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CESARE PAVESE
La
selva
Del libro El
oficio de poeta, Cesare Pavese
(Universidad Iberoamericana,
México 1994)
Lo selvático que
nos interesa no es la naturaleza,
el mar, la selva, sino lo
imprevisto en el corazón de
nuestros compañeros hombres.
Aquello que con un simple
esfuerzo de atención puede
devenir voluntad deliberada. La
ciudad, la mujer, gastan con
nosotros una ferocidad de la cual
toda tierra salvaje es solamente
un símbolo. Desastres e
intemperies nos encuentran
resignados, nos dan la muerte,
nos desencadenan en nosotros lo
selvático, como hace la voluntad
deliberada que a pasión
contrapone pasión. Lo selvático
inventa palabras, se trabaja a
sí mismo para aclararse en
palabras, que luego supuran por
dentro y nos desgarran. Al
principio es sólo naturaleza: la
ciudad es un paisaje, son rocas,
alturas, cielo, claros
improvisados; la mujer es una
fiera, una carne, un abrazo.
Después se vuelve palabras; lo
natural era sólo un símbolo, y
al conocer lo selvático
verdadero, hay que aullar.
¿Quién no ha
aullado nunca delante de las
cosas? La tiniebla de una fronda,
los asaltos lastimeros del
viento, la impotencia ante una
fiebre, nos parecen ricos
misterios, misterios de dolor y
de peligro, a los que estamos
tentados de dar la palabra, para
conocerlos y poseerlos mejor. Y
darles la palabra quiere decir
reducirlos a un nivel humano y
ciudadano, hacernos palabra de
pronto, expresar y significar la
turbia, atroz, pululante selva
humana. No hay misterio en las
cosas naturales, así como no hay
pecado. Cuando más son
símbolos. Decíamos entonces que
lo propio de la ciudad y de la
mujer de la vida en
común-, cuando hay voluntad
deliberada, es residir en
símbolos, al choque con los
cuales también se tiende nuestra
voluntad y, frustrada, nos deja
impotentes ante el misterio, el
único misterio verdaderamente
intolerable que es el contraste
de las voluntades.
¿Por qué tendemos
a hablar de una mujer por medio
de símbolos, a transformarla en
cosa absolutamente natural,
diciéndonos, por ejemplo, que
ella es fiebre, ráfaga, fronda?
¿Buscamos defendernos, con eso,
como nos defendemos transformando
en paisaje una plaza, una huida
por los techos, o abandonándonos
a una muchedumbre como si fuese
un río? Pero las palabras tienen
una extraña vida: pronto se
encarnan, y verdaderamente
aquella mujer será para nosotros
fiebre y fronda, verdaderamente
la muchedumbre será río, y la
ciudad paisaje, es decir,
impasible para nosotros. Entonces
se aviva nuestra pasión; la
voluntad se debate, aunque
comprendiendo que bajo aquellos
símbolos y aquellas palabras hay
una voluntad adversa que resiste,
que es ella misma un misterio
perenne, en el cual nosotros no
podemos agotarnos y que tampoco
nunca podrá agotarse en
nosotros. Aquí está lo
selvático verdadero. La soledad
en un bosque, en un campo de
trigo, puede ser temible, puede
matar, pero no nos asusta ni nos
mata como hombres, como
voluntades apasionadas. Solamente
los otros pueden hacernos eso
los otros, el prójimo, la
mujer, los compañeros, nuestros
hijos. Frente a éstos, frente a
la ciudad, sufrimos, siempre
sufrimos a fondo. Nos cambiamos
símbolos y palabras, cambiamos
golpes, nos tendemos la mano, nos
enjugamos a veces el sudor, pero
al final del día, fatigados, nos
damos cuenta de que con nosotros
no hay nadie. Y sin embargo
sabemos que toda nuestra fatiga
tenía el único fin de no
dejarnos con las manos vacías.
¿Se puede aceptar esto?
Debemos aceptarlo.
Basta pensar lo que sería el fin
del día, y el mañana, el
porvenir, si desaparecieran los
símbolos, si se desvaneciese el
misterio, si de noche no
estuviésemos solos. Estaríamos
más muertos que los muertos.
Ignoraríamos el desear algo.
Ignoraríamos que el prójimo
la ciudad, la mujer- siendo
sólo misterio, espera de
nosotros el golpe y la mano,
espera ser desvelado y
atormentado, enfrentando a su
dolor y a su misterio. Si fuese
posible destruir los símbolos,
todos los símbolos, nos
destruiríamos solamente a
nosotros mismos. Podemos
descubrirnos siempre más ricos,
más sutiles, más verdaderos,
podemos sustituirnos, no negar la
voluntad que está debajo, la
voluntad adversa. En ella tenemos
la sangre, el aliento, el hambre.
No se escapa a la selva. También
ella es un símbolo.
Quien olvida esto y
se abandona al dulce sueño
a la confianza de que la
mujer y la ciudad no sean sangre,
aliento, hambre- se encontrará
igualmente solo, desvelado, más
solo que nunca. Pero se habrá
perdido también a sí mismo.
¿De qué sirve conquistar todo
el mundo si uno se pierde a sí
mismo? Le tocará, de bastarle
las fuerzas, reencontrarse quién
sabe dónde. En la saciedad, en
la vergûenza, en la muerte. Pero
no fuera de la selva.
Debemos aceptar los
símbolos el misterio de
cada uno- con la tranquila
convicción con que se aceptan
las cosas naturales. La ciudad
nos da símbolos como el campo
nos da frutos. Pero ninguno
conoce o posee la planta. Viene
de otro mundo. Se deja sembrar o
podar, se deja abatir y quemar,
pero ¿quién puede decir que esa
planta es cosa suya? ¿Quién
puede decir que ha tocado el
fondo de una voluntad ajena? A
veces parece que destruir fuera
el único modo. Y está bien.
Pero destruir una sola voluntad,
una sola planta, si bien es
posible, es menos que nada:
habrá que pasar a otra, a otra
más, y así hasta el infinito.
Estupideces. Se tendrá un mundo
desierto, una estepa. Que es,
después de todo, otro nombre de
la selva. Tanto vale aceptar el
misterio y poblar la ciudad de
símbolos, y el campo de
presencias. Y amar todo esto, con
cautela desesperada.
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