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Informe Especial Nº 3 / Los espacios de la locura

   


El sueño de la razón
FRANCO RELLA
Del libro Metamorfosis. Imágenes del pensamiento. Franco Rella. Espasa Calpe

Pero ¿qué es lo contrario de un sueño, oh Fedro, si no otro sueño?...
Un sueño de vigilancia, producido por la propia razón.

P. VALERY

1.- Podemos imaginar un estado de terror puro, absoluto. Quizá lo hemos rozado en la pesadilla, o en la espera, o en el instante de un terrible despertar después de una noche de sueños inquietos. O quizá, también, en aquel instante en que el tedio nos ha rodeado de una niebla profunda, que ha vuelto indiscernibles los contornos de las cosas habituales, inseguro el terreno sobre el que se posaban nuestros pies, condenándonos a la rígida inmovilidad de un cuerpo atrapado en un hielo mortal. Las cosas parecen entonces, como ha dicho Baudelaire, mirarnos con rostro familiar y extranjero. Se envuelven y se ocultan en símbolos irreconocibles, y ninguna imagen, ninguna figura, ningún "como si", parece capaz de ayudarnos. Lo real se presenta "en el estado puro y de repente detiene el corazón".
Lo real en el estado puro, lo informe, lo desconocido sin nombre y que no puede, precisamente por ello, "ser exorcizado, o invocado, o mágicamente aferrado". Las estrategias míticas y racionales, que el hombre ha utilizado en su existencia individual y en su historia, han sido el intento de imponer "un nombre al caos de lo innominado", y de dominar así la "horrible casualidad" a través de los nombres, las figuras, los ritos, las liturgias, las recurrencias, las repeticiones. Podemos descubrir la puesta en juego de esta exigencia en dos mitos, de los más resistentes y recurrentes en la historia del pensamiento humano: el mito de Narciso y el mito de Edipo.
El mito de Narciso significa el intento del sujeto de operar una especie de revocación de lo real, fijándose únicamente en su propia imagen. Pero la imagen muestra, en primer lugar, que el sujeto puede estar dividido, volverse otro, objeto de amor imposible. Así pierde su aparente generalidad. La imagen del espejo permite vislumbrar, en efecto, los márgenes huidizos, pero al mismo tiempo nítidos y cortantes, de la pérdida y de la muerte. Narciso descubre, mirándose, que es mortal. Y este oscuro halo de muerte, que rodea su imagen, encrespa la superficie de las aguas, enturbia el espejo, hace efímera su belleza, transformando también su cuerpo en un paisaje extranjero e inquietante.
Edipo, viceversa, hasta su terrible ceguera que le impide ver otra cosa que la oscura profundidad de su alma, no pone en tela de juicio lo real y sus enigmas. Intenta resolver, y resuelve venciéndolo, el enigma de la esfinge, para llegar así al corazón mismo de la realidad, a su secreto más profundo. Pero este recorrido le conduce allí donde la realidad ya no tiene nombre: a la oscuridad del seno materno, al horror del incesto, al lugar en que fuerzas irresistibles doblegan al sujeto y le aplastan inexorablemente. La voluntad de saber conduce a la oscuridad sin nombre. La necesidad de introducir orden, que es constitutiva del espíritu humano, como afirma Valéry, descubre el desorden de que está hecho este mismo espíritu.
Sin embargo, como ha visto Blumenberg, el mismo relato, el mito que representa el horror y lo informe, es un dominio, aunque parcial e imperfecto, del mismo horror. La palabra y la imagen abren una vía al pensamiento, a través de las cosas, hacia la forma, a una forma. La cabeza de la Medusa representada significa el miedo, pero no es el propio miedo. Así que podemos llegar a un sistema de representaciones que, en cierto modo, permita recorrer lo real, excave y trace caminos y senderos allí donde todo antes se presentaba como un desierto, como un muerto paisaje de piedra.
Es entonces cuando el hombre puede concebir un dominio sobre las cosas que antes, sin nombre y sin figura, aparecían como sumergidas en un indomable horror. Pero a medida que esta idea ejerce su poder, se transforma en un sueño, en el sueño de la razón, el sueño de una vigilancia absoluta: la construcción de una red lingüística y conceptual que encierra en sí, sin ninguna ruptura, todo lo real. Se trata de transformar el azar en causa; la contigüidad, en nexo y relación. En la máxima tensión de este sueño, Grecia ha comenzado un proceso de racionalización, y, por tanto, de negación, del mito. Fue entonces cuando los griegos fundaron la geometría: "Era una empresa insensata: nosotros seguimos discutiendo acerca de la posibilidad de esta locura". Ha exigido, prosigue Valéry, argonautas del espíritu, duros pilotos, que no se dejaban distraer por sus impresiones, que no se extraviaban en sus pensamientos. En esta metamorfosis, las cosas pierden definitivamente su aspecto opaco, rugoso e inquietante. Sus "nombres" ya no evocan la memoria de fantasmas, o de la noche de la generación ctónica o titánica, los grandes gestos de horror de la genealogía de los dioses y de los hombres. Son nombres nuevos, límpidos, sin sombras: "definiciones, axiomas, lemas, teoremas, problemas, porismas, etc." La razón ha construido un orden, un sistema de referencias al que nada parece poder escapar. La vertiginosa apariencia y el estupor que suscita son, como dice Sócrates a Teeteto, el inicio de la filosofía, el primer paso del dominio, de la transparencia, de la teoría.

2.- El instrumento más poderoso que la razón ha producido, o soñado, para dominar el azar, para transformarlo en una densa red casual, es indudablemente el método. El Discurso del método de Descartes es el texto inaugural de la ciencia y de la filosofía o, más generalmente, del pensamiento moderno. Mito y magia habían podido sobrevivir junto a la geometría, junto a las teorías y a las estrategias platónicas y aristotélicas, pero después del gesto cartesiano esas estrategias del pensamiento quedan degradadas como movimientos del pensamiento precientífico, del pensamiento enfermo, del pensamiento salvaje. El discurso del método parece haber interrumpido el tránsito entre Logos y Mythos. Parece haber liquidado aquella extraña excrecencia de la teoría, que acababa por fundar, como en el caso del pensamiento neoplatónico, en su tradición hasta el Renacimiento, nuevas mitologías gnósticas, nuevas correspondencias mágicas, angelologías, numerologías, andróginos.
Con su obra, Descartes ha realizado un "acto sacrificatorio". Ha expulsado del orden de la razón una parte definida "despreciable", víctima condenada a no existir. La filosofía posterior ha repetido el actor sacrificante llevándolo hasta el rechazo de aquella "parte autobiográfica" del Discurso del método que constituye, en cambio, como afirma Valéry, justo "el punto a continuar". Es precisamente del análisis de esta "parte maldita" que podemos descubrir, como sigue afirmando Valéry, que en el cogito cartesiano "no existe silogismo y tampoco significación literal, sólo existe un golpe de fuerza". Un golpe de mano sobre el azar. Y, leyendo atentamente el texto cartesiano, podemos descubrir cómo este golpe de mano sobre el azar se genera del mismo azar, podemos descubrir que desorden y necesidad de orden están igualmente presentes en el espíritu humano, y que, contraponiéndose, asumen a veces un aspecto monstruoso.
Valéry ha intentado describir la figura y la historia de un sujeto enteramente entregado a resolver la mezcla de orden y de desorden en el orden único del mundo. Un ser entregado a la inteligencia pura y, por consiguiente, al sacrificio de las formas, de los colores, de los sonidos, de las sensaciones y de la experiencia que constituyen nuestra relación con lo real. Es la historia de Monsieur Teste, que se mueve en un mundo convertido en un "jardín de epítetos", en un "diccionario, en un cementerio". Las cosas han perdido aquí todo calor y todo color. El gesto que las ordena, como en una espectral colección, es el gesto que también convierte a la muerte en un fragmento de un delirio clasificatorio: "Y poco después se dijo: `morir doctamente…Transiit classificando`".
En este sueño, la inteligencia muestra un rostro de pesadilla, una naturaleza y una faz bestial, inhumana y monstruosa, como la de las figuras rígidas, impenetrables e implacables, de las divinidades egipcias. O aquella naturaleza que podemos descubrir en algunas figuras paralelas al nacimiento del Discurso del método: Don Juan, que clasifica y contabiliza maniáticamente sus conquistas; Fausto, que es llevado por el propio saber al pacto diabólico y a la condenación; el orden propiamente loco que preside como un aura fúnebre sobre las Wunderkammer, y sobre la construcción de El Escorial de Felipe II, que parece un inmenso y tétrico museo.
El orden y el método acaban por descubrir precisamente lo que debían dominar o por lo menos ocultar. Inauguran el "mundo de las cosas", que encontrará su última y extrema celebración en las grandes exposiciones universales del siglo XIX, cuando la cosa, para existir, deberá ser permutable, deberá ser mercancía, sin ningún valor propio, en el mar de la objetividad.

3.- Enzensberger ha mostrado el rostro de la locura, que utopías, sistemas y métodos van asumiendo hasta su punto de máxima tensión en la modernidad. El lugar y el tiempo en que el orden se despliega con su máxima fuerza es también siempre el punto en que se desencadena el máximo desorden. Mausoleum, museo, en el que la ordenada sucesión de las salas y de las obras se convierte, como en una onírica fantasmagoría, en un cúmulo de cosas y de runas, que el tiempo indiferentemente y la causalidad ponen ante nuestros ojos.

Entre método y azar, entre sano e insano, normal y anormal, dimensiones que Descartes había intentado distinguir con frío y decidido furor, haciendo de esta distinción el objeto propio de su obra, existe una insospechada contigüidad. Parecen separados por una línea de sombra, que en todo momento puede ser superada, precipitando en el universo paralelo de la locura, en los intersticios sin fondo del tiempo. Y esta labilidad nunca ha sido tan evidente como en el orden hipertrófico de los regímenes totalitarios de nuestro siglo, realidad del furioso desorden, de la mortal rigidez, de la soledad y del terror, que inútilmente un formidable renacimiento de la máquina mitológica –de los mitos de la tierra y de la muerte a los mitos prometeicos del progreso- ha intentando legitimar como orden natural.

4.- Hasta la locura tiene un método, escribió Shakespeare. Como ha descubierto Freud, también la locura es un intento de curación, una defensa contra las pretensiones de una realidad insoportable por la incontenible pluralidad de sus conflictos. El loco despliega un aparato de rituales, de repeticiones, de tácticas y estrategias del pensamiento y del comportamiento, convencido de que esta retícula de palabras y de gestos, de acciones o de silencio, de rumor y de vacío, sea verdad. La única diferencia, dice Freud, entre el delirio del psicótico y el "método" del científico, o del hombre "normal" en su "normal" existencia, es que estos renuncian a su "convicción de verdad", cuando es gravemente contrastada por la prueba de la realidad. Así pues, el "buen" método no es el más "resistente" respecto a lo real sino el más flexible: el que sabe ponerse en discusión a si mismo, sabe someterse a revocación, cuando alguna otra formación es capaz de aproximarse en mayor medida a la realidad desconocida.
Es lo que el hombre puede hacer, al contrario que los ángeles y los demonios, fijos en su destino de luz o de tinieblas. Es posible que por esta razón, como vemos en la representación de un manuscrito persa del siglo XVI, los ángeles, con alas y ropajes coloreados y deslumbrantes, se inclinan ante Adán, desnudo, miserable criatura que cubre con las manos cruzadas la vergüenza del sexo, supino sobre la tierra, rodeado del halo de su sombra. Es lo que Mefistófeles en Mon Faust, de Valéry, envidia al hombre. "Feliz es el hombre vivo. Va del Bien al Mal, del Mal al Bien, se sitúa entre la luz y las tinieblas. Adora y reniega. Recorre todos los valores que la carne y el espíritu, los instintos y la razón, las dudas y los azares introducen en su absurdo destino."

5.- La "felicidad" de las mezclas –recorrer "los valores de la carne y del espíritu", "los instintos y la razón", las dudas y los azares- ha ido siendo perceptible en la gran crisis del siglo XIX, que ha despotenciado, quizá definitivamente, el método cartesiano y poscartesiano. Es la crisis de la modernidad, del "tiempo" metropolitano, que rompe las habituales configuraciones del pensamiento, absolutiza algunos de su fragmentos y hace aparecer nuevas e inéditas configuraciones.
El método presupone una duración. Por el contrario, el tiempo de la metrópoli es el tiempo del instante que invierte cualquier duración, que abre en la continuidad del tiempo el vértigo del "mientras tanto", de las horas muertas y vacías. La experiencia humana se fragmenta, se atomiza, sin poderse consolidar jamás en experiencia, en hábitos, que no sean repetición obligada. En este tiempo reina el "demonio de las combinaciones inesperadas", como en el encuentro de Baudelaire con Une passante, que le fulmina como un rayo, para desvanecerse inmediatamente después en la noche de un tal vez nunca más.
La "inmensa novedad que desborda por todas partes" presenta ya desde su aparición los síntomas de la caducidad y de la muerte. Es una impermanencia destinada a precipitar en un cúmulo de ruinas que vemos cuando nos volvemos nostálgicamente al pasado, intentando encontrar en él lo que continuamente se nos escapa en el presente.
Es posible que Kafka y Flaubert fueran los únicos que supieron conjurar en el absoluto rigor del método de la escritura, en una forma, la total imposibilidad de construir un método que contenga la realidad en un único horizonte de sentido. De esta imposibilidad Flaubert nos ha dejado dos textos simétricos, que también iluminan todo el resto de su obra. Se trata de Salambó (y, en filigrana, La tentación de San Antonio) y de Bouvard et Pècuchet (que concluye La educación sentimental), libros hechos literalmente de restos y de citas, irremediablemente fragmentarios e irrecomponibles en un cuadro unitario y orgánico. Con Salambó Flaubert se dirige al pasado, en el intento de reconstruir Cartago, y no descubre otra cosa que ruinas, muerte, crueldad. Con Bouvard et Pècuchet se dirige al presente, y también aquí sólo aparecen ruinas, estupideces, insensateces, no menos irredimibles que los restos del pasado, no menos oscuras, injustificadas, incomprensibles; un paisaje que sólo puede ser atravesado por una risa demoníaca, también disgregadora y destructiva.
En cierto modo, con Flaubert nos hallamos de nuevo ante el terror sin nombre del que hemos partido. Frente a un paisaje indescriptible, como el oscuro y amenazador laberinto de un bosque. "Irregularidades, sucesiones, precipitaciones, intermitencias, colisión de cosas y de acontecimientos (…), puntos de silencio abisales (…), surcos y tierras vírgenes". La metrópoli, oscura y fangosa, poblada de dioses bestiales, espectral como una alucinación.

6.- Descartes había conocido la experiencia del bosque, pero sus "reglas para la dirección del artefacto" sugerían también que, recorriendo con decisión, sin desviaciones, el mismo sendero, en determinado momento se saldría de él al campo abierto. Pero la metrópoli no tiene un "fuera". En ella parece disolverse el ego cogito, convertido ahora en "unidad momentánea", así como el "yo complejo" de los místicos. El tiempo de los choques y de las colisiones, el tiempo anómalo "de los instantes" y de las "combinaciones inesperadas", parece ser mejor descrito en el recurso al tempus discretum de las mitologías apocalípticas, o del tempus recurrens que repropone la aparición de arquetipos atemporales, extrahistóricos. O de la "filosofía sustitutiva" de las vanguardias, que celebra el "vértigo de lo moderno", los dioses momentáneos y efímeros que habitan la ciudad y que se desvanecen repentinamente para cambiar de cara y aspecto y fuerza en las mutaciones y en las metamorfosis que continuamente propone. O bien tedio, angustia, como en Proust cuando ve aflorar, en un acto repentino e involuntario, fragmentos perdidos que él no puede organizar, retener a su lado, en un sentido, y el espíritu parece entonces oscurecerse, como un lago en la noche. Sin embargo, estos fragmentos contienen, parecen el mensaje de una indecible felicidad. Pero nada puede hacer nuestra inteligencia, en tanto que, como ha dicho Descartes, "de las cosas intelectuales no existe auténtica memoria". La memoria va ligada a la sensación, es cuerpo, y eso, en la red conceptual del método, carece de lugar y de lenguaje.
Es tal vez en ese momento cuando, en la modernidad, se abre el espacio para una nueva estrategia de pensamiento. A ese método "absurdo", para el Mefistófeles de Valéry, que permite al hombre mezclar "cuerpo" y "espíritu", y que oscila entre los diversos fragmentos, construyendo un tránsito posible entre ellos, sin que eso signifique borrar sus diferencias. Con esto se intenta penetrar en los lugares del "silencio abisal", rellenarlos, una vez más, de palabras, aunque éstas ya no expresen certidumbre y verdad, sino únicamente probabilidad, posibilidad. Este confrontamiento con el silencio nos aleja de la "casa del antiguo lenguaje", aquella casa que Kraus defendía con extremo rigor, rompe las leyes de la "inteligencia habitual", las defensas de un "yo autoconsevador", y sitúa al sujeto, en su pluralidad y apertura, ante la tarea de describir nuevamente lo real, de construir nuevas configuraciones de sentido.
Los signos que aparecen en este tránsito son parciales, pero llevan consigo los fragmentos, dispuestos a sumergirse en uno de aquellos instantes de extraño silencio que atraviesan el cuerpo metropolitano como escalofríos irrefrenables, en una "constelación cargada de tensiones".
Este sujeto que mezcla "espíritu" y "cuerpo", que conoce, y quiere, es absurdo para el pensamiento del método cartesiano, para el cual el yo conocedor, el ego cogito, no tiene cuerpo, no conoce pluralidad y contradicción. Pero "lo absurdo tiene sus razones, Señor, que la razón sospecha". Esta sospecha puede empujar a la razón más allá de su sueño de vigilancia perfecta, que se ha convertido en una pesadilla. Y en el fondo, como ya nos ha enseñado Leopardi en el Zibaldone, ir más allá de los límites de la razón, límites que se transforman en una fuente "de absoluta y necesaria locura", es una tarea que corresponde una vez más a la razón misma.

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