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Urbanismo, Arquitectura y Ciudad
El debate modernidad-posmodernidad

La arqueología de lo inmediato
FRANCO RELLA

Fragmento de la entrevista a Franco Rella realizada por Mercedes Daguerre y Giulio Lupo, publicada en El debate modernidad-posmodernidad (Puntosur Editores)

Franco Rella, docente de Literatura e investigador de la cultura en el Departamento de Historia de la Arquitectura de la Universidad de Venecia, forma parte de un fecundo grupo de estudiosos e intelectuales italianos preocupados por la problemática de la modernidad, la arqueología de sus claves y sus crisis, a partir de tres constelaciones problemáticas: las metrópolis, su diseño y la experiencia de la subjetividad del sujeto urbano; la trayectoria del llamado pensamiento negativo (teórico, ensayístico y estético) como crónica crítica de los tiempos modernos desde sus principios; y el lugar y los significados de las vanguardias artístico-literarias y arquitectónicas en la compleja cultura capitalista (…)

P.: Luego de la desmitificación efectuada por M. Tafuri y F. Dal Co sobre la superficialidad de la definición canónica de "movimiento moderno", ¿tiene sentido todavía hablar de "posmoderno"?

R.: Sobre la cuestión de lo "posmoderno", creo que existe una equivocación bastante curiosa. Tiene razón Lyotard cuando dice que se han acabado los grandes "relatos" de la modernidad, como el "progreso", el "rescate del proletariado", etc. Las grandes narraciones de la metafísica de la razón iluminista. Sin embargo es necesario advertir que estas narraciones estaban ya en crisis en el momento en que se producían.

Leopardi habla de una razón pura que es en sí fuente de necesaria locura. Habla contra la razón "igualadora" que transforma las cosas "casi en una forma", para no hablar de Baudelaire o de otros autores que en cambio han puesto el acento fuertemente sobre esta "diversidad".

Lo "posmoderno" es el intento de tomar una época que está a nuestras espaldas –una tradición muy compleja y muy entremezclada- y de homogeneizarla. De hacer un todo homogéneo, que puede ser un lugar de flujo y de recuperación indiferenciada. Esto, sin embargo, se advierte de modo particular en las corrientes artístico-pictóricas relacionadas con lo "posmoderno" (tipo transvanguardia), que se vuelven indiferencia total. En ellas la citación surrealista o constructivista es indiferente, porque son la vanguardia que hemos atravesado, son lo moderno de lo cual estamos afuera. En realidad la modernidad ha puesto –tal vez como nunca en la historia del hombre- el acento sobre estos pensamientos marginales, sobre los márgenes mismos, sobre el concepto de frontera, de límite, que es el gran objeto de estas reflexiones. La zona que divide el blanco del negro, lo justo de lo injusto, la vida de la muerte.

Esta ruptura de la frontera es la que crea el espacio del medio, este lugar de la mescolanza e intersección que es la apertura, repito, de lo posible, no en un sentido –como ha dicho Cacciari- "ingenuo" del despliegue de una zona blanca, sino como el lugar en donde las cosas se reaniman en esta mescolanza. Toda esta cruel pluralidad que constituye la modernidad, en la cual encontramos la metafísica del "progreso", pero también los discursos más drásticos contra el "progreso", contra la "perfectibilidad" del género humano. Es el discurso de la Aufklärung, es decir del esclarecimiento, pero también el discurso del "descenso a las tinieblas", a la locura, a lo híbrido, a lo monstruoso. Con todo esto se trata de hacer una categoría unitaria, así como se habla de "renacimiento", "barroco" o "medioevo" (yo creo que lo "posmoderno" es un acto de ubicación académica). Categorías donde desaparecen todas las diferencias, y entonces, el operador, el artista o el arquitecto, se siente de algún modo libre para confrontarse con las cuestiones todavía abiertas y no agotadas. De hecho no las afronta y cita a la modernidad como una cultura en el ocaso, en una operación similar a la de los románticos sobre el clasicismo, sólo que justamente apenas han prestado atención a lo clásico, han descubierto no el rostro de Zeus o Apolo, sino el caos primordial, han descubierto lo "aórgico", Dionisios.

Si nosotros penetramos en lo moderno, no descubrimos los discursos compactos que nos ha descripto Lyotard, ni siquiera las "formas" de las cuales nos habla Portoghesi, descubrimos en cambio una zona de apertura, de problemáticas tensas, de heterogeneidad.

Es una tradición dentro de la cual todavía estamos. Por ejemplo una narración cinematográfica como Blade Runner de Ridley Scott está totalmente dentro de la modernidad y afronta todos sus grandes problemas: la posibilidad del futuro ligado a la redención del pasado, la reducción de la casa a una especie de lugar de reliquias, de cosas laceradas, de fragmentos: una especie de museo. La ciudad misma como desierto y selva, y los hombres como una especie de "afasia". Esta es la dimensión de la pérdida del pasado, del tiempo, ligada a la reorganización mecánica y científica del tiempo del trabajo, que se vuelve también pérdida de la posibilidad misma del futuro. Cuando el último de los "replicantes" (que son un poco como los ángeles efímeros de Benjamin) muere, desaparece con la angustia de no poder entregar a nadie su visión del azul más allá del horizonte de la muerte de la metrópolis. Es el azul que él ha visto pero que no puede dar a nadie porque no tiene pasado y por lo tanto no tiene tradición, no tiene la posibilidad de traicionar. Descubrimos que éstos son los tiempos que recorre toda la zona de la gran reflexión del ‘900, que ya haría llegar hasta Leopardi en el primer ‘800.

Tal vez esta homogeneización académica de lo moderno como categoría ha comenzado cuando se produjo la gran explosión del problema de la modernidad, por ejemplo con el descubrimiento de la cultura vienesa. Ha sido un shock para la cultura europea y también mundial el descubrimiento de Wittgenstein, Kraus, Freud, etc. pero puestos rápidamente y en forma esquemática en una nueva categoría: "Viena", la gran "Viena" casi como el lugar del mito de lo moderno, encerrado en una especie de paréntesis histórico. Entonces en el momento en que la modernidad presentaba sus tensiones más fuerte, ya estaba en movimiento un proceso de remoción de la modernidad misma y de todos los problemas presentes en ella, que podemos resumir en el problema del tiempo de la "metrópolis", de la estructura de una existencia metropolitana, con la organización científica del trabajo, con la "sincronización de los relojes", con la ciudad como máquina dentro del horizonte de las mercancías…

Todas estas realidades son las que establecen un trastorno de la vida habitual del hombre, que comprenden modos completamente diversos del habitar, del existir, del relacionarse. Por lo tanto este problema moderno de lo metropolitano es el problema de hoy, ¡y central!

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