/En busca del hombre / Revista Contratiempo | Año 1 Nº III Primavera - Verano 2001/02

SÓCRATES
Y
DIOTIMA

EL BANQUETE, PLATÓN
(fragmento)

Estas son, pues, las cuestiones relativas al amor, en cuyos misterios, Sócrates, también tú podrías iniciarte. Pero en los ritos de iniciación perfecta y en las supremas revelaciones, que constituyen la finalidad de aquéllos si se procede correctamente, no sé si serías capaz de iniciarte. Por tanto, te lo diré -afirmó- yo y no dejaré de poner en ello todo mi empeño; tú intenta seguirme, si eres capaz.

Es preciso -dijo- que quien pretenda ir por el camino recto hacia ese objetivo empiece desde joven a encaminarse hacia los cuerpos bellos, y en primer lugar, si su guía lo conduce correctamente, que se enamore de un solo cuerpo y en él engendre razonamientos bellos; luego, que comprenda que la belleza que hay en un cuerpo cualquiera es hermana de la que hay en otro cuerpo, y que, si se debe perseguir la belleza de la forma, es una gran insensatez no considerar que es una sola y la misma la belleza que hay en todos los cuerpos. Tras haber comprendido esto, debe erigirse en amante de todos los cuerpos bellos y aquietar ese violento deseo de uno solo, despreciándolo y considerándolo poca cosa. Después de eso, considerar más preciosa la belleza que hay en las almas que la que hay en el cuerpo, de suerte que, si alguien es virtuoso de alma, aunque tenga poca lozanía, le baste para amarlo, cuidarse de él, procrear y buscar razonamientos de tal clase que vayan a hacer mejores a los jóvenes, para verse obligado de nuevo a contemplar la belleza que hay en las normas de conducta y en las leyes y a observar que todo ello está emparentado consigo mismo, con el fin de que considere que la belleza relativa al cuerpo es algo poco importante.

Después de las normas de conducta, debe conducirlo a las ciencias, para que vea asimismo la belleza de éstas, y, dirigiendo su mirada a esa belleza ya abundante, no sea ya en el futuro vil y de espíritu mezquino sirviendo, como un esclavo, a la belleza que radica en un solo ser, contentándose con la de un muchacho, un hombre o una sola norma de conducta, sino que, vuelto hacia el extenso mar de la belleza y contemplándolo, procree muchos, bellos y magníficos discursos y pensamientos en inagotable amor por la sabiduría, hasta que, fortalecido entonces y engrandecido, aviste una ciencia única, que es de la siguiente manera y se ocupa de una belleza como la siguiente. Y tú intenta -añadió- prestarme cuanta atención te sea posible.

En efecto, quien hasta aquí haya sido instruido en las cuestiones relativas al amor, al contemplar en su orden y de manera correcta las cosas bellas y al aproximarse ya al final de su iniciación en las cosas del amor, repentinamente avistará algo maravillosamente bello por naturaleza, aquello, Sócrates, por lo que precisamente se realizaron todos los esfuerzos anteriores, algo que, en primer lugar, existe siempre, no nace ni muere, no aumenta ni disminuye; en segundo lugar, no es bello en un aspecto y feo en otro, ni unas veces sí y otras no, ni bello con respecto a una cosa y feo con respectoa a otra, ni bello aquí y feo allá, de modo que para unos sea bello y para otros feo. Ni tampoco se le aparecerá la belleza como un rostro, unas manos ni ninguna otra cosa de las que participa un cuerpo, ni como un razonamiento ni como una ciencia, ni en absoluto como algo que existe en otra cosa, por ejemplo, en un ser viviente, en la tierra, en el cielo o en algún otro ser, sino la propia belleza en sí, que es siempre consigo misma específicamente única, mientras que todas las demás cosas bellas participan de aquélla de una manera tal que, aunque nazcan las demás y mueran, ella en nada se hace ni mayor ni menor, ni le sucede nada. Por tanto, cuando alguien se eleva a partir de las cosas de aquí por medio del recto amor a los jóvenes y comienza a avistar aquella belleza, podría decirse que casi alcanza el final de su iniciación.

En efecto, éste es precisamente el camino correcto para dirigirse a las cuestiones relativas al amor o ser conducido por otro: con la mirada puesta en aquella belleza, empezar por las cosas bellas de este mundo y, sirviéndose de ellas a modo de escalones, ir ascendiendo continuamente, de un solo cuerpo a dos y de dos a todos los cuerpos bellos, y de los cuerpos bellos a las bellas normas de conducta, y de las normas de conducta a los bellos conocimientos, y a partir de los conocimientos acabar en aquél que es conocimiento no de otra cosa sino de aquella belleza absoluta, para que conozca por fin lo que es la belleza en sí. En ese instante de la vida, querido Sócrates -dijo la extranjera de Mantinea-, más que en ningún otro, vale la pena el vivir del hombre: cuando contempla la belleza en sí. Si algún día alcanzas a verla, no te parecerá que es comparable ni con oro, ni con los vestidos ni con los niños y muchachos bellos, ante los cuales ahora, con sólo verlos, quedas embelesado y estás dispuesto, tanto tú como otros muchos, con tal de ver a los amados y estar continuamente con ellos, a no comer ni beber, si fuera de algún modo posible, sino únicamente a contemplarlos y estar juntos. ¿Qué podemos pensar entonces -dijo-, si le acaeciera a uno ver la belleza en sí, limpia, pura, sin mezcla, sin estar contaminada de carnes humanas, de colores y de otras muchas naderías mortales, sino que le fuera posible avistar la belleza divina en sí, específicamente única? ¿Acaso crees -prosiguió- que llega a ser vulgar la vida de un hombre que pone su mirada en eso, lo contempla con lo que debe contemplarlo y está en su compañía? ¿O no piensas -dijo- que solamente en ese momento, cuando vea la belleza con lo que es visible, podrá engendrar no imágenes de virtud, ya que no está en contacto con una imagen, sino virtudes verdaderas, al estar en contacto con la verdad? Y a quien ha engendrado una virtud verdadera y la ha criado, ¿no piensas que le es dado hacerse amigo de los dioses y, si es que a algún hombre le es dado, inmortal también el?

Estas son, en fin, las cosas que me dijo Diotima, Fedro y demás amigos, y yo he quedado convencido; y convencido como estoy, intento convencer también a los demás de que, para adquirir esa posesión, difícilmente se podría tomar un colaborador de la naturaleza mejor que Eros. Por eso precisamente yo, por mi parte, afirmo que debe todo hombre honrar a Eros, y yo personalmente honro las cosas del amor y las practico sobremanera, y también animo a los demás a que lo hagan y ahora y siempre elogio el poder y la valentía de Eros, en cuanto está a mi alcance. Así, pues, este discurso, Fedro, si quieres, considera que lo he dicho como un encomio en honor a Eros, y si no, llámalo lo que te guste y como te guste.

De EL BANQUETE, Platón (Alianza Bolsillo, Madrid-1993)

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