| /Itinerarios / Revista Contratiempo | Año 1 Nº III Primavera - Verano 2001/02 | ||
Sorprendentes contradicciones que se encuentran en la naturaleza del hombre respecto de la verdad, de la felicidad y de otras muchas cosas. BLAISE PASCAL (...)Todos los hombres procuran ser dichosos; esto sin excepción, por diferentes que sean los medios que emplean, todos tienden a este fin. Lo que hace que unos vayan a la guerra, y otros no, es el mismo deseo, acompañado de gustos distintos. La voluntad no da jamás un paso que no sea para ese objeto. Éste es el motivo de las acciones de los hombres, hasta de los que van a colgarse. Y, sin embargo, a pesar de los años transcurridos, nadie ha llegado jamás, sin la fe, a este punto al cual todos tienden continuamente. Todos se quejan, príncipes, súbditos, nobles, villanos, viejos, jóvenes, débiles, sabios, ignorantes, sanos, enfermos; de cualquier país, de cualquier tiempo, de cualquier condición. Una prueba tan larga, tan continua y tan uniforme, debería convencernos de nuestra impotencia de llegar a un resultado por nuestros esfuerzos; pero el ejemplo no nos aprovecha. Nunca se es tan perfectamente semejante a otro, que no exista alguna diferencia; y por esto esperamos que, en estas circunstancias, no pase como en las otras, y que esta vez nuestra esperanza no será chasqueada. Y así, como el presente no nos satisface nunca, la experiencia nos engaña, y de desdicha en desdicha nos conduce hasta la muerte, que las cierra y colma para siempre jamás. ¿Qué cosa claman, pues, esta avidez y esta impotencia, sino que en otro tiempo el hombre ha vivido en una eterna felicidad, de la que no le queda ahora sino vacía señal y traza, que él ensaya en vano de llenar con todo lo que le rodea, buscando en las cosas ausentes el socorro que no obtiene de las presentes? Pero ninguna de ellas es capaz, porque aquel abismo infinito no puede ser llenado sino por un objeto infinito e inmutable, es decir, por el mismo Dios. Él solo es su verdadero bien, y desde que él le ha dejado nada en la naturaleza puede ocupar su lugar, astros, cielo, tierra, elementos, plantas, coles, puerros, animales, insectos, terneros, serpientes, fiebre, peste, guerra, hambre, vicios, adulterio, incesto. Y, desde que el hombre ha perdido este verdadero bien, todo puede parecerle tal, hasta su destrucción propia, por contraria que sea, a la vez, a Dios, a la razón y a su naturaleza.
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| Nuestro
instinto nos hace sentir que debemos buscar la felicidad
fuera de nosotros. Nuestras pasiones nos empujan hacia
afuera, y lo harían aunque los objetos no se presentasen
para excitarlas. Los objetos exteriores nos tientan por
sí mismos y nos llaman, aun cuando no pensemos en ellos,
por más que los filósofos digan: Entrad en vosostros
mismos y encontraréis vuestro bien, no se les hace caso,
y los que los creen son más vacíos que los necios.
(Porque, ¿hay nada más ridículo y más vano que lo que
proponen los estoicos? ¿Hay nada más vacío que todos
sus razonamientos?) De que alguna vez aquello es posible,
ellos deducen que es posible siempre; y del hecho de que
el deseo de gloria hace alguna vez cumplir el bien a
aquellos a quienes domina, sacan que los otros podrán lo
mismo. Como si la salud pudiese imitar los movimientos de
la fiebre. La guerra interior entre la razón y las pasiones ha hecho que aquellos que han querido tener paz se hayan dividido en dos sectas: los unos han querido renunciar a las pasiones y convertirse en dioses; los otros han querido renunciar a la razón y convertirse en bestias. Pero no lo han logrado ni los unos ni los otros; y la razón permanece siempre, acusando la bajeza y la injusticia de las pasiones y turbando el reposo de los que se abandonan a ellas; y las pasiones son siempre vivas en aquellos que han intentado el renunciamiento. (He aquí lo que puede el hombre por sí mismo, por sus propios esfuerzos en el camino de la verdad y el bien.) Nosotros tenemos una impotencia para probar, invencible para todo dogmatismo; nosotros tenemos una idea de la verdad invencible para todo pirronismo. Deseamos la felicidad, y sólo encontramos miseria y muerte. Somos incapaces de la verdad y de la felicidad. Se nos ha dejado el deseo, tanto para el castigo, como para hacernos sentir de dónde hemos caído. Del libro PENSAMIENTOS (Artículo XXII, Sorprendentes contradicciones que se encuentran en la naturaleza del hombre respecto de la verdad, de la felicidad y de otras muchas cosas), Blaise Pascal (Losada, Bs.As.1977) |