navarro Raúl
(coords.), Pensar las Ciencias
Sociales Hoy, México, Iteso, 1997.
2) Giddens Anthony, Turner Jonathan y
otros, La teoría social, hoy,
México, Alianza Editorial, 1991. Pág.
9.
3) Si bien Weber toma esta noción de la
distinción hecha previamente por Rickert
entre juicio de valor y relación de
valor la transforma al confrontarla con
los problemas de investigación concreta
que él mismo debió enfrentar en su
labor y con las divergencias que tuvo que
resolver de cara a sus propios intereses
políticos.
4) Max Weber, Ensayos sobre
metodología sociológica,
traducción de José Luis Etcheverry,
Buenos Aires, Amorrortu Editores, 2001.
5) Max Weber, Op. Cit., Pág.
71.
6) Pietro Rossi,
"Introducción", en Max
Weber, Op. Cit., Pág. 23.
7) Max Weber, Op. Cit. Pág. 67.
ADELA RUIZ
es Licenciada en Comunicación Social
egresada de la Facultad de Periodismo
y Comunicación Social de la
Universidad Nacional de La Plata
donde también se desempeña como
Jefe de Trabajos Prácticos del
Taller de Producción Gráfica I. Es
investigadora en el marco de las
Becas de Iniciación a la
Investigación que otorga la UNLP y
alumna de la carrera de posgrado Maestría
en Periodismo y Medios de
Comunicación que dictan, de
manera conjunta, la FPyCS y la Unión
de Trabajadores de Prensa de Buenos
Aires (UTPBA).
El presente artículo
fue enviado por la autora para su
publicación en Contratiempo
2000-2004 Revista
Contratiempo | Buenos Aires | Argentina
Directora Zenda Liendivit
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