Revista de pensamiento y cultura
/ La pregunta por la muerte / Año III N° 6 / Otoño - Invierno 2003
   

Heracles y el Cerbero, monstruo infernal que guardaba la entrada al Hades
Grabado de E.Sadeler

ENFERMEDAD Y APRENDIZAJE

FRANCO RELLA
La muerte

Yo soy un cronista y un intérprete de la decadencia, amante de lo patológico y de la muerte, un esteta anhelante de abismo.
Thomas Mann

La obra de Thomas Mann, su complicidad con la enfermedad y con la muerte, se encuentra iluminada en un libro que "proviene de un mundo artístico conmocionado en sus fundamentos, del estado de crisis y de turbación de ese mundo" inmerso en el conflicto de la primera guerra mundial pero, más aún, en la lucha en que las instancias de la civilización combaten contra razones que Thomas Mann considera más profundas, más radicales, más originarias: las razones de una cultura y de una moral que se mueven en una sustancial "simpatía con la muerte", en "una atmósfera de cruz, muerte y sepulcro". En las Consideraciones de un apolítico llega a aclararse, por así decir, de modo doctrinal o teórico, la "declinación" de los Buddenbrook, "el sueño complicado, oprimente" de la música wagneriana del Tristán, el extrañamiento de Tonio Kröger que repite como un ritornello: "Yo estoy entre dos mundos, en ninguno de los dos estoy en casa" (Consideraciones de un apolítico). También "la sed de sentirse libre, ligero de cargas", el "impulso a huir" que mueve a Aschenbach hacia la muerte, hacia "lo inarticulado, lo indeterminado, lo eterno: hacia la nada" (La muerte en Venecia), encuentran sus "razones" en las Consideraciones, libro que les pareció "a los cultores de un Mann campeón del antifascismo un escándalo incomprensible", pero que es en realidad el eje interpretativo de toda la obra manniana (F. Masini, Gli schiavi di Efesto).

También aquí es la obsesión del tiempo la que domina y lleva a "negar todo progreso" por negar este progreso, el que caracteriza al presente. En efecto, negar el progreso significa afirmar "el dominio del orden sobre el estado de ánimo, de lo duradero sobre lo efímero". El valor, el elemento moral, son reconocibles solamente en lo otro con respecto al progreso y a la civilización y por lo tanto en lo feo, en la enfermedad y en el decaimiento. El artista no es más que el cronista y el intérprete de este "feo", de la decadencia. Él expresa un "estado de ánimo que se podría llamar muy bien enfermo". Pero justamente la enfermedad "ha producido valores preciosísimos", y por lo tanto la crueldad, la ferocidad, el amor a la aventura, caracterizan al artista, el testigo del tiempo de la decadencia. Él es en efecto "un aventurero (…) amante de los caminos oblicuos y de los abismos, abierto a todo lo peligroso y dañoso".

Su mirada no se dirige hacia adelante sino hacia atrás, y es la mirada de las tinieblas que se fija en el punto en el que todo se torna "tenebroso y vacío". Es el punto en el que se llega a ver la meta, lo que parece horrible a una "toma de posición incondicionada y optimista a favor del desarrollo, el tiempo presente, la vida". Y esta meta –horrible y estupenda: "sagrada"- es la "simpatía creadora con la muerte". Solamente esta mirada, que ha reconocido en la enfermedad y en la decadencia su verdad, puede llamar grande a "un tiempo como éste de febril excitación", porque vislumbra en él "el mismo efecto de la muerte", la misma verdad que habita dentro de la enfermedad: la perturbación que "pone orden, aclara y define cada cosa" (Consideraciones...).

Toda la obra de Mann se mueve en el interior de la ambivalencia entre salud y enfermedad y muerte. En El Engaño, uno de sus últimos cuentos, también los signos de la vida se revelan como signos de muerte. En efecto, la enfermedad tiene, con respecto a lo real, el privilegio de una extraña perfección que hace de su lugar un lugar embrujado, un Zauberberg que, si bien es admitido y descripto con el rigor extremo de quien sabe ser "anhelante del abismo", llegará a descubrir la enfermedad, que habita oculta en toda la realidad, como su verdad secreta y no escuchada. En efecto, en el lugar elegido por la enfermedad, en la Montaña mágica, viven tanto las instancias de "razón" y de la salud, como las instancias eternas que atraen hacia lo indeterminado, lo inarticulado, la nada. La "razón" del progreso y de la civilización se expresa a través del acumularse discursivo y charlatán de Settembrini. Las instancias opuestas, en vez, se expresan mediante un lenguaje que no es otro que el anuncia del silencio, de un íntimo autoenmudecimiento en el cual solamente lo verdadero puede expresarse y mostrarse, pero no articularse en signos, símbolos, lenguaje. Hans Castorp renuncia, dirigiéndose a Claudia –el frío demonio de la feminidad y de la naturaleza- a su lengua: "Moi, tu le remarques bien, je ne parle guere le francais. Pourtant, avec toi, je prefere cette langue a la mienne, car pour moi, parler francais, c’est parler sans parler (…) ou comme nous parlons en reve". Esta es la lengua que se aproxima al silencio de la eternidad donde "on ne parle point" (La montaña mágica).

Pero también después de haber experimentado el otro tiempo y el arcano de la montaña y del lugar de curación, cuando se desciende de la montaña a la llanura, de nuevo no se encuentra otra cosa que muerte, horror:

¿Dónde estamos? ¿Qué es esto? ¿Dónde nos ha arrojado el sueño? Luces crepusculares, lluvia, inmundicia, relámpagos en el cielo gris, continuos retumbos en el aire húmedo, quebrado por cantos ásperos, por ululares furibundos e infernales que terminan su trayectoria con estallidos, lloviznas, fragores y grandes ruidos (…) Nos encontramos en la llanura y hay guerra.

Y entonces se ha pasado de la imagen de la muerte que habitaba, blanca y silenciosa, en la montaña, "a la fiesta mundial de la muerte", que recorre la llanura, donde los jóvenes "yacen con el rostro en el barro y no se mueven más" (La montaña mágica). Más tarde Mann advertirá sobre la "simpatía con la muerte". Recomendará usar a "Dostoievski con medida", ser cauto en la lectura de Nietzsche o de Schopenhauer, y por lo tanto en el "dar razón" al horror que la exaltación de la enfermedad entrega al lector. Pero cuando él afronte la tarea de decir, de representar la "verdad" de nuestro tiempo, deberá recurrir una vez más a la imagen de la enfermedad y de la muerte. El Doctor Faustus es, una vez más, "un libro del fin", en el que se revela la naturaleza, otra vez, en su verdad, como un ser diabólico.

En el Doctor Faustus, el pacto diabólico con la enfermedad y con el saber perverso que ella nos confía aparece como el único modo de representar el horror de la violencia y de la muerte colectiva de la segunda guerra mundial. En efecto, solamente Adrián Leverkühn, en el aislamiento absoluto de su enfermedad, logrará producir, con Apocalypsis cum figuris y con la Lamentatio doctoris Fausti, una imagen cómplice pero significativa del mal de nuestro tiempo. Por el contrario el narrador, Serenus Zeitblom, justamente por ser "serena flor del tiempo", justamente por su salud y su proximidad a los eventos del tiempo y de la época, se verá constreñido a una crónica que no es otra cosa que un pálido reflejo de la realidad, como si las cosas, en la proximidad que él tiene con ellas, se le sustrayeran yéndose a una distancia inalcanzable (Doctor Faustus).

Por tanto, el único conocimiento que podemos tener de nuestra época es el conocimiento de la enfermedad, un conocimiento diabólico que se realiza solamente en la absoluta extrañación con respecto a los eventos en el oriente o en Castalia, para Hermann Hesse, en la Montaña mágica o en la abstracta luz de madreperla del estudio de Adrian para Thomas Mann.

El desenlace, incierto, no siempre explícito, de la constante ambivalencia en la que se mueve la escritura de Thomas Mann, es el de la impracticabilidad de lo real, que se abre solamente a lo largo del camino que conduce al absoluto de la vida como armonía y unio mystica, o bien en su inversión: la nada y la muerte, en las que todo deseo encuentra, sin embargo, una vez más, conciliación.


Del libro MITI E FIGURE DEL MODERNO, Franco Rella (Milán, 1993)


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