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La ciudad
como un mal curable.
Ritual e histeria
JOSEPH RYKWERT
Del
libro La idea de Ciudad.
Antropología de la forma urbana
en el mundo antiguo, Joseph
Rykwert (Biblioteca Básica de
Arquitectura, Hermann Blume,
1985/Madrid)La preocupación por
la sacralidad del espacio, la
identificación de un espacio
acotado con la propia ciudad
natal y también con el
comportamiento personal y la
forma íntima del propio cuerpo
darán al lector moderno la
impresión de que todo ello
impone al ciudadano el peso
abrumador de unas observancias.
Siegmund Freud tomó este
problema como un paradigma de la
histeria en sus cinco
conferencias sobre psicoanálisis
pronunciadas en la Universidad de
Clerk, Worcester, Mass., en 1909.
Nuestro paciente
histérico sufre de
reminiscencias. Sus síntomas son
residuos y símbolos mnemónicos
de unas experiencias traumáticas
concretas. Podríamos conocer
más a fondo este tipo de
simbolismo si comparásemos todo
esto con los símbolos
mnemónicos que hallamos en otros
ámbitos. También son símbolos
mnemónicos los monumentos
conmemorativos con que se adornan
las ciudades. Si alguien sale a
pasear por las calles de Londres,
encontrará frente a una de las
mayores terminales de ferrocarril
una columna gótica ricamente
esculpida: Charing Cross. Uno de
los viejos reyes Plantagenet del
siglo XIII mandó trasladar a
Westminster el cuerpo de su amada
reina Eleanor, y en cada uno de
los puntos en que se detuvo el
ataúd erigió una cruz gótica.
En otro punto de la misma ciudad,
no lejos del Puente de Londres,
se encuentra una elevada columna
conocida simplemente como El
Monumento. Se erigió como
recuerdo del gran incendio que se
desató en aquella zona el año
1666. Estos monumentos, por
tanto, se asemejan a los
síntomas de la histeria en
cuanto que constituyen símbolos
mnemónicos. ¿Qué pensaríamos
de un londinense que se detuviera
hoy, abrumado de melancolía,
ante el monumento conmemorativo
de los funerales de la reina
Eleanor, en vez de acudir a sus
asuntos o en vez de sentirse
alegre con el pensamiento de la
joven reina de su corazón? ¿Y
qué pensaríamos de otro
londinense que derramara
lágrimas ante El Monumento que
conmemora el día en que su amada
metrópolis fue reducida a
cenizas, a pesar de que luego
resurgió con mayor esplendor?
Pues lo cierto es que cualquier
histérico o neurótico se
comportan como esos dos
londinenses tan poco prácticos.
No sólo rememoran unas penosas
experiencias del pasado remoto,
sino que además se aferran
emocionalmente a ellas
Más adelante, en la
misma conferencia, explica Freud
la naturaleza de la
"cura" psicoanalítica:
Se siente uno
tentado a suponer que la
enfermedad se produjo a causa de
que los efectos generados en la
situación patogénica tienen
bloqueados sus aliviaderos
normales porque "el
paciente
se vio obligado a
suprimir una fuerte emoción en
vez de dejar que se descargara en
los signos apropiados de la
emoción, las palabras o la
acción". Consecuentemente,
la esencia de la enfermedad
consiste en el hecho de que tales
efectos, estrangulados, se
pusieron luego al servicio de un
uso anormal
En esta exposición
tan simplificada y
temprana- del método
psicoanalítico trata Freud el
conocimiento que tiene el
ciudadano del carácter
mnemónico que entrañan los
monumentos de su ciudad como algo
análogo a la condición
patológica. Se diría que
propugna una especie de
indiferencia hacia nuestro
entorno.
La intención de
este libro parece ser
completamente opuesta. En efecto,
me he preocupado de mostrar la
ciudad como un símbolo en que el
ciudadano, a través de ciertas
experiencias palpables, como
procesiones, fiestas estacionales
y sacrificios, se identifica con
su ciudad, con su pasado y con
sus fundadores. Pero todo este
complejo de prácticas no era
represivo. Al contrario, parece
hasta cierto punto conciliador e
integrador, equivalente a la
relación que Freud presenta como
"normal" en esta
situación. Es decir, que el
apego que alguien siente hacia su
entorno permite la descarga de
las emociones "en los signos
adecuados:
las palabras o
la acción".
Pero Freud nunca
deja de ser patólogo: "Hay
un axioma en patología general
dice en la cuarta de
aquellas conferencias- en que se
afirma que todo proceso evolutivo
lleva consigo las semillas de una
disposición
patológica
". Es, por
consiguiente, muy sintomático el
hecho de que Freud, todo un
burgués y típico habitante de
ciudad, nunca llegara a tener la
visión de la continuidad del
esquema urbano, ni siquiera en
aquel París en que tanto supo
disfrutar. Para él, toda la
magnificencia de la Acrópolis se
reducía al color ambarino de sus
columnas y las asociaciones que
le sugería. El Londres que
describe en el pasaje citado es
un complejo de anécdotas
históricas. Incluso para el
inveterado visitante de museos
que fue Freud, mirón
infatigable, la ciudad sólo
proporciona experiencias
"estéticas" aisladas o
se reduce a un fascinante y
oscuro rompecabezas en el que la
existencia del individuo ha de
asumir "el estilo que
imponen sus agobiantes
condiciones de trabajo moderno a
quienes han de afanarse en sus
negocios" o únicamente se
permite la experiencia de la
emoción privada. Merece la pena
reconsiderar este pasaje en que
el patólogo sensible deja al
descubierto el síntoma esencial
de la enfermedad. La
materialización del modelo se ha
degradado, y la ciudad, tal como
se muestra al visitante o a su
morador, es sólo un tejido
anecdótico que impide al
individuo ocuparse debidamente de
sus deberes o le estorba su
personal desarrollo. Anécdota
sin concepto de estructura que
hay más allá. La ciudad de
Freud es la ciudad según
Haussmann, la Viena cercada por
el Rhin. "El conglomerado ha
de ser transformado escribe
Françoise Choay- en un
instrumento eficaz de producción
y consumo", y cita en este
mismo contexto las palabras de
Haussmann: "¿Qué vínculos
municipales unen a los dos
millones de habitantes que se
apiñan en París?
Para
ellos, París es un gran mercado
de consumidores, una enorme
fábrica, la arena de todas las
ambiciones".
La idea que
impulsaba a Haussmann no era
simplemente el deseo de favorecer
la fluidez del tráfico ni la de
abrir anchas avenidas por las que
se disipara el humo de los
disparos, como llegaron a sugerir
en ocasiones sus enemigos. Ni
siquiera le preocupaba mejora el
nivel espantoso en
ocasiones- de habitabilidad o la
apertura de grandes espacios.
Todo ello se tuvo en cuenta. Pero
Haussmann se consideraba ante
todo un artista.
Independientemente de sus
observaciones denigrantes acerca
de los edificios como mero dècor
de la vie, estaba totalmente
dedicado al culte de l axe.
Las arterias que abrió no eran
simplemente el camino más corto
para ir de un punto a otro, sino
que además exigió que, cuando
ello fuera posible, tuvieran
"grandes perspectivas"
y dispuso el trazado de las
calles a fin de crear puntos de
convergencia y articular las
confluencias a lo largo de los
bulevares.
Pero no se tuvo en
cuenta un modelo, ni siquiera
metafóricamente. Luego vendrían
los poetas a identificar la Ile
de la Cité con los órganos
sexuales de un personaje femenino
y la Tour St. Jacques con los
masculinos. Son identificaciones
fáciles, pero resultan
inevitablemente fragmentarias,
pues la obra de Haussmann fue
concluyente. Es imposible una
visión metafórica de la ciudad.
Y no es sólo que el ciudadano se
niegue a reflexionar sobre los
grandes episodios
(¿traumáticos?) del pasado de
su ciudad. Según vaya caminando
por un bulevar, lo natural no
será que se dedique a pensar en
el origen del término o en el
camino de ronda de las
fortificaciones medievales o del
siglo XVI.
Y aunque lo hiciera,
con ello no se pondría remedio a
la situación patológica que
Freud puso al descubierto en el
pasaje antes citado. Aliviar los
síntomas es una terapia
respetable, pero de aplicación
limitada. El problema subsiste.
La estructura monumental de la
ciudad, en cuanto que ejerce un
impacto sobre sus habitantes, se
considera análoga a una
condición patológica, pues la
ciudad tendría por fin facilitar
la circulación de bienes y
personas a la búsqueda de la
riqueza, el cumplimiento de sus
deberes y la satisfacción de sus
ambiciones. Y de su
gratificación personal, hubiera
podido añadir Freud. No habría
por qué negar las exigencias
legítimas de la libido, pues de
hacerlo así, tanto el individuo
como el organismo social
sufrirían un colapso. Sin
embargo, la cuestión que ahora
planteo, el problema y el caso
tienen mayor alcance. Con ello
retorno al rito etrusco y a las
ceremonias y monumentos que he
traído a colación.
Empezaré por los
paralelos, que han sido tomados
deliberadamente de un panorama
muy amplio, aunque
seleccionándolos de una
abrumadora masa de materias. Los
paralelos indios y chinos nos
muestran una cosmología y una
ordenación social muy complejas
que se han materializado en la
configuración urbana, mientras
que los Mande desarrollan una
pantomima intensamente dramática
sobre estas mismas creencias, al
igual que los Siux. Estos, junto
con los Bororo, muestran hasta
qué punto depende íntimamente
el hombre de la configuración de
su hogar y su entorno tangible.
Estos ejemplos pertenecen a
distintos continentes y culturas
muy diferentes. Algunos lectores
tratarán sin duda de explicar
ciertas semejanzas (como los
llamativos paralelos existentes
entre las costumbres de los Mande
y las romanas) por la mera
difusión, pero esos paralelos se
amplían hasta abarcar el viejo
mundo chino, la Mesopotamia y las
selvas amazónicas. Y me atrevo a
añadir que si quisiéramos
abarcar todo el mundo, podríamos
encontrar ejemplos adecuados
desde los Bantúes de Africa del
Sur hasta los territorios
noroccidentales del Canadá.
También la amplitud temporal
parece inconmensurable, pues
desde los tiempos del
Paleolítico se mantienen
persistentemente los conceptos de
ortogonalidad y orientación
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