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Soldados
del Ejército de la Capital: La paz
está afianzada por la fuerza de vuestras bayonetas.
El Ejército que os amenazaba no ha podido imponeros
la ley de la violencia, ni destruir el orden de cosas
creado por vuestra soberana voluntad, pues por el
Tratado que ha firmado, y que el Gobierno ha puesto
bajo vuestra salvaguardia, reconoce plenamente
vuestra soberanía, deja el derecho y la fuerza en
las mismas manos en que los encontró, y se obliga a
evacuar el territorio del Estado sin pisar el recinto
sagrado de la ciudad de Buenos Aires.
Guardias
Nacionales de la Capital: Habeís
probado una vez más que Buenos aires no necesita
más trincheras que los pechos de sus hijos, pues con
la mitad de la ciudad abierta, vuestras hileras han
cubierto las avenidas, evocando los gloriosos
recuerdos del pasado sitio, llenos de fe en el
triunfo de la grande y noble causa que Buenos Aires
ha sostenido por siete años, y que habeís hecho
triunfar por la paz, como la habriaís hecho triunfar
por la guerra.
Veteranos
y Guardias Nacionales de Cepeda: Desde
el campo de batalla os conduje a la Capital, después
de quedar dueño de él, después de una retirada
memorable, después de un combate nacional glorioso
en que también tomásteis parte, y vuestra presencia
ha contribuído poderosamente a salvar la Capital,
cubriendo sus trincheras con la misma resolución con
que en campo abierto y uno contra cuatro
derrotásteis los batallones que se midieron con
vosotros.
Compañeros
de armas: Si hablo de esta manera
interpretando el sentimiento público, es en nombre
de la dignidad del pueblo de Buenos Aires, no
estimulado por la vanagloria, ni el orgullo, para que
todos comprendan, y sepan los propios y extraños,
que lo que hemos alcanzado lo debemos a nuestros
propios esfuerzos, a nuestra constancia, a la
fidelidad, a los principios porque hemos derramado
nuestra sangre, y que nadie puede jactarse de
habernos impuesto la ley, ni ejercido respecto de
nosotros actos de conmiseración.
Compatriotas
armados: Mostraos dignos de la
paz, como os habeis mostrado dignos de los grandes y
dolorosos sacrificios de la guerra. Aceptad con
nobleza la posición que los sucesos nos han creado,
sin altanería, pero sin debilidad. Seamos fieles a
los compromisos que hemos contraído, mantengámonos
unidos, y probemos con nuestros hechos, que al
ingresar nuevamente a la gran familia argentina, lo
hacemos con nuestra bandera, con vuestros hombres,
con los mismos principios que hemos sostenido por el
espacio de siete años, dispuestos a sostenerlos con
energía en las luchas pacíficas de la opinión, y a
defenderlos aun a costa de nuestras vidas, si la
violencia pretendiese atacarlos.
Soldados
del Ejército de la Capital: Al
bendecir la paz que el cielo y nuestros esfuerzos nos
han dado, al abrir los brazos para estrechar en ellos
a todos los hermanos de la familia argentina, no
olvideis que en el recinto de Buenos Aires se han
salvado una vez más los inmortales principios de la
revolución de Mayo, y decid conmigo en este momento
solemne: ¡Viva Buenos Aires! y que
ese grito os aliente en medio de la paz a perseverar
en la virtud cívica, como os ha alentado tantas
veces en medio de las luchas sangrientas que hemos
empeñado en defensa de nuestros derechos.
Vuestro
General y amigo,
Bartolomé Mitre