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/ ¿Existe la libertad? / Dossier / Informe sobre Cárceles / Año V N° 7 / Otoño - Invierno 2005
     


Foto: Penitenciaría Nacional (1925) (A.G.N.)

Un jefe de policía del pueblo de Buenos Aires es acusado por la prensa de inclumplimiento de su labor pública. Entre otros cargos figuran "los robos repetidos y otros crímenes, que escandalizan al público; la falta de limpieza de las calles, la holgazanería y la corrupción de los jóvenes". El fragmento que aquí reproducimos forma parte del descargo que efectúa en su defensa el 11 de octubre de 1830, donde entre otras cosas subraya la importancia del temor al castigo. Este documento forma parte del Legajo 2670, Colección Lamas, Sala VII, Archivo General de la Nación./

  NOTA DE ARCHIVO / BUENOS AIRES 1830
Hoy como ayer: La importancia de educar, vigilar y castigar

"Contesta el Jefe de Policía a ciertos cargos que se le han hecho por la prensa"

"…¿Por qué principio puede atribuirse a descuidos de la policía la repetición de robos, heridas y otros crímenes? ¿Qué ha podido hacer ésta para evitarlos, que no haya hecho? La vigilancia es el único arbitrio que está en la esfera de sus facultades, ¿y ésta ha faltado? Si se considera la extensión de este gran pueblo, el número de celadores que no pasan de setenta, y los reos de toda especie que en un año se han remitido a los jueces naturales, se conocerá si hay descuidos o negligencia en el departamento. No hay vigilancia que baste para evitar los crímenes, cuando falta el freno fuerte y poderoso del castigo. ¿Qué le importa al ladrón del celo de la policía, que solo puede prenderlo, si nada tiene que temer de los jueces que lo han de sentenciar? Es verdad que estos no siempre pueden arribar a la justificación de los crímenes, o por que sus pruebas no son tan claras como deben ser, o por la protección decidida y escandalosa que por lo común obtienen los malvados; en cuyos casos se ven impedidos, tal vez contra los reclamos de su conciencia, de aplicar a los reos las penas de la ley; si estos se desvanecen, y los hechos se desfiguran, no es su culpa. Entre tanto no se cansará de repetir que no hay vigilancia que baste sin el auxilio del temor, aunque hubiese en cada cuadra un oficial de policía se repetirán los excesos, siempre que queden impunes. ¿Qué extraño será que se multipliquen, cuando es imposible un número de empleados proporcionado a las exigencias, porque no hay fondos con que sostenerlos?

Por otra parte los ministros de policía no son adivinos, ni pueden verlo todo; si los ofendidos o perjudicados no dan el parte correspondiente, lo más pronto posible, si se comete un robo en un barrio y solo se avisa a la policía después de algunos días, ¿qué extraño será que no se pueda esclarecer el hecho, ni rastrear el delincuente? Es necesario decirlo, aunque sea con sentimiento, el estado de nuestra sociedad no favorece los empeños de la policía. En una familia bien arreglada y de buenas costumbres se puede a poca costa conservar el orden y descubrir cualquier falta, que, corregida oportunamente, sirve de freno para lo sucesivo; pero cuando la corrupción se extiende a una gran parte de la población, cuando hay un interés casi común en ciertas clases en proteger a los malvados, ¿de qué sirve el celo más activo, sino le acompaña el poder de castigar? Este es por desgracia el estado de nuestra sociedad, en la que la policía, aun reformados mil defectos de su institución, no puede hacer más que prender y sumariar los reos… Es cierto que no todos los reos se prenden, porque esto no siempre es posible; pero aun cuando lo fuere, ¿qué se habría adelantado con llevar a todos a las cárceles si al fin habían de salir como los que se remiten a ellas?

Se acusa también a la policía de los excesos y relajación de los jóvenes, que vagan continuamente por las calles o se detienen jugando en las veredas, y aunque es verdad que hasta cierto punto corresponde al departamento celar e impedir este desorden, también lo es que él solo no puede remediarlo. Ha hecho el jefe cuanto le es posible para alejar del público este semillero de vicios, pero cuando la planta está dañada en las raíces, es inútil el cultivo. El remedio de este mal debía salir del seno de las familias, los encargados de la educación y crianza de los niños debían ser los más empeñados en contenerlos o en que fuesen corregidos por la autoridad. Pero sucede todo lo contrario: los padres de esos jóvenes miran con indiferencia sus extravíos, algunos les enseñan el camino, y todos en general se oponen a cualquier medida que se intente para frenar sus desordenes. No hay arbitrio exigible que facilite un remedio. Los celadores y todos los tenientes del barrio están altamente encargados por el jefe de policía para que persigan a los jóvenes y criados que vean mal entretenidos en las calles; pero nada pueden conseguir porque si los prenden no hay donde depositarlos: la cárcel solo serviría para aumentar su disolución. De los cuarteles los reclama el derecho paterno, alegando cada padre que aquel hijo preso era el mejor del barrio… Para evitar estos excesos se necesitan medidas fuertes, que no se pueden sostener, y moralidad en los padres de familia, que no es fácil alcanzar. Mientras que los empleados de la crianza juvenil no tengan celo y firmeza para corregirlos, la policía poco podrá conseguir, a pesar que no se descuida en hacer cuanto puede para remediar este mal..."

Buenos Aires, Octubre 1830
Gregorio Perdriel
Jefe de Policía

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