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"...Para que
su manuscrito yacente en un
armario no moleste mis pocas
energías mentales, que dedico a
la pulsación actual de lo
humano, lo saco de cerca de mí;
todo nos gasta a los ancianos.
Creo que salvo pocos renglones
felices no aporto novedad en la
humorística que había estudiado
tanto. Que el lector, condolido,
a mí personalmente me perdone lo
que, juzgante, no perdonará al
libro"
M. F.TEXTOS
OLVIDADOS
El
Recienvenido
MACEDONIO FERNÁNDEZ
El presente
texto fue publicado en el libro
PAPELES DE RECIENVENIDO (Centro
Editor de América Latina, Buenos
Aires/1967)
¡Fue tan fortísimo
el golpe que no hay memoria en la
localidad de que en los últimos
cuarenta años se haya registrado
temperatura tan elevada en la
región golpeada! (Otra cosa que
los más ancianos del país no
recuerdan es que yo haya sido
visto con dinero algún día en
ese mismo intervalo; pero eso lo
diré más adelante, cuando otro
hecho excepcional requiera el
énfasis de una referencia a cosa
no acaecida en cuarenta años.
Esos intervalos de 40 años tan
cómodos se encuentran en
cualquier localidad, a menos que
hayan sido recientemente
atropellados por una locomotora y
que todavía el ayuntamiento
local no haya iniciado su
reconstrucción. Es muy
conveniente que una vez
registrado un terremoto y puestos
hacia fuera sus bolsillos, se le
coloque en el departamento
contiguo al de intervalos de 40
años y al de las temperaturas
más revisadas y registradas, y
que estos tres locales estén
siempre a la izquierda y a breve
distancia de la Estación del
tren, que es el lugar donde se
elevan las tarifas, con amplia
facilidad para descarrilamientos
a la derecha. Un poco más
allá
Todo viajero que no
se haya quedado en su casa debe
saber distinguir el lugar
denominado un poco-más-allá,
sin lo cual andaría tan
extraviado como si no hubiera
leído nunca lo que no
puedo creer- mi discreta obra
"La Guía del Cojo en el
Camino Recto de la vida".
Soy de un
temperamento tan instructivo que
no puedo dejar de informaros que
todos los pueblos existentes
los inexistentes son
malsanos- deben tener una estatua
del inventor de los lados derecho
e izquierdo y los de revés y
anverso, distinción ésta que
solo los agujeros escurren. No me
pregunten ahora el por qué los
comisarios más abusivos
siempre se abstuvieron de llevar
presa a ninguna estatua, que
viven en las plazas como los
vagabundos, ostentando el mal
ejemplo de la holgazanería.
Aborrezco las estatuas: casi
siempre son hombres con sobretodo
griego, o amplia levita de
mármol. Si absurdo suele ser el
traje actual del varón, esos
botones y trencillas de mármol,
ese trozo gruesísimo de mármol
que simula los faldones
levantados levemente por la
brisa, son intolerables, y todo
para que un hombre esté allí
asegurándonos con su mano y su
boca que nos va a decir cosas
elocuentes y no se le oye en todo
el día.
Si uno fuera a
hacerles caso, no penetraría en
ninguna plaza, pues están a la
entrada con el brazo tendido
hacia mí (y demás personas).
Dicho brazo grita: "Vete,
detente". No atienden
recomendaciones aunque en vida no
hacían otra cosa que pedir o dar
empleos. Felizmente la naturaleza
los ha dotado de la incapacidad
de darse vuelta, y aprovechando
un momento el gran sistema es
entrar por el lado opuesto,
apuntándose de camino un
cafecito en el boliche de los
"Tres ángeles y
Medio", que hace tanto
negocio a espaldas del grandioso
personaje. Voy a cerrar aquí el
paréntesis; es fácil volver a
abrirlo.)
Un instante, querido
lector: por ahora no escribo
nada. Estoy callado para meditar
acerca de un telegrama que leo en
"La Prensa" y que me
asegura no haber sido destruida
por la explosión la ciudad
próspera y antigua de Muchagente
Vielemenschen-, sino
levemente dañada y tan poco que
si hubiera explosiones de
gigantescos arsenales que
mejoraran las casas de las
ciudades, ésta sería una de
ellas. Hace tres días la ciudad
voló; a la tarde ya la mitad
había reaparecido y con la otra
mitad o dos mitades más que se
encontraron intactas ayer,
resulta que el ciento por ciento
de las cuatro cuartas partes
gozan del orden restablecido y
hoy tiene más mitades que antes.
Los muertos por la explosión
tienen de nuevo donde vivir y
creo que hasta hay dos casas
más: quizá una para mí y otra
para el corresponsal de los
telegramas. Yo no voy a viajar
fuera de mi domicilio para ir a
una ciudad de gran explosión
postergada, cuando en este
momento me avisan que está
servido el desayuno. Viajar: uno
está expuesto a hablar idiomas
que no sabe, por no estar callado
en alemán, que tampoco lo sé
hacer. Además, recibí una
notificación del Ministerio de
policía recomendándome no ir al
país para no aumentar la
disminución de alimentos que
abunda en toda la nación. Yo iba
a contestar al Ministerio
interpelante que no podía reinar
el hambre en Alemania porque como
república que era según
se advertía por la orientación
de las calles y la costumbre de
que los habitantes de las casas
las ocupen por dentro-, ninguna
entidad puede reinar en ella.
Pero pido al lector
ayude a no meterme en semejantes
incidencias. A veces se pierde la
vida en un incidente, siendo la
vida útil y los incidentes
inútiles. Mejor es seguir
practicando la longevidad, como
lo hago yo desde la niñez,
porque si bien la muerte mejora
la reputación de las
personas
Mas recuerdo que he suspendido el
escribir hace ya mucho rato y si
el lector se ha tenido cerca voy
a explicarle lo que pasó con
aquel golpe.
Recordará el lector
que al empezar este libro me di
un golpe y tomé la pluma
enseguida para detallar que por
efecto de él como el suelo
está al alcance de todas las
personas, no faltará al lector
ocasión de verificar la
exactitud del síndrome a
posteriori de un golpe-, podré
decir con solemnidad: los signos
premonitorios o semiológicos de
haberse dado un golpe, son:
tumefacción en la región
receptora, gran número de
espectadores que antes estaban
ocupadísimos a varias cuadras de
allí, tres vigilantes a pitadas
alternantes
(Estos
vigilantes no pueden arrestar a
un golpeado sin traer mucha
gente.) Pero me temo que estos
paréntesis van a cansar al
lector más aún que si se
tratara de un libro consagrado
como la Divina Comedia o el
Paraíso Podado y otra obra
bostezable como las quejumbres de
Fray Luis de León o del
constante inocente
Leopardi
. Sin embargo,
estoy con León: hay que huirle a
los voluminosos dorados y
artesonados y buscarse asiento
alejado donde le caigan a otro
(me acuesto cariñosamente del
prójimo) o entrar en salones
donde ya se hayan caído o en el
que el artista haya esculpido en
el piso las peligrosas cornisas.
El suelo no nos cae encima: es el
mejor adorno de una casa y por
eso en la Antigüedad, tiempo de
las cosas bien hechas, se
colocaba un suelo a los edificios
haciendo juego con el techo y en
dirección opuesta, de manera que
el que penetrara los
edificios no son impenetrables-
en ellos, tenía el gusto de
ignorar continuamente si había
puesto los pies el cojo
Agesilao ponía un pie y una
muleta, y se le perdonaba cojear
porque se había hecho querer- en
el cielo raso o en el piso. Esto
ofrecía la ventaja, nadie me lo
va a creer, de
Pero se me
ha olvidado esta ventaja: debo
haberla leído en algo que se ha
escrito y en el afán de pasarle
el libro a otro no he retenido
bien el párrafo. Lo que es
difícil de retener es al lector:
¿por dónde andará ahora? Uno,
al menos y sin pretensión,
necesito. Al principio lo había
conseguido y no he sabido
cuidarlo. Es inmodesto, y quizá
le incomodará, haber topado con
el único libro en que solamente
el autor habla. En lo que precede
puedo haberme desconceptuado,
pero las próximas páginas me
acreditarán de escritor
agradable, nada genial ni erudito
y muy conocido.
(Escrito en una
aldea donde la recienvenidez, de
solo una vez, no se le saca uno
nunca. En Buenos Aires, que
estima inverosímil haber vivido
hasta los treinta o cuarenta sin
conocerla por lo que hay que
sacarse pronto la recienvenidez
tardía, todo el primera vez
llegado, que conoce en los
semblantes el mal gusto del no
haber nacido en ella, se apresura
a dar una instruidísima
conferencia sobre "La
Argentina y los argentinos"
tres días después de
desembarcado. Esto da resultado;
se comprende que conferencia tan
pronta y con tal tema no es la
colosal fatuidad y
entrometimiento ignorante que
suele sospecharse, sino la
ansiedad por quitarse cuanto
antes la pátina de
recienvenidez.)
/
El accidente
de Recienvenido
-Me di contra la
vereda.
-¿En defensa propia?
indagó el agente.
-No, en ofensa propia: yo mismo
me he descargado la vereda en la
frente.
-La cornisa de la vereda
apuntó un reportero- le
cayó sobre el rostro a nivel de
la tercera circunvolución
izquierda, asiento de la
palabra
-Y del periodismo insinuó
el accidentado.
-Que ha recobrado en este
momento: -Y sigue redactando el
periodista: -El artesonado de la
acera
-No se culpe a nadie,
propongo
-No, eso es para suicidarse.
-De mi pronta mejoría, quería
decir. Ruego al señor reportero
que figure algo en la noticia de
"decúbito dorsal".
-No hay necesidad: los operarios
tipográficos lo ponen siempre. O
si no, ponen: "base del
cráneo".
-¿Se me dirá si me puedo
levantar sin deslucir la noticia
de un suicidio?
-¿Iban mal sus negocios?
-Nada de eso: la única
dificultad ha sido el cordón de
la vereda.
-¿Puedo anotar oposición de la
familia a su noviazgo?
Otro insiste en que
había mediado agresión y le
ruega aclare si se interponía
"un viejo
resentimiento".
-Alguien, un desconocido desde
mucho tiempo atrás para usted,
avanzó resueltamente y
desenfundando un cordón de la
vereda Colt-Browing se lo
disparó.
En fin, Recienvenido
empieza a sulfurarse y los
increpa:
-¡Yo estaba aquí
antes que ustedes y mis informes
son más anticipados! Voy a
darles un resumen publicable:
"Yo caí; fui derribado por
el golpe de la orilla de la
vereda; sin embargo, no
necesitaba ya serlo pues mi
cabeza salió a recibir el golpe
yéndome al suelo.
"Caí; fue en ese momento
que me encontré en el suelo.
Ninguna persona había.
-¡Estaba yo!
-Y yo.
-Y yo dicen los reporteros.
-Muy bien. No
imaginando que hubieran tantas
personas en torno mío que me
precisaran, invertí unos minutos
de desmayo en estarme quieto sin
apresuramiento. Cuando desperté,
me supuse o que había recibido
parte de la vereda en la cabeza,
o que había leído algún
capítulo de Literatura
Obligatoria del Mio Cid o el
Cielo del Dante. Rodeado, en las
cuatro direcciones de la
instrucción pública, N. S. E. y
O., por infinitas personas en
número de setenta que habían
abandonado importantes negocios
para formarme un cinturón
zoológico suburbano, se llamó a
la Asistencia Pública para que
me trajera un vaso de agua que
nunca llegó.
-Retardo de la
Asistencia Pública anota
un cronista.
-Algo de delirio otro.
-¿Me permiten? siguió
Recienvenido-. No obstante la
falta de horario, el accidente es
la única cosa que yo nunca he
visto desperdiciar; el agua
caliente, el fuego,
desperdiciamos con frecuencia,
pero siempre alrededor de aquél
he visto a muchas personas que
están juntando al accidentado,
rodeándolo para que no se filtre
y desparrame, formando un
círculo tan perfecto como
perfecto es el centro de él
formado por la persona más o
menos completa en el momento que
ha tomado el papel de
accidentado.
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