
Londres Foto c.1880
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El Hombre
de la Multitud
Edgar Allan
Poe Bien se ha dicho de
cierto libro alemán que "es
lässt sich nicht lesen"
no permite ser leído. Hay
secretos que no permiten ser
contados. Cada noche hay hombres
que mueren en sus camas,
aferrando las manos de confesores
fantasmales, y mirándolos
lastimosamente a los ojos; mueren
con el corazón desesperado y la
garganta cerrada por el espanto
de los misterios que no
permiten ser develados. De
vez en cuando, ay, la conciencia
del hombre lleva una carga tan
pesada de horror que sólo puede
descargarla en la tumba. Y así
la esencia de todo crimen queda
sin divulgar.
No hace mucho,
cuando se acercaba el fin de una
tarde de otoño, estaba sentado
ante el gran ventanal del café
D..., en Londres. Había estado
mal de salud durante unos meses,
pero ahora convalecía, y, al
regresar el vigor, me encontraba
en uno de esos estados de ánimo
felices que son con tanta
precisión el reverso del ennui;
estados de ánimo de la más
aguda apetencia, cuando se aparta
la película de la visión mental
y el intelecto, electrizado,
sobrepasa con tanta grandeza su
nivel cotidiano, como la razón
vívida aunque franca de Leibnitz
supera la retórica endeble de
Gorgias. Simplemente respirar era
un disfrute; y extraía un placer
concreto incluso de muchas de las
fuentes legítimas de dolor.
Sentía un interés calmo pero
inquisitivo por todas las cosas.
Con un cigarro en los labios y un
periódico en las rodillas, me
había divertido la mayor parte
de la tarde, a veces en leer los
anuncios, a veces en observar la
promiscua concurrencia del
salón, y a veces en mirar la
calle a través de los cristales
empañados por el humo.
Esta calle es una de
las avenidas principales de la
ciudad, y todo el día había
estado ocupada por una verdadera
multitud. Pero al acercarse la
oscuridad, el gentío creció de
momento a momento; y para cuando
encendieron las lámparas, dos
mareas densas y continuas de
transeúntes se apresuraban a
pasar junto a la puerta. Nunca
había estado antes en semejante
situación a semejante hora, y el
mar tumultuoso de cabezas humanas
me inundaba, por lo tanto, con
una deliciosa novedad emocional.
Al fin abandoné toda
preocupación por lo que ocurría
dentro del hotel, y quedé
absorto en la contemplación de
la escena exterior.
Al principio mis
observaciones tomaron un giro
abstracto y generalizador. Miraba
a los paseantes en masa, y
pensaba en ellos desde el punto
de vista de sus relaciones
grupales. Pronto, sin embargo,
descendí a los detalles, y
consideré con un interés
minucioso las variedades
innumerables de figuras,
vestimentas, actitudes, modos de
caminar, rostros y expresiones.
La gran mayoría de
los que pasaban tenían un aire
satisfecho de seriedad, y
parecían pensar sólo en abrirse
camino en el apiñamiento.
Llevaban el entrecejo fruncido, y
los ojos giraban con rapidez;
cuando los empujaban otros
transeúntes no mostraban
señales de impaciencia, sino que
se reacomodaban la ropa y
seguían con rapidez. Otros, que
formaban también una clase
numerosa, eran incansables en sus
movimientos, tenían el rostro
arrebolado, y hablaban y
gesticulaban para sí, como si se
sintieran solitarios por la
propia densidad de quienes los
rodeaban. Cuando no podían
avanzar, estas personas dejaban
de murmurar de pronto, pero
redoblaban sus gesticulaciones, y
esperaban, con una sonrisa
ausente pero forzada en los
labios, que les abrieran paso. Si
los empujaban, hacían una
profunda reverencia a los
empujadores, y parecían
abrumados por la confusión. No
había nada muy distintivo en
estas dos clases mayores, más
allá de lo que ya he apuntado.
Sus prendas pertenecían a esa
categoría que con tanta agudeza
denominan decente. Sin duda eran
gentilhombres, comerciantes,
abogados, traficantes, hombres de
la bolsa; los eupátridas y la
gente común de la sociedad;
hombres con tiempo libre y
hombres activamente metidos en
sus propios asuntos, que
conducían empresas bajo su
propia responsabilidad. No me
llamaron mayormente la atención.
La tribu de los
empleados era obvia; y aquí
discerní dos categorías
notables. Estaban los empleados
menores de las casas ostentosas;
jóvenes caballeros de chaqueta
ajustada, botas brillantes,
cabello con pomada, y labios
desdeñosos. Dejando de lado
cierta apostura, que puede
bautizarse escritorismo a
falta de palabra mejor, la
conducta de estas personas me
parecía un facsímil exacto de
lo que había sido la perfección
de bon ton unos doce o
dieciocho meses antes. Imitaban
las maneras ya obsoletas de la
alta burguesía, y creo que ésta
es la mejor definición de la
clase.
La categoría de los
empleados superiores de las
firmas sólidas, o de los
"viejos colegas
seguros", era inconfundible.
Se les reconocía por las
chaquetas y pantalones negros o
marrones, hechos para sentarse
con comodidad, con corbatas y
chalecos blancos, zapatos anchos
de aspecto sólido, y gruesos
calcetines o polainas. Todos
mostraban una leve calvicie, a
partir de la cual las orejas
derechas, usadas para sostener
una lapicera, tenían el extraño
hábito de separarse del cráneo.
Observé que siempre se quitaban
o acomodaban el sombrero con las
dos manos, y que llevaban relojes
con cortas cadenas de oro de
diseño macizo y antiguo. Lo que
fingían ellos era
respetabilidad; si es que existe
fingimiento tan honorable.
Había muchos
individuos de aspecto elegante,
que reconocí con facilidad como
pertenecientes a la raza de los
carteristas prósperos, que
infestan todas las grandes
ciudades. Contemplé a esta gente
con la mayor detención, y me
resultó difícil imaginar cómo
podían ser tomados alguna vez
por caballeros por los propios
caballeros. Los voluminosos
puños de la camisa, o la actitud
de excesiva franqueza, los
traicionaba de inmediato.
Los jugadores, de
los que descubrí unos cuantos,
eran aun más fácilmente
reconocibles. Llevaban todo tipo
de vestimenta, desde el pequeño
tahúr de feria, con chaleco de
terciopelo, pañuelo vistoso al
cuello, cadenas doradas y botones
de filigrana, hasta el clérigo
escrupulosamente discreto que
rara vez puede provocar sospecha.
Aun así los distingue cierta tez
cetrina y esponjosa, la mirada
opaca, y la palidez y la tensión
apretada de los labios. Había
otros dos rasgos, además, por
los que siempre los detectaba: un
tono bajo y resguardado en la
conversación, y una extensión
más que común del pulgar en
ángulo recto con el resto de los
dedos. Con mucha frecuencia, en
compañía de estos tahúres,
observé un tipo de hombre de
costumbres un poco distintas,
pero aún así aves del mismo
plumaje. Se les puede definir
como caballeros que viven de su
ingenio. Parecen caer sobre el
público en dos batallones: dandies
y militares. Los rasgos
principales de los primeros son
el cabello largo y la sonrisa;
del segundo, los levitones y los
entrecejos fruncidos.
Bajando por la
escala de lo que llaman el buen
tono, encontré temas más
oscuros y profundos de
especulación. Veía buhoneros
judíos, con ojos de halcón
relampagueando desde rostros
donde todos los demás rasgos
expresaban humildad abyecta;
vagabundos callejeros
profesionales y robustos, que
miraban mal a los mendigos de
mejor porte, a quienes sólo la
desesperación los había
impulsado a salir en la noche a
buscar limosna; inválidos
débiles y horrendos, sobre los
que la muerte ya había apoyado
una mano firme, y que se
tambaleaban a través de la
multitud mirando a cada uno en la
cara, implorantes, como en busca
de algún consuelo azaroso, de
alguna esperanza perdida;
muchachas modestas que regresaban
tarde de un trabajo prolongado a
un hogar sin alegría, y que se
encogían, más al borde del
llanto que de la indignación,
ante las miradas de los rufianes,
cuyo contacto directo, incluso,
no podían evitar; mujeres de la
ciudad de todo tipo y edad: la
belleza inequívoca en la
plenitud de su juventud, que
traía a la mente la estatua de
Luciano, con superficie de
mármol de Paros, y el interior
lleno de basura; la leprosa
horrenda y ya perdida por
completo, vestida de harapos; el
vejestorio arrugado, enjoyado y
cubierto de cosméticos, que hace
un último esfuerzo por ser
joven; la simple niña de formas
inmaduras que sin embargo, por la
prolongada asociación, es adepta
a las horribles coqueterías de
su oficio, y que arde de rabiosa
ambición por ser clasificada
como igual de sus mayores en el
vicio; borrachos incontables e
indescriptibles; algunos
harapientos y remendados,
tambaleándose, sin poder
articular palabra, con el rostro
magullado y los ojos sin brillo;
otros con prendas enteras aunque
sucias, con un leve pavoneo
inseguro, gruesos labios
sensuales, y rostros rubicundos y
animosos; algunos vestidos con
trajes de otros tiempos buenos, y
que incluso ahora eran cepillados
con esmero; hombres que caminaban
con un paso más que naturalmente
firme y saltarín, pero cuyos
rostros tenían una palidez
temible, con ojos salvajes y
rojos, y que aferraban con dedos
temblorosos, mientras caminaban a
través del gentío, cualquier
objeto que quedara a su alcance;
además de ellos, pasteleros,
mozos de cordel, acarreadores de
carbón, deshollinadores;
organilleros, exhibidores de
monos y cantantes callejeros, los
que venden al lado de los que
cantan; artesanos zarrapastrosos
y trabajadores agotados de
cualquier tipo, y todos llenos de
una vivacidad ruidosa y
desordenada que sonaba
discordante al oído, y provocaba
dolor en los ojos.
A medida que la
noche se hacía más profunda,
también se profundizaba para mí
el interés de la escena; porque
no sólo el carácter general de
la multitud sufría un cambio
material (porque sus rasgos más
agradables se retiraban junto con
el retiro gradual de la porción
de gente más formal, y sus
rasgos más ásperos se
destacaban con relieve más
nítido a medida que las horas
tardías sacaban de su madriguera
a las especies más infames),
sino que los rayos de las
lámparas de gas, al principio
débiles en su lucha con el día
moribundo, se habían impuesto
ahora al fin, y proyectaban sobre
cada cosa un brillo convulsivo y
chillón. Todo era oscuro pero
espléndido, como el ébano con
el que han comparado el estilo de
Tertuliano.
Los efectos salvajes
de la luz me encadenaron a un
examen de los rostros
individuales; y aunque la rapidez
con que el mundo iluminado
revoloteaba ante el ventanal me
impedía proyectar algo más que
un vistazo sobre cada rostro, aun
así parecía que, en mi peculiar
estado mental, podía leer con
frecuencia, incluso en el breve
pantallazo de una mirada, la
historia de largos años.
Con la frente pegada
al cristal, estaba así ocupado
en escrutar la multitud, cuando
de pronto apareció un rostro (el
de un viejo decrépito, de unos
sesenta y cinco o setenta años),
un rostro que de inmediato detuvo
y atrajo toda mi atención,
debido a la singularidad absoluta
de su expresión. Nunca había
visto antes algo que se pareciera
ni de cerca a esa expresión.
Recuerdo bien que mi primer
pensamiento, después de
contemplarla, fue que si Retszch
la hubiese visto, la habría
preferido sin vacilar a sus
propias encarnaciones pictóricas
del demonio. Mientras trataba, en
el breve instante de mi
observación original, de dar
forma al análisis del sentido
que proyectaba, se despertaron de
modo confuso y paradójico en mi
mente las ideas del enorme poder
mental, de cautela, de penuria,
de avaricia, de frialdad, de
malicia, de sed de sangre, de
triunfo, de alegría, de terror
excesivo, de intensa
.de
extrema desesperación. Me sentí
singularmente excitado,
asombrado, fascinado "¡
Qué historia extraordinaria
está escrita en ese pecho!"
Después apareció un deseo
ardiente de no perder de vista al
hombre, de saber algo más de
él. Me puse apurado el abrigo, y
tomando el sombrero y el bastón,
salí a la calle, y empujé a
través de la multitud en la
dirección que le había visto
tomar; porque ya había
desaparecido. Con cierta
dificultad al fin pude divisarlo,
me acerqué y lo seguí a poca
distancia, aunque con cautela,
como para no llamarle la
atención.
Ahora tenía una
buena oportunidad de examinarlo.
Era de baja estatura, muy delgado
y al parecer muy débil. Sus
prendas se veían en conjunto
sucias y harapientas; pero al
atravesar, de vez en cuando, el
fuerte resplandor de una
lámpara, advertí que la camisa,
aunque sucia, era de buena tela;
y si mi visión no me engañaba,
a través de un desgarrón del
abrigo que lo envolvía, de
evidente segunda mano y bien
abotonado, capté por un instante
un diamante y una daga. Tales
observaciones aumentaron mi
curiosidad, y decidí seguir al
extraño dondequiera que fuese.
Ya era noche
cerrada, y una pesada niebla
húmeda colgaba sobre la ciudad,
dando paso pronto a una lluvia
pareja y densa. Ese cambio de
clima tuvo un efecto curioso
sobre la multitud, recorrida en
su totalidad por una nueva
conmoción, para quedar cubierta
por un mundo de paraguas. Las
ondulaciones, los forcejeos y el
rumor aumentaron por diez. Por mi
parte la lluvia no me importaba
demasiado, porque una antigua
fiebre oculta en mi cuerpo hacía
que la humedad fuera de algún
modo peligrosamente placentera.
Me até un pañuelo sobre la boca
y seguí adelante. Durante media
hora el viejo mantuvo su rumbo
con dificultad a lo largo de la
gran avenida; caminé ese tiempo
pegado a él por temor a perderlo
de vista. Como no dio vuelta la
cabeza ni una vez para mirar
atrás, no me vio. Al fin pasó a
una calle lateral, que, aunque
muy concurrida, no estaba tan
apiñada como la avenida que
habíamos abandonado. Aquí se
hizo evidente un cambio de
actitud. Caminaba con mayor
lentitud y menos decidido que
antes
más vacilante.
Cruzó y volvió a cruzar la
calle repetidas veces sin
propósito aparente; y el
apretujamiento era tan intenso,
que, cada vez que lo hacía, me
sentía obligado a seguirlo de
cerca. La calle era estrecha y
larga, y su trayectoria la
recorrió en casi una hora,
durante la cual, los transeúntes
disminuyeron poco a poco hasta
llegar al número que suele verse
al mediodía en Broadway, cerca
del parque; tan enorme es la
diferencia existente entre una
muchedumbre londinense y la de la
ciudad norteamericana más
transitada.
Un nuevo cambio de
dirección nos llevó a una plaza
brillantemente iluminada y
hormigueante de vida. Reapareció
la antigua actitud del extraño.
El mentón le cayó sobre el
pecho, mientras los ojos le
giraban como loco bajo el
entrecejo fruncido, mirando en
toda dirección a quienes lo
cercaban. Se abría camino con
firmeza y constancia. Me
sorprendió descubrir, sin
embargo, que después de recorrer
la plaza se daba vuelta y volvía
sobre sus pasos. Me asombró aun
más verlo repetir la misma
caminata varias veces, en una
ocasión casi detectándome al
volverse con un movimiento
brusco.
Pasó una hora más
en ese ejercicio, al fin de la
cual fuimos menos interrumpidos
que antes por los transeúntes.
La lluvia caía fuerte, el aire
refrescó y la gente se iba
retirando a casa. Con un gesto de
impaciencia, el errabundo pasó a
una calle lateral
comparativamente desierta. Bajó
por ella un cuarto de milla, con
una vivacidad que nunca habría
imaginado en alguien de esa edad,
y que me dificultó seguirlo. En
pocos minutos llegamos a una
feria muy amplia y bulliciosa,
cuyos locales el extraño
parecía conocer bien, y donde
volvió a hacerse visible su
actitud anterior, mientras se
abría paso de aquí para allá,
entre la muchedumbre de
compradores y vendedores.
Durante la hora y
media aproximada que pasamos en
ese sitio, tuve que ser muy
cuidadoso para mantenerme a la
vista del viejo sin llamar la
atención. Por suerte llevaba un
par de galochas de caucho, y
podía moverme en perfecto
silencio. En ningún momento
captó que lo observaba. Entró a
un negocio tras otro, sin pedir
el precio de nada, sin decir una
palabra, y miró todos los
objetos con ojos ausentes y
extraviados. Ahora me sentía
totalmente perplejo ante su
conducta, y decidí con firmeza
que no nos separaríamos hasta
que satisfaciera de algún modo
mi curiosidad por él.
Un reloj dio once
sonoras campanadas, y los
paseantes empezaron a abandonar
la feria con rapidez. Un tendero,
al colocar un postigo, empujó al
viejo, y vi que un
estremecimiento le sacudía el
cuerpo de inmediato. Se lanzó a
la calle, miró ansioso a su
alrededor por un instante, y
después corrió con rapidez
vertiginosa a través de
numerosas callejuelas retorcidas
y sin gente, hasta que
desembocamos otra vez en la gran
avenida desde la que habíamos
partido: la calle del Hotel
D
Pero ya no tenía el
mismo aspecto. Seguía brillando
con las luces de gas; pero la
lluvia caía feroz, y se veían
pocas personas. El extraño
palideció. Caminó melancólico
unos pasos por la avenida antes
populosa, y después, con un
pesado suspiro, se volvió en
dirección al río, y,
zambulléndose a través de una
gran variedad de calles
retorcidas, llegó al fin ante
uno de los principales teatros de
la ciudad. Estaban por cerrar, y
el público salía en multitud
hacia la calle. Vi que el viejo
jadeaba como en busca de aire
mientras se lanzaba en medio de
la multitud; pero pensé que la
agonía intensa de su rostro
había disminuido hasta cierto
punto. La cabeza le cayó otra
vez sobre el pecho; estaba como
cuando lo divisé por vez
primera. Observé que ahora
tomaba la dirección en la que
iba la mayor cantidad de
personas, pero en conjunto, no
pude desentrañar la
extravagancia de sus acciones.
Mientras avanzaba,
sus acompañantes se dispersaron
un poco, y reapareció la vieja
inquietud y vacilación. Durante
cierto tiempo siguió de cerca a
un grupo de diez o doce
parranderos; pero se fueron yendo
uno a uno, hasta que quedaron
sólo tres, en una callejuela
estrecha y lúgubre, poco
frecuentada. El extraño hizo una
pausa y, por un instante,
pareció hundirse en sus
pensamientos; después, con todas
las señales de agitación,
siguió con rapidez una ruta que
nos llevó al borde de la ciudad,
entre regiones muy distintas a
las que habíamos atravesado
hasta entonces. Era el barrio
más ruidoso de Londres, donde
todo exhibía los estigmas de la
más deplorable pobreza, y del
crimen más abyecto. Junto a la
luz difusa de una lámpara
accidental, altas viviendas de
madera, antiguas, carcomidas, se
veían como a punto de
desmoronarse, en direcciones tan
numerosas y caprichosas que
apenas sí podía distinguirse
entre ellas algún pasaje. Las
piedras del pavimento estaban
dispuestas al azar, arrancadas de
su sitio por la abundante mala
hierba. Una suciedad inmunda
desbordaba de las alcantarillas.
La atmósfera entera estaba
saturada de desolación. Sin
embargo, a medida que
avanzábamos, los sonidos de la
vida humana revivían poco a
poco, y al fin aparecieron
grandes bandas de los ejemplares
más abandonados del populacho
londinense, moviéndose de aquí
para allá. El ánimo del viejo
volvió a parpadear, como una
lámpara a punto de apagarse.
Volvió a caminar con pasos
elásticos. Doblamos de pronto en
una esquina, la luz brotó ante
nuestros ojos, y nos encontramos
ante uno de los enormes templos
suburbanos de la Intemperancia,
uno de los palacios del demonio
Ginebra.
Ya se acercaba el
amanecer; pero una cantidad de
borrachos semidestruidos seguían
entrando y saliendo por la
ostentosa puerta. Con un sofocado
grito de alegría, el viejo se
abrió paso hasta el interior,
recobró de inmediato su actitud
original, y se movió de un lado
a otro, sin objeto aparente,
entre el gentío. No llevaba
mucho tiempo así, sin embargo,
cuando un brusco movimiento
general hacia la puerta indicó
que el dueño estaba cerrando por
esa noche. Fue entonces cuando
observé algo aun más intenso
que la desesperación en el
rostro del ser peculiar a quien
había vigilado con tanta
persistencia. Pero no vaciló en
su carrera, sino que, con
energía demencial, volvió otra
vez sobre sus pasos, hacia el
corazón de la poderosa Londres.
El viejo corría con pasos largos
y rápidos mientras yo lo seguía
con el mayor asombro, resuelto a
no abandonar una observación
convertida en un interés que
absorbía todo lo demás. El sol
salió mientras avanzábamos, y,
cuando llegamos otra vez a aquel
punto de concentración suprema
de la ciudad populosa, la calle
del Hotel D
, ésta
presentaba un aspecto de
actividad y bullicio humanos
apenas inferior al que presentaba
la noche anterior. Y allí,
largamente, en medio de la
confusión que crecía momento a
momento, insistí en perseguir al
extraño. Pero, como de
costumbre, él caminó de un lado
a otro, y durante el día no se
apartó del tumulto de aquella
calle. Y cuando se acercaron las
sombras de la segunda noche, me
sentí mortalmente cansado, y,
deteniéndome de frente ante el
errabundo, lo miré fijo a los
ojos. No me advirtió, sino que
reanudó su caminata solemne,
mientras yo, dejando de seguirlo,
quedaba absorto en la
contemplación.
-Este viejo
dije al fin-, representa el
arquetipo y el genio del crimen
profundo. Se niega a estar solo. Es
el hombre de la multitud.
Será en vano seguirlo; porque no
aprenderé nada más sobre él,
ni sobre sus actos. El peor
corazón del mundo es un libro
más grueso que el Hortulus
Animate, y quizá sea una de
las grandes mercedes de Dios que es
lässt sich nicht lesen.
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2000-2005 Revista
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