HEMEROTECA / REVISTAS ARGENTINAS

El hogar
22 de setiembre de 1939 / Año XXXV - N° 1562

 

Reconozcamos que el cine nacional ha nacido y se ha desarrollado ante la indiferencia de las clases cultas y pudientes. La gente de dinero no invirtió en él un sólo centavo, y las personas de buen gusto se limitaron a sonreír de sus primeros esfuerzos. Cosa que no debe sorprender, porque es lo que ocurre en el país cada vez que se intenta algo nuevo.

El cine argentino es ahora una floreciente realidad industrial. Un buen negocio. Dentro de los conceptos individualistas del liberalismo económico, parecería justo que sus "pionners" lo manejaran y usufructuasen a capricho. Para eso lo crearon. Pero ocurre que el cine no es un negocio solamente. Su enorme difusión y su influencia directa en las masas obligan a encararlo de otra manera. Tiene repercusión social. Es, en cierto modo, un problema de orden público. Por lo tanto, no sólo debe despertar la codicia de los que "se perdieron" el negocio -como está ocurriendo,- sino también la atención de los que no previeron el problema.

El cine nacional, que progresa con rapidez en el orden técnico, carece de contenido. Salvo pocas excepciones, los argumentos son inferiores y los diálogos groseros. Más aún: hay películas que constituyen verdaderas lecciones de mal gusto, cuando no exaltaciones directas de la estulticia y de la chabacanería, destinadas a halagar alevosamente las peores inclinaciones de ciertos sectores del público.
Algunas personas creen que el problema se resolvería incorporando al cine mayor número de escritores. De escritores que tengan sentido cinematográfico, cabe agregar, puesto que no basta ser autor de cuentos o de ensayos para concebir y dialogar una película, del mismo modo que el título de buen novelista no da patente de autor teatral.
El cine es un medio de expresión, nuevo y distinto. Exige una técnica que se asimila y una aptitud que se aprende.

Pero aún en el caso de que se incorporaran al cine argentino numerosos escritores dotados de aguda visión cinematográfica, el nivel de la producción no mejoraría sensiblemente. Apenas se vincula al medio, el escritor sufre una desilusión. Una desilusión que es más grande cuanto mayores son sus aspiraciones. Descubre que la industria cinematográfica está dirigida con criterio exclusivamente administrativo. El productor invierte grandes sumas de dinero, y sólo se preocupa de obtener el mayor interés. Su Biblia es el libro de ingresos. Juzga las películas por el valor comercial, no por el valor artístico. Cuando el escritor termina de exponer sus propósitos, el productor exhibe las planillas de entradas. Y las planillas de entradas demuestran, desgraciadamente, que, si bien las películas dignas dejan ganancias, las burdas payasadas o los melodramas sensibleros rinden más beneficios.

Esto no debe sorprender a quien conozca el nivel de cultura del público que costea principalmente los films nacionales. El cine argentino no puede vivir sin el público culto de las capitales; pero tampoco vive de él solamente.

  Y ¿cómo extrañarse de que el público de ciertas zonas del interior -zonas dejadas de la mano de Dios y de las autoridades, donde se registra la casi totalidad de los analfabetos que existen en el país -no entiendan ni gusten los films hondos y bellos que piden los críticos, que reclaman los funcionarios oficiales y que aspiran a hacer los directores y argumentistas capaces?

Por otra parte, sería ingenuo esperar que los productores -que son comerciantes, dígase lo que se diga- resuelvan reducir espontáneamente sus beneficios en homenaje a la educación de los espectadores. Ellos sólo ofrecerán argumentos de calidad -no como excepción, sino como base de programa- cuando el grueso del público lo exija; es decir: cuando sea un negocio. Tal es la verdad. Mientras la producción cinematográfica continúe regida exclusivamente por la ley de la oferta y la demanda, el nivel de los argumentos estará ligado al nivel de la cultura media. Por lo tanto, no basta con que los funcionarios oficiales reclamen airadamente el mejoramiento de la cinematografía, en bien de la educación común. Además de pedir mejores películas, deberían crear más escuelas.

Pero, ¿debemos resignarnos a que se sigan produciendo tantos films subalternos, en espera de que otros factores eleven el nivel de cultura y sea el público mismo quien elija películas de más calidad? No, porque la calidad del cinematógrafo no es sólo un resultado del medio ambiente, sino también un factor social. Influye sobre las masas y, en consecuencia, puede neutralizar la acción de otros factores de mejoramiento.

Se proyecta resolver el problema premiando a los directores, argumentistas, intérpretes y técnicos de los mejores films. No basta. Quienes determinan la calidad del cine, en realidad, son las empresas. Hay que estimularlas a ellas, despertando el interés de los productores -cuya condición de comerciantes, digámoslo de paso, ha sido tan útil en otros aspectos de la industria-. Pero hay que estimularlos prácticamente, no sólo con elogios y mensajes de felicitación, sino también con importantes sumas en efectivo -¡se gasta tanto en cosas inútiles!- destinadas a las mejores películas del año o a la empresa que haya distribuido la producción de mayor jerarquía total. ¿Acaso el buen cine no es obra de cultura? Merece, pues, que se lo subvencione, como se subvencionan las bibliotecas. Con el agregado de que a las bibliotecas concurre menos gente que a los cinematógrafos...

He aquí un recurso más práctico que cualquier censura, remedio éste que siempre es peor que la enfermedad. Práctico y posible, puesto que la intervención oficial no tiene por qué ser, necesariamente, coercitiva y asfixiante. Se obtiene más con el estímulo que con las trabas. El día en que filmar buenas películas constituya un negocio, se asistirá al milagro increíble de ver a nuestros productores compitiendo denodadamente por hacer films de calidad, a fin de ganar los premios.

Parecerá extraño que los escritores se ocupen de estas cosas. Es que, mientras no se resuelvan estas cosas, los escritores no podrán ocuparse de otras. Sólo cuando las empresas tengan interés económico en producir películas artísticas, los escritores estarán en condiciones de actuar sin trabas, contribuyendo a la elevación mental del público con argumentos de categoría. Argumentos que deberán ser -para que cumplan realmente una función educativa- amenos, interesantes y accesibles a las masas, ya que el público concurre al cine con el propósito de entretenerse. Recordemos que el cinematógrafo es, y debe seguir siendo, un espectáculo para las mayorías. Que las mayorías tengan eso, por lo menos.

Lo señalo porque entre nosotros existe la costumbre -un tanto subtropical- de creer que sólo las cosas solemnes y aburridas son profundas...

S. PONDAL RIOS

22 de setiembre de 1939

 
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