
Foto: Penitenciaría
Nacional (1925) (A.G.N.)
Un jefe de
policía del pueblo de Buenos Aires es
acusado por la prensa de inclumplimiento
de su labor pública. Entre otros cargos
figuran "los robos
repetidos y otros crímenes, que
escandalizan al público; la falta de
limpieza de las calles, la holgazanería
y la corrupción de los jóvenes".
El fragmento que aquí reproducimos forma
parte del descargo que efectúa en su
defensa el 11 de octubre
de 1830, donde entre
otras cosas subraya la importancia del
temor al castigo. Este documento forma
parte del Legajo 2670,
Colección Lamas, Sala VII, Archivo
General de la Nación./
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NOTA
DE ARCHIVO / BUENOS AIRES 1830
Hoy como ayer: La
importancia de educar, vigilar y castigar"Contesta
el Jefe de Policía a ciertos cargos que
se le han hecho por la prensa"
"
¿Por
qué principio puede atribuirse a
descuidos de la policía la repetición
de robos, heridas y otros crímenes?
¿Qué ha podido hacer ésta para
evitarlos, que no haya hecho? La
vigilancia es el único arbitrio que
está en la esfera de sus facultades, ¿y
ésta ha faltado? Si se considera la
extensión de este gran pueblo, el
número de celadores que no pasan de
setenta, y los reos de toda especie que
en un año se han remitido a los jueces
naturales, se conocerá si hay descuidos
o negligencia en el departamento. No hay
vigilancia que baste para evitar los
crímenes, cuando falta el freno fuerte y
poderoso del castigo. ¿Qué le importa
al ladrón del celo de la policía, que
solo puede prenderlo, si nada tiene que
temer de los jueces que lo han de
sentenciar? Es verdad que estos no
siempre pueden arribar a la
justificación de los crímenes, o por
que sus pruebas no son tan claras como
deben ser, o por la protección decidida
y escandalosa que por lo común obtienen
los malvados; en cuyos casos se ven
impedidos, tal vez contra los reclamos de
su conciencia, de aplicar a los reos las
penas de la ley; si estos se desvanecen,
y los hechos se desfiguran, no es su
culpa. Entre tanto no se cansará de
repetir que no hay vigilancia que baste
sin el auxilio del temor, aunque hubiese
en cada cuadra un oficial de policía se
repetirán los excesos, siempre que
queden impunes. ¿Qué extraño será que
se multipliquen, cuando es imposible un
número de empleados proporcionado a las
exigencias, porque no hay fondos con que
sostenerlos?
Por otra parte los
ministros de policía no son adivinos, ni
pueden verlo todo; si los ofendidos o
perjudicados no dan el parte
correspondiente, lo más pronto posible,
si se comete un robo en un barrio y solo
se avisa a la policía después de
algunos días, ¿qué extraño será que
no se pueda esclarecer el hecho, ni
rastrear el delincuente? Es necesario
decirlo, aunque sea con sentimiento, el
estado de nuestra sociedad no favorece
los empeños de la policía. En una
familia bien arreglada y de buenas
costumbres se puede a poca costa
conservar el orden y descubrir cualquier
falta, que, corregida oportunamente,
sirve de freno para lo sucesivo; pero
cuando la corrupción se extiende a una
gran parte de la población, cuando hay
un interés casi común en ciertas clases
en proteger a los malvados, ¿de qué
sirve el celo más activo, sino le
acompaña el poder de castigar? Este es
por desgracia el estado de nuestra
sociedad, en la que la policía, aun
reformados mil defectos de su
institución, no puede hacer más que
prender y sumariar los reos
Es
cierto que no todos los reos se prenden,
porque esto no siempre es posible; pero
aun cuando lo fuere, ¿qué se habría
adelantado con llevar a todos a las
cárceles si al fin habían de salir como
los que se remiten a ellas?
Se acusa también
a la policía de los excesos y
relajación de los jóvenes, que vagan
continuamente por las calles o se
detienen jugando en las veredas, y aunque
es verdad que hasta cierto punto
corresponde al departamento celar e
impedir este desorden, también lo es que
él solo no puede remediarlo. Ha hecho el
jefe cuanto le es posible para alejar del
público este semillero de vicios, pero
cuando la planta está dañada en las
raíces, es inútil el cultivo. El
remedio de este mal debía salir del seno
de las familias, los encargados de la
educación y crianza de los niños
debían ser los más empeñados en
contenerlos o en que fuesen corregidos
por la autoridad. Pero sucede todo lo
contrario: los padres de esos jóvenes
miran con indiferencia sus extravíos,
algunos les enseñan el camino, y todos
en general se oponen a cualquier medida
que se intente para frenar sus
desordenes. No hay arbitrio exigible que
facilite un remedio. Los celadores y
todos los tenientes del barrio están
altamente encargados por el jefe de
policía para que persigan a los jóvenes
y criados que vean mal entretenidos en
las calles; pero nada pueden conseguir
porque si los prenden no hay donde
depositarlos: la cárcel solo serviría
para aumentar su disolución. De los
cuarteles los reclama el derecho paterno,
alegando cada padre que aquel hijo preso
era el mejor del barrio
Para evitar
estos excesos se necesitan medidas
fuertes, que no se pueden sostener, y
moralidad en los padres de familia, que
no es fácil alcanzar. Mientras que los
empleados de la crianza juvenil no tengan
celo y firmeza para corregirlos, la
policía poco podrá conseguir, a pesar
que no se descuida en hacer cuanto puede
para remediar este mal..."
Buenos Aires,
Octubre 1830
Gregorio Perdriel
Jefe de Policía
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