Belleza y
Horror
Kafka en Madrid, un 11 de marzo de 2004PACO
YUSTE es director de teatro y compositor.
Dirige en España la Fundación Caníbal, que
actualmente presenta la obra El
informe del Sr. Franz Kafka.
Desde Sevilla nos envía este artículo que, entre otras cosas,
reflexiona sobre el
compromiso moral del artista y la
creación estética a partir de la impotencia y el horror.
La tarde del 11 de marzo de
2004 íbamos a representar nuestro
espectáculo El informe del señor
Franz Kafka en Sevilla. Pero las
noticias se precipitaron rápidamente: un
atentado en Madrid. En medio del
desconcierto se anunció: treinta
personas muertas. Unos minutos más tarde
la cifra se doblaba. El espanto nos
mantenía paralizados frente a las
informaciones que iban llegando. La
última cifra volvía a doblarse. Y la
respiración ya no hizo otra cosa que
detenerse. No había aliento y la
garganta permanecía cerrada. Durante
horas fuimos incapaces de respirar con
normalidad. Porque era imposible asimilar
tanto horror.
Al final de la mañana ya
estaba claro que teníamos que suspender
la representación de esa tarde. Así se
hizo. ¿Por solidaridad? ¿Por luto? No.
Por dolor. ¿Cómo podrían los actores
trabajar? ¿Cómo podrían decir sus
textos? ¿Cómo podrían siquiera
recordar sus acciones? Y entonces
recordé fragmentos del espectáculo,
frases, momentos. Y pensé nada menos que
en la primera frase que se dice. Es
Kafka, el personaje protagonista, el que
comienza: "He imaginado cuarenta
formas de morir." Como un cuchillo
se me clavaron las siguientes frases:
"Cuarenta muertes distintas. Las he
escrito en mis sueños. En mis
pesadillas. Morir... de hambre. Morir
aplastado sobre los adoquines. Morir
descarnado. Estrangulado..." No
quiero seguir. Todo esto es cierto. Kafka
escribió eso y mucho más porque era una
persona que tuvo siempre muy presente la
violencia y la muerte. Se ha dicho en
repetidas ocasiones que el silencio que
mantuvo en sus diarios acerca de la
Primera Guerra Mundial, que destrozó el
centro de una Europa que tan cerca
tenía, era señal inequívoca de que el
espantoso acontecimiento no le importaba
nada. Es un gran error. Algunos con el
miedo, con el terror, se lanzan a la
calle a gritar. Otros no pueden evitar el
nudo en la garganta que provoca, a su
vez, el silencio. Un silencio tan
terrible como el mayor de los gritos.
Pero ese era un grito contenido que no
quedaría dentro de él para siempre,
atormentándole. No. Más tarde se
plasmaría en sus textos, fluiría por
toda su obra, describiendo la muerte de
tantos y tantos de sus personajes. Una de
sus primeras reacciones fue la de
escribir el relato "En la colonia
penitenciaria". Allí, en aquella
colonia, la pena para los condenados era
aplicada por una máquina que, mediante
unas terribles cuchillas, escribía en su
piel el delito cometido. Un espantoso
temblor frío recorrió mi cuerpo por
completo. Y, por un momento, detesté mi
profesión, mi trabajo. Esto del teatro y
la creación nos hace estar muy atentos a
los paralelismos semánticos, a los
símbolos, a las metáforas... Es un
proceso que, la mayoría de las veces,
provoca emocionantes ideas y, sin
embargo, en esta ocasión sólo produjo
lágrimas: esos trenes se tornaban
máquinas cuyos amasijos de hierros
provocados por las explosiones se
transformaban en cuchillas o metralla,
que acabaron con la vida de doscientas
personas.
Mi Kafka dice: "He
imaginado cuarenta formas de morir".
Es un símbolo. Cuarenta son los años
que tenía cuando murió de tuberculosis.
Y, por un momento, pensé en la necesidad
de reescribir ese texto. Cambiaría el
número. No cuarenta, sino doscientas.
Tantas como vidas se han cobrado los
atentados de Madrid. No habría
imaginado. Presenciaría. Como hemos
presenciado todos en los medios de
comunicación.
Y así continuaron otros
paralelismos que tuve que detener
inmediatamente sobre frases o acciones
del espectáculo. Aquella tarde del 11 de
marzo no podíamos hacer esa
representación. Ni esa ni ninguna. Los
teatros, la cultura y las artes de toda
España suspendieron sus actividades.
Esta historia ridícula que
les cuento no es ni siquiera un grano de
arena en el inmenso desierto de dolor que
unos canallas han provocado en este
lugar, como en tantos otros en todo el
mundo.
Ahora vuelvo a recordar el
paralelismo entre la espantosa masacre de
Madrid y "En la colonia
penitenciaria". Y se suma a ese
recuerdo el del 11 de septiembre en New
York. La máquina en la obra de Kafka
escribe en la piel del condenado el
delito cometido. Las personas que se
subieron a esos trenes en Madrid, todos
ellos, estaban condenados. Pero en los
miles de inocentes que cogieron esos
trenes, en los millones de habitantes del
mundo que han hecho suyo ese mismo dolor,
¿qué han escrito en la piel esos
hierros retorcidos? ¿cuál ha sido el
delito cometido?
Paco Yuste
Sevilla, 13 de marzo de 2004
La página de
Fundación Caníbal / El Informe del Sr.
Franz Kafka es:
http://www.accionarte.com/fundacioncanibal
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