Radioteatro:
La máquina de capturar fantasmas
JORGE
B. RIVERA
Este artículo
fue publicado en el libro MEDIOS DE
COMUNICACIÓN Y CULTURA POPULAR , A.
Ford, J.B. Rivera y E. Romano
(Editorial Legasa / Buenos Aires
1985)
¿Quién no recuerda las
voces clásicas de Rafael Díaz Gallardo,
Silvio Spaventa, Olga Casares Pearson,
Oscar Casco, Mecha Caus, Carmen Valdés y
Guillermo Battaglia, desgranando día
tras día las eternas peripecias del
radioteatro cotidiano, tan idénticas
siempre a sí mismas, pero al mismo
tiempo tan sugestivamente invitadoras a
seguir pendientes de ese débil hilo
fascinatorio y fantasmal que nos
mantenía en vilo junto al mueblecito de
la radio?
Tres o cuatro generaciones
de argentinos, por lo menos, bebieron de
esas fuentes y dividieron preferencias
entre los anacrónicos folletines de
Radio del Pueblo o las expresiones más
sofisticadas (aunque usaran los mismos
trucos) de Radio El Mundo.
Típica invención de la
radiotelefonía argentina, que fue
pionera en varios rubros, entre ellos la
transmisión de avisos comerciales, se
discute todavía si fue efectivamente
Francisco Mastandrea, con su novela
episódica La caricia del lobo,
quien poco antes del 30 emitió por
primera vez un radioteatro.
Más ubicable, a comienzos
de la década del 1930, es la
participación de Andrés González
Pulido, un discutido precursor que desde
la primitiva Radio Nacional de Jaime
Yankelevich logró captar y mantener el
interés del público con su conjunto
"Chispazos de tradición"
Integrado por actores como
Domingo Sapelli, Mario Amaya, Raquel
Notar, Amelia Ferrer, Salvador Frías y
Ernesto Calvet, el "conjunto
criollo" de González Pulido
ofrecía, en realidad, una suerte de
revista radial con música, canciones,
diálogos y pasos de comedia y drama,
inspirados libremente en una visión muy
peculiar del folklore e inclusive de la
misma realidad nacional. Por la
Señal de la Cruz, uno de los
innumerables episodios de la larga serie,
por ejemplo, era presentado por González
Pulido como "un gran churrasco
criollo, chorreando sangre gaucha, de
amor, de pena, de odio, de sacrificios y
angustia
"
Cruz Nazareno, El overo
está embrujao, El cantor misterioso, El
alma de la gauchita y El zanjón de la
muerte fueron algunos de los
títulos que cimentaron un éxito que
llegó a ser legendario y que sentó las
bases de una fórmula repetida hasta el
cansancio por Don Andrés y por sus
numerosos seguidores. Es interesante
recordar, sin embargo, los ataques que en
su época recibió el
"gauchismo" de González
Pulido, y entre ellos las críticas
incisivas que Homero Manzi le prodigó
desde las páginas de la revista Micrófono
(1934-35), acusando a sus creaciones de
inauténticas desde el punto de vista de
la genuina cultura popular, al mismo
tiempo que carentes de verdad histórica
y artística. A lo largo de los años
30, en efecto, se desarrolla la
línea "criollista" que
comienza con González Pulido y que
obtendrá expresiones más rigurosas,
dentro de sus características formales
típicas, con los dramas históricos y
las escenas camperas de Héctor P.
Blomberg y Arsenio Mármol, a los que se
irán sumando folletines sentimentales de
factura y fondo muy similares a la
contemporánea producción
cinematográfica del "Negro"
Ferreyra y de Julio Irigoyen.
Durante esa etapa el
radioteatro estructuró sus historias a
partir de esquemas que ya habían probado
su eficacia en la producción
folletinesca y en los viejos novelones de
Carolina Invernizzio y Luis de Val.
Sobreabundaron los problemas de
identidad, los inocentes condenados, las
madres solteras, los amores imposibles,
los huérfanos, los grandes villanos y
las criaturas absolutamente angelicales,
que padecían tormentos y agravios que no
hubiera soñado el Marqués de Sade.
La dama de las camelias
y Flor de fango suministraron un
modelo ampliamente explotado, y lo mismo
podría afirmarse de las historietas
banales de Delly, que inspiraron
notoriamente a conspicuos representantes
de los radioteatros de las décadas del
30 y 40.
La misma naturaleza del
medio radiofónico, poco propicia para la
marcación de matices y para la
utilización del conjunto de los recursos
autorales y actorales, acentuó el
carácter esquemático y estereotipado de
los personajes, y así las heroínas
remarcaron su desamparo y sus angustias
llorando inacabablemente, y los villanos,
por encima de toda mesura, impostaron sus
voces hasta convertirlas en abyectas e
intolerables expresiones de la
perversidad humana.
Luego de esta discutida
etapa inicial, el teatro microfónico
comienza a desarrollarse con rapidez,
ganando en calidad y trascendencia con
otros autores, temas e intérprete.
Mayores exigencias del público, que
concluye por cansarse de las ingenuidades
y del grueso melodramatismo del primitivo
radioteatro, contribuyen a elevar su
nivel general, aunque no consigan
redimirlo de muchos de sus pecados de
origen. Martinelli Massa, Blomberg, Olga
Casares Pearson, Mecha Caus, Pedro López
Lagar, Antuco Telesca, Manuel A. Meaños,
Silvia Guerrico, Rafael García Ibañez,
Nora Cullen, Guillermo Battaglia, Atilano
Ortega Sanz, Gloria Ferrandiz (
)
Abel Santa Cruz, Nené Cascallar, etc.
son nombres que marcarán líneas de
evolución y estilos bien definidos
(incluso socialmente definidos) en el
quehacer radioteatral de los años
40 y 50.Ya avanzada la
década del 40 se percibe una
sensible reacción contra los temas y
estilos anteriores. El cine y la
creciente difusión de grandes novelas
universales comienzan a desplazar, en las
preferencias de las amas de casa que
forman el generoso público mayoritario
de los radioteatros, a los ingenuos
folletines lacrimógenos de la década
anterior.
Los "ídolos" de
la radio se mimetizan con las grandes
figuras del cine, y así vemos a López
Lagar interpretando el papel de Lawrence
Olivier en Cumbres Borrascosas,
y a Nora Cullen interpretando el papel de
Bette Davis en Amarga victoria.
Desde este punto de vista el radioteatro
siguió una vía típica, inaugurada por
su modelo cinematográfico cuando los
grandes manipuladores de Hollywood se
propusieron "elevar la
puntería" y ofrecer al público un
producto de cierta jerarquía cultural y
artística. Dicha vía fue,
coincidentemente, la adaptación de
grandes obras de la literatura universal.
Coartada
"cultural", en el fondo , los
manipuladores del "medio"
tendieron su ojo sagaz sobre Balzac,
Tolstoi, Dickens y Hugo, pero también
sobre F.M. Hull, Pierre Benoit y Xavier
de Montepin (promovidos ellos también a
la categoría de "clásicos"),
para brindar por turno su particular
versión de La piel de zapa, Ana
Karenina, Los miserables,
etc. (y también, por qué no, de El
árabe, La Atlántida y La panadera).
El radio teatro pasa, o
intenta pasar, a niveles de mayor
emotividad y verosimilitud. Como anota
Gueñol en su interesante Evocación
del radioteatro, que puede servir
como punto de partida documentado y de
primera mano para una historia del
género, los actores y actrices bajan la
voz y musitan, como lo hacen Oscar Casco
e Hilda Bernard, y se busca la creación
de un clima más depurado, a través de
la incorporación de efectos especiales y
de fondos o cortinas musicales pensadas
con un criterio funcional. En este rubro
se destacan verdaderos especialistas,
como Guido Gorgatti, Roberto Prince y
Juan Carlos Rocca. Un capítulo aparte,
por cierto, merecería la labor
renovadora, rigurosa y ejemplar de
algunos directores de radioteatro, y en
forma muy particular la que cumplió en
ese medio una figura como Armando
Discépolo.
Mejoró, inclusive, la
calidad literaria de los textos, que
trataron de reproducir flexiones más
creíbles y cotidianas, si bien
persistió en la mayoría de los casos la
apelación banal y la reiteración de
esquemas trillados, que repetían hasta
el cansancio la teoría melodramática y
sentimentaloide de la mucamita enamorada
del hijo del patrón, o del chofer
en realidad un millonario de
incógnito- es escarceos con la
"niña bien" díscola y
displicente.
No faltaron, por cierto,
valiosas tentativas de exploración de la
vida cotidiana y radioteatros que
trataron conflictos dramáticos de mayor
consistencia, y considerado en su
conjunto, con sus estereotipos y
banalidades, con sus aportes originales y
sus momentos más depurados, sería
absolutamente injusto no reconocer el
alto grado de perfección artesanal y el
seguro oficio que caracterizó en líneas
generales al radioteatro argentino, tanto
en el plano interpretativo como en el
técnico, y esto a favor de sus propias
leyes y experiencias y sin recurrir al
sostén de modelos importados.
En la muerte del radioteatro
que sin embargo conserva vigencia
en algunos medios rurales y urbanos del
interior- pesaron menos sus falencias y
debilidades que la novedosa y
convulsionante irrupción de la
televisión y los teleteatros,
prolongadores, a su turno, de los viejos
contenidos folletinescos que había
vehiculizado en su momento la
radiofonía. Desde Lil, la de los
ojos color del tiempo, El príncipe de
los ojos verdes y Los ojos más
lindos del mundo formas
diversas de un mismo mensaje redundante-
se tiende una línea sutil, una suerte de
círculo cerrado por los ojos
ensimismados de las telespectadoras.
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