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RETRATOS
DE GUERRA J. B.
ALBERDI
No hay
guerras justas ni civilizadas / El
crimen de la guerra
La palabra guerra justa,
envuelve un contrasentido
salvaje; es lo mismo que decir,
crimen justo, crimen santo,
crimen legal.
No puede haber guerra justa,
porque no hay guerra juiciosa. La
guerra es la pérdida temporal
del juicio. Es la enajenación
mental, especie de locura o
monotonía, más o menos crítica
o transitoria.
Al menos es un hecho que, en el
estado de guerra, nada hacen los
hombres que no sea una locura,
nada que no sea malo, feo,
indigno del hombre bueno.
De una y otra parte, todo cuanto
hacen los hombres en guerra para
sostener su derecho, como llaman
a su encono, a su egoísmo
salvaje, es torpe, cruel,
bárbaro.
El hombre en guerra no merece la
amistad del hombre en paz. La
guerra, como el crimen, sabe
suspender todo contacto social
alrededor del que se hace
culpable de ese crimen contra el
género humano; como el que riñe
obliga a las gentes honestas a
apartar sus miradas del
espectáculo inmoral de la
violencia.
Guerra civilizada es un
barbarismo equivalente al de
barbarie civilizada.
Excluir a los salvajes de la
guerra internacional, es privar a
la guerra de sus soldados
naturales....
Como la guerra ocupa el poder y
tiene el gobierno de los pueblos,
ella es la ley del mundo; y la
paz no puede tomarle su
ascendiente sino por una
reacción o revolución sin armas
que constituye este problema casi
insoluble: el de un ángel
desarmado que tiene que vencer y
desarmar a Marte, sin lucha ni
sangre...
ALBERT CAMUS
El hombre
rebelde
Hay crímenes de pasión y
crímenes de lógica. La frontera
que los separa es incierta. Pero
el Código Penal los distingue,
bastante cómodamente, por la
premeditación. Estamos en la
época de la premeditación y del
crimen perfecto. Nuestros
criminales no son ya esos
muchachos desarmados que
invocaban la excusa del amor. Por
el contrario, son adultos, y su
coartada es irrefutable: es la
filosofía, que puede servir para
todo, hasta para convertir a los
asesinos en jueces.
Heatchcliff, en Cumbres
borrascosas, mataría a la
tierra entera para poseer a
Cathie, pero no se le ocurriría
la idea de decir que ese
asesinato es razonable o está
justificado por el sistema. Lo
realizaría y ahí termina toda
su creencia. Eso supone la fuerza
del amor y el carácter. Como la
fuerza del amor es rara, el
asesinato sigue siendo
excepcional y conserva entonces
su aspecto de quebrantamiento.
Pero desde el momento en que, por
falta de carácter, corre en
busca de una doctrina, desde el
instante en que el crimen se
razona, prolifera como la razón
misma, toma todas las formas del
silogismo. Era solitario como el
grito y he aquí que se hace
universal como la ciencia. Ayer
juzgado, ahora dicta leyes.
GEORGES
BATAILLE
El orden
militar / Teoría de
la religión
El sacrificio humano atestigua al
mismo tiempo un exceso de riqueza
y una muy penosa manera de
gastar. Desemboca en conjunto en
la condena de los sistemas nuevos
bastante estables, cuyo
crecimiento era débil y en los
que el gasto era a la medida de
los recursos.
El orden militar pone fin a los
malestares que respondían a una
orgía de consumo. Ordenó un
empleo racional de las fuerzas
para el crecimiento constante del
poder. El espíritu metódico de
conquista es contrario al del
sacrifico y desde un comienzo los
reyes militares se rehúsan al
sacrifico. El principio del orden
militar es la desviación
sistemática de la violencia
hacia el exterior. Si la
violencia hace estragos en el
interior, se opone a ella en la
medida en que puede. Y
desviándola hacia fuera, la
subordina a un fin real. La
subordina así generalmente. Así
el orden militar es contrario a
las formas de combate
espectaculares, que responden
más a una explosión
desenfrenada de furor que al
cálculo razonado de la eficacia.
Ya no apunta, como lo hacía en
la guerra y en la fiesta un
sistema social arcaico, al mayor
gasto de fuerzas. El gasto de
fuerzas subsiste, pero sometido
al máximo a un principio de
rendimiento: si las fuerzas son
gastadas, es con vistas a la
adquisición de fuerzas mayores.
La sociedad arcaica se limitaba
en la guerra a redadas de
esclavos. Conforme a sus
principios, podía compensar esas
adquisiciones por medio de
hecatombes rituales. El orden
militar organiza el rendimiento
de las guerras en esclavos, el de
los esclavos en trabajo. Hace de
la conquista una operación
metódica, con vistas al
ensanchamiento del imperio.
SIEGFRIED
KRACAUER
La
propaganda nazi. Conflicto con la
realidad / De
Caligari a Hitler
El Berlin Diary, de
Shirer, hace evidente que los
nazis procedían de acuerdo
con un plan al ocultar al
público las calamidades de la
guerra. El 16 de mayo de 1940,
Shirer escribió: Acabo de
ver dos noticieros no censurados
en nuestra conferencia de prensa
en el Ministerio de Propaganda.
Presentaban tomas del ejército
alemán causando destrozos a
través de Bélgica y Holanda. Se
mostraban algunos de los más
destructivos efectos de las
bombas y granadas alemanas. Las
ciudades yacían devastadas,
soldados y caballos muertos por
doquier, y la tierra y la
mampostería volando cuando una
bomba o granada daba en el blanco...Las
notas de Shirer atestiguan de la
presencia visual de la muerte en
los originales de los noticieros
alemanes y del interés ocasional
del Ministerio de Propaganda en
impresionar con los horrores de
la guerra la mente de un grupo
seleccionado de corresponsales
extranjeros. Presumiblemente, las
autoridades nazis querían que
ellos escribieran o transmitieran
informes que difundieran el
pánico en el extranjero; pero,
por supuesto, las autoridades
nazis no querían afligir al
pueblo de su propio país.
...Aunque todo el sistema
totalitario dependía de su
habilidad para transformar la
realidad a su arbitrio, los nazis
no se arriesgaron a tratar la
imagen de la muerte. Für uns
-1937-, film nazi que mostraba la
conmemoración en Munich de los
partidarios caídos, culmina con
la siguiente escena: el locutor
lee la lista de los muertos, y, a
cada nombre que anuncia, las
masas de partidarios vivos
responden al unísono: Presente.
Pero ésta es una ceremonia
completamente preparada bajo
control. ¿Cómo reaccionarían
los publicos incontrolables a la
visión en la pantalla de
soldados alemanes muertos? La
falta de cadáveres en los filmes
de guerra nazis revela el secreto
temor de los líderes de que
nadie dijese Presente en
esos momentos. Su temor estaba
indudablemente bien fundado. La
vista de la muerte, el más
definitivo de todos los hechos
reales, podría haber conmovido
al espectador tan profundamente
como para devolverle su
independencia de pensamiento y
así haber destruído el hechizo
de la propaganda nazi.
THOMAS MANN
El trueno / La
montaña mágica
-¿En dónde nos encontramos?
¿Qué es eso? ¿Dónde nos ha
transportado el soñar?
Crepúsculo, lluvia y barro. Un
rojo turbio en el cielo
incendiado. Un sordo trueno
resuena sin descanso y llena el
aire húmedo, desgarrado por
silbidos agudos, rabiosos e
infernales. Estrépito de
explosiones, de crujidos, de
gemidos, de gritos, de címbalos
entrechocados que amenazan
romperse, de prisa, cada vez más
de prisa
Hay allá abajo un bosque del
cual surgen enjambres grises que
corren, caen y saltan.
Una línea de colinas se extiende
ante el incendio lejano, cuyos
rojos resplandores se condensan a
veces en llamas vivas.
En torno de nosotros, campos
ondulantes, trastornados. Un
camino cubierto de ramajes, un
camino de campaña, que se lanza
hacia la colina; troncos de
árboles bajo la lluvia fría,
desnudos, sin ramas
Aquí hay un poste indicador,
inútil interrogar, la penumbra
nos velaría la inscripción.
¿Este u Oeste?
Es el país llano, es la guerra.
Y nosotros somos sombras tímidas
al borde del camino, confusos de
gozar de la seguridad de las
sombras, para mirar el sencillo
rostro de un camarada gris, de
uno de esos camaradas grises que
corren y se precipitan; del
compañero de tantos años, del
valiente pecador cuya voz hemos
oído con tanta frecuencia, para
mirar una última vez ese rostro
antes de perderlo para siempre de
vista.
ERNST
JÜNGER
Sobre los
acantilados de mármol
La magnitud del desastre estaba
escrita en inmensas llamas, y en
la lejanía, en las riberas de la
Marina, las viejas casas, tan
hermosas, brillaban en una
ardiente ruina. Las casas
lanzaban las llamas cual si
fueran un gigantesco collar de
rubís, y su imagen temblorosa
nacía en las sombrías
profundidades de las aguas.
Ardían los pueblos, y las
aldeas, y los orgullosos
castillos, y los monasterios de
los valles, y el incendio brotaba
con ímpetu por doquier. Limpias
de humo, las llamas se elevaban
en el aire inmóvil como palmeras
de oro, y sus copas despedían
una lluvia de fuego. Muy altas,
en la noche, sobre el
chisporroteo, tocadas de una roja
claridad, volaban bandadas de
palomas y de garzas, que habían
salido de los cañaverales. Y las
aves describían grandes
círculos hasta que su plumaje se
abrasaba y entonces, cuando tal
ocurría, caían en el incendio
como ardientes harapos.
Ni un ruido llegaba hasta mí, y
parecía que el espacio hubiera
quedado sin aire. El espectáculo
discurría en medio de un
terrible silencio. No oí los
sollozos de los niños, ni las
quejas de las madres, ni el
clamor de la batalla de los
miembros de los clanes, ni mugir
el ganado, preso en los establos.
De entre todos los terrores de la
destrucción, sólo una dorada
claridad llegaba hasta los
acantilados de mármol. Así,
para delicia de la mirada, en la
belleza de las cosas que se
extinguen se fundían dos mundos
tan distanciados uno de otro.
Ni tan siquiera oí el grito que
se escapó de mis labios.
Únicamente, en lo más profundo
de mi ser, como si la llama
también me hubiese devorado, oí
el crepitar de aquel mundo en
fuego.
RODOLFO
WALSH
El tiempo se
detiene / Operación
Masacre
Más cerca de la ruta
pavimentada, Livraga también se
ha quedado quieto, pero
infortunadamente para él, en una
posición distinta. Está caído
de espaldas, cara al cielo, con
el brazo derecho estirado hacia
atrás y la barbilla apoyada en
el hombro
Además de oír, él ve mucho de
lo que pasa: los fogonazos de los
tiros, los vigilantes que corren,
la exótica contradanza de la
camioneta que ahora retrocede
despacio en dirección al camino.
Los faros empiezan a virar a la
izquierda, hacia donde él está.
Cierra los ojos.
De pronto siente un irresistible
escozor en los párpados, un
cosquilleo caliente. Una luz
anaranjada en la que bailan
fantásticas figuritas violáceas
le penetra la cuenca de los ojos.
Por un reflejo que no puede
impedir, parpadea bajo el chorro
vivísimo de luz.
Fulmínea brota la orden:
-Dale a ése, que todavía
respira
Oye tres explosiones a
quemarropa. Con la primera brota
un surtidor de polvo junto a su
cabeza. Luego siente un dolor
lacerante en la cara y la boca se
le llena de sangre.
Los vigilantes no se agachan para
comprobar su muerte. Les basta
ver ese rostro partido y
ensangrentado. Y se van creyendo
que le han dado el tiro de
gracia. No que saben que ése
y otro que le dio en el
brazo- son los primeros balazos
que le aciertan.
El fúnebre carro de asalto y la
camioneta de Rodríguez Moreno se
alejan por donde vinieron.
La Operación Masacre ha
concluido.
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